Capítulo 261
Los pasillos del hospital resonaban con la tensión del momento. Sebastián, con el rostro pálido de ira y el cuerpo rígido, sostenía el celular de Paulina como si fuera su última esperanza. Una y otra vez marcaba el número de Isabel, sabiendo que ella bloqueaba todas las llamadas excepto las de su amiga.
Paulina, perdiendo la paciencia, le lanzó una patada.
-¡Ya párale! ¡Devuélveme mi celular de una buena vez!
Antes solía seguir el consejo de su madre de no meterse con la familia Bernard, pero esto ya era demasiado. ¿Quién se creía para quedarse con su teléfono? ¿Un ladrón o qué?
Sebastián esquivó el golpe, pero la punta del zapato de Paulina alcanzó a rozarle la pantorrilla. El dolor fue intenso, punzante.
“Esta vieja…” Los dientes de Sebastián rechinaron con furia. No cabía duda de que era amiga de Isabel; tenían el mismo carácter del demonio.
El rostro de Paulina enrojeció de coraje.
-Ya estuvo bueno, Sebastián. ¿De verdad crees que va a contestar después de escuchar tu voz en mi número?
El ambiente se congeló ante sus palabras. Paulina aprovechó ese momento para arrebatarle el teléfono.
-Te lo mereces. Tu manera de juzgar a la gente es una verdadera jalada.
“Como si en nuestro círculo no supiéramos que Iris es una mosquita muerta“. Sebastián era increíble, de verdad creía que esa víbora era pura e inocente.
Paulina se marchó, dejando tras de sí el eco de la discusión que venía del cuarto de hospital.
-De ninguna manera nos vamos a dar de alta, ¿me oyen? -La voz de Carmen retumbaba con obstinación.
La jefa de enfermeras mantuvo un tono profesional pero firme.
-Lo siento, pero tendremos que pedirle a la señora Galindo y a la señorita Galindo que se
retiren.
-Pues que venga el director y me lo diga en mi cara.
-Señora Galindo, hablar con el director no va a cambiar nada.
Cuando Sebastián llegó a la puerta, se encontró con una escena caótica. La habitación estaba patas arriba, como si un huracán hubiera pasado por ahí. Iris, hecha un ovillo en la cama descompuesta, parecía una muñeca rota y abandonada.
El corazón se le estrujó al verla así.
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Los ojos de Iris, brillantes por las lágrimas, se encontraron con los suyos.
-Sebas… -Su voz era apenas un susurro quebrado.
Sebastián se apresuró a su lado y la envolvió en sus brazos.
-Tranquila, yo me encargo de todo.
Su mirada se volvió glacial cuando se dirigió a la jefa de enfermeras.
-Retírese.
-Señor Bernard, ¿por qué complicar las cosas? Este asunto…
-Que se largue.
La jefa de enfermeras observó a Iris, quien se acurrucaba en los brazos de Sebastián como una niña asustada. Con el ceño fruncido, dio media vuelta y salió, pero su actitud dejaba claro que esto no había terminado.
José Alejandro apenas cruzaba el umbral cuando escuchó la orden cortante de Sebastián.
-Ocúpate de esto.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Aunque el hospital tenía inversiones de la familia Bernard, si Iris no podía quedarse aquí, ¿qué otro hospital en Puerto San Rafael se atrevería a recibirla? Quien estuviera detrás de esto tenía demasiado poder como para desafiar así a la familia Bernard.
La mirada penetrante de Sebastián lo hizo tragar saliva.
-Como usted diga.
Cuando José Alejandro se retiró, Iris alzó el rostro bañado en lágrimas.
-¿Por qué Isa me hace esto? ¿Qué le hice?
Las palabras de Iris avivaron la rabia tanto en Sebastián como en Carmen, especialmente en
esta última. La actitud actual de Isabel hacia ella le resultaba insoportable.
-Sebas, ¿viste a Isabel en la Sierra de los Géisers? ¿Cómo logró que el heredero de los Blanchet hiciera tanto por ella?
Primero la humillación a los Galindo, y ahora esto. Claramente había subestimado a Isabel; conseguir que el heredero Blanchet moviera sus influencias así…
Carmen sentía que le faltaba el aire mientras más pensaba en ello.
Sebastián frunció el ceño al mencionar la relación entre Isabel y el señor Allende de Blanchet, pero antes de que pudiera hablar, Iris se le adelantó.
-¿Será que Isa está haciendo todo esto para hundirme? ¿Vendiéndose por completo a los Blanchet?
Su voz se volvió un hilo de fingida preocupación.
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-Si es así, qué bajo ha caído desde que dejó a los Galindo.
-¡lris! -El tono alarmado de Carmen apenas ocultaba su desprecio hacia Isabel. “Una pueblerina que haría cualquier cosa por dinero y poder“.
Por alguna razón que no alcanzaba a comprender, las palabras de Iris le provocaron a Sebastián una profunda incomodidad, casi repulsión. Pero ella, absorta en su papel de víctima,
no lo notó.
-Mamá, es tu hija de sangre. Me duele verla hacer esto por mi culpa, yo…