Capítulo 266
-Y todavía el hospital está presionando a Iris para darla de alta. Hasta le suspendieron los medicamentos.
-¿Qué pretende esa mujer? ¿Quiere acabar con todos nosotros? ¿Pues qué le hicimos?
La voz de Carmen vibraba con una mezcla de furia e indignación a través del teléfono. El rencor le carcomía las entrañas al pensar que Isabel, quien había crecido bajo el cobijo de la poderosa familia Blanchet, jamás se había dignado a mencionarlo.
Patricio permaneció en silencio mientras su respiración se volvía cada vez más pesada. El aire parecía espesarse en sus pulmones con cada inhalación. “La familia Blanchet… Isabel es la hermana del legendario señor Allende de Francia“. El pensamiento lo golpeó como una bofetada. “Igual que Iris y Valerio…”
La sangre le hervía en las venas. Su pecho subía y bajaba con violencia contenida.
-¿Qué diablos le hiciste, Carmen? ¡¿Qué le hiciste?!
Carmen soltó una risa amarga.
-¿Que qué le hice? ¡Ni siquiera me dijo que venía de la familia Blanchet! -el veneno goteaba en cada palabra-. Yo pensando que la habían criado en el rancho. Me propuse enseñarle modales antes de presentarla en sociedad, ¡y mira con qué nos sale la niña! Resultó ser más salvaje que nada.
Los recuerdos de la actitud desafiante de Isabel la hacían temblar de rabia.
Patricio se presionó la sien con los dedos, la frustración amenazando con hacerle estallar la
cabeza.
-Lo que te estoy diciendo es que tú… tú…
Las palabras se le atoraban en la garganta. Ya ni sabía qué decirle a Carmen, pero ambos entendían la gravedad de la situación: si Isabel no cedía, Esteban hundiría al Grupo Galindo sin
misericordia.
-Estás en la Sierra de los Géiseres, ¿no? Ve a verla, explícale bien las cosas -la desesperación
teñía la voz de Carmen.
Pero incluso ella sabía que era inútil. Con el desprecio que Isabel le tenía, ni siquiera conseguiría que la mirara, mucho menos escucharla.
-¿De verdad crees que va a querer verme? -la amargura en la voz de Patricio era palpable.
Sin poder soportar más la conversación con Carmen, cortó la llamada y se dirigió al edificio donde se hospedaban Isabel y Esteban.
…
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En la habitación, Isabel abrió los ojos lentamente. La fiebre había comenzado a ceder, pero algo
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Capítulo 266
se sentía extraño. A través de la bruma de la somnolencia, distinguió a Esteban aplicándole un ungüento.
Su cuerpo se tensó como una cuerda de violín. Sus dedos se cerraron instintivamente alrededor
de la muñeca de Esteban.
-¿Qué estás haciendo? -su voz salió más aguda de lo normal. “¿Dónde está…? ¿Dónde está
tocando?”
La debilidad de la fiebre se esfumó en un instante, reemplazada por una aguda consciencia de cada punto de contacto entre ellos.
Esteban la miró con esos ojos que parecían atravesarla.
-Mathieu dijo que si no te pongo el ungüento no te vas a recuperar. Te puede volver la fiebre.
-¿Mathieu también lo sabe? -las palabras escaparon de sus labios antes de poder detenerlas. Esteban frunció el ceño, una sombra de molestia cruzando su rostro.
-¿Qué tiene de malo que te vea?
El tono de advertencia en su voz hizo que Isabel tragara saliva instintivamente.
-Yo… -las palabras se le atoraron en la garganta mientras su mente nublada intentaba procesar la situación.
Esteban le soltó la mano con suavidad.
-Pórtate bien. No te muevas.
Isabel se quedó petrificada. Una parte de ella quería resistirse, pero conocía demasiado bien esa determinación en los ojos de Esteban cuando había revisado su herida. No tenía caso
luchar.
Poco a poco, sus dedos aflojaron su agarre.
Una sonrisa de satisfacción curvó los labios de Esteban.
-Esa es mi niña.
-Relájate, solo es el ungüento.
Sus palabras tuvieron el efecto contrario. Isabel sintió que su respiración se volvía irregular. En su estado actual, ¿qué más podría hacer él? ¿Qué más querría hacer?
Incapaz de manejar la intensidad del momento, se cubrió el rostro con la sábana. “Si no lo veo, no está pasando“.
Una risa suave escapó de los labios de Esteban.
-¿lsa se está sonrojando?
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Capítulo 266
-Por favor, cállate suplicó ella, su voz ahogada por la tela.
Especialmente ese tipo de comentarios… no podía con ellos.
-Con esa herida, olvídate de los baños termales -sentenció Esteban-. Mejor nos vamos
directo al Chalet Eco del Bosque.
El chalé era demasiado pequeño, apenas había espacio para moverse. Además, el frío de la montaña era más intenso. Definitivamente era mejor regresar.
Isabel respondió con un débil “mm“. Aunque Esteban no lo dijera explícitamente, ella sabía que lo de los baños termales era un sueño imposible.
ya
Después de aplicar el medicamento, Esteban la consintió haciéndola tomar un tazón de caldo humeante. Una vez que confirmó que su temperatura había vuelto a la normalidad, la envolvió cuidadosamente en mantas, preparándola para el regreso al Chalet Eco del Bosque.