Capítulo 259
Las voces histéricas de Carmen e Iris se fueron desvaneciendo mientras Paulina se alejaba de la zona de expulsión. El eco de sus gritos aún resonaba en el pasillo del hospital.
Isabel se incorporó en la cama, la curiosidad venciendo al sueño.
Una sonrisa maliciosa se dibujó en los labios de Paulina.
-¿Y yo qué voy a saber? A lo mejor el hospital ya se hartó de sacarles dinero y decidió que no pueden hacer más por ella.
Isabel guardó silencio. Ni ella misma se creía esa explicación.
Paulina chasqueó la lengua con desprecio.
-No me digas que no se te hace raro. Detrás de Iris están los Galindo y los Bernard. ¿Cómo es que de repente el hospital la quiere correr así nada más?
-Hubieras visto, la querían sacar ya. No les importó nada, ni un minuto más la dejaron quedarse.
-Qué hospital tan consciente, ¿no? Primera vez que veo uno así.
Isabel frunció el ceño, algo no cuadraba en todo esto.
-Con lo mal que está, que ni esperanzas tiene de salvarse… ¿para qué seguir tirando el dinero a la basura? -continuó Paulina.
El último rastro de somnolencia se desvaneció ante el tono malicioso de su amiga. Isabel se
giró en la cama.
-¿Por qué siento que no es precisamente el dinero de los Galindo lo que te preocupa?
-Me duele el dinero, no que sea de los Galindo.
Había algo extraño en esas palabras aparentemente inocentes, pero antes de que Isabel pudiera indagar más…
-¡Oye, regrésamelo! ¡Sebastián, dame mi celular! -La voz de Paulina se alzó con indignación.
Isabel se tensó al instante.
-Isabel, ¿fuiste tú quien lo hizo? -La voz de Sebastián vibraba con una furia apenas contenida. El rencor era palpable incluso a través de la línea telefónica.
“Nada más esto me faltaba“, pensó Isabel. Ni siquiera sabía qué estaba pasando en el hospital y ya la estaban culpando. Como si no tuviera suficiente con ese patán, ojalá y el cielo lo encerrara con Iris para siempre. Cualquier otra mujer que se les acercara terminaría destrozada.
-¿Con que mala suerte, eh? ¿Te atreves a decir que no intentabas acabar con ella?
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Capítulo 259
El veneno en la voz de Sebastián era cada vez más evidente.
-Ya sé que te criaste con los Blanchet, pero ¿en qué te hace diferente de Iris? Las dos son adoptadas al final. Si sigues abusando de tu poder, vas a terminar sola. Nadie te va a querer cerca. ¿Qué vas a hacer entonces?
Cada palabra de Sebastián destilaba ponzoña.
Los nudillos de Isabel se tornaron blancos de tanto apretar el teléfono.
-¡Me vale madre, Sebastián! ¡Ven y dimelo de frente si tienes los pantalones!
La rabia bullía en su interior. ¿Por qué siempre la culpaba de todo? ¿Acaso intentaba
maldecirla?
-Es un consejo, Isabel. No abuses de tu poder.
¿Poder? Isabel soltó una risa seca. Este imbécil se sentía muy valiente.
-Mira quién habla de abusar del poder. ¿Ya se te olvidó todo lo que me hiciste por ella? ¿No fuiste tú quien quiso cerrar mi estudio? ¿Quién me quiso dejar sin dinero? ¿Sin salida?
La voz de Isabel temblaba de indignación.
-¿Ahora resulta que cuando tú me pisoteas está bien, pero si yo me defiendo soy la mala? ¿Quién te crees? ¿El santo patrón de la justicia? ¡Mírate en un espejo antes de venir a darme
sermones!
Y todavía se atrevía a advertirle que todos la odiarían, que se quedaría sola. Era obvio que le deseaba lo peor.
-¡Pedazo de idiota, se te pudrió el cerebro!
La respiración de Sebastián se volvió pesada al otro lado de la línea.
-Ya déjate de tonterías, Isabel. Solo dime qué quieres para dejar en paz a Iris.
-¿Alguna vez pensaron en dejarme en paz a mí?
Un silencio pesado cayó entre ambos. Solo se escuchaba la respiración agitada de Sebastián.
Isabel dejó escapar una risa suave, casi musical.
-Nunca pensaron en dejarme en paz, ¿verdad? Así que lo que yo haga ahora, no tiene nada que ver con hacer las paces.
-Tú… tú… -Sebastián parecía ahogarse con su propia ira-. ¿No es suficiente? Las familia’s Galindo y Bernard han perdido millones por tu culpa.
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