Capítulo 27
Isabel había planeado hospedar a Esteban en uno de los hoteles más exclusivos de la ciudad. Los nervios le carcomían el estómago mientras pensaba en cómo sugerirlo, pero su hermano la mantuvo firmemente aprisionada contra sus piernas durante todo el trayecto, impidiéndole dar instrucciones a Lorenzo.
Para cuando Esteban finalmente aflojó su agarre, el auto ya se deslizaba por la rampa que conducía al estacionamiento subterráneo de Apartamentos Petit. El corazón de Isabel dio un vuelco al reconocer el familiar entorno de concreto gris.
-¿Cómo… cómo supiste dónde vivo? -Sus ojos se abrieron con asombro mientras recordaba haber usado su tarjeta apenas el día anterior.
La conclusión la golpeó como una ola: en cuestión de horas, Esteban había desentrañado cada detalle de su vida en Puerto San Rafael. Un escalofrío le recorrió la espalda.
Esteban descendió primero del vehículo, moviéndose con esa elegancia felina que siempre lo caracterizaba. Lorenzo, desde el asiento del conductor, se giró hacia Isabel.
-Para el jefe, conseguir información nunca ha sido un problema. Aunque debo admitir, señorita, que estos tres años supo esconderse muy bien. Jamás imaginamos que había salido del país.
Isabel guardó silencio, su mente trabajando a toda velocidad mientras procesaba esta información.
-Y pensar que hasta encontró a su familia… -Lorenzo dejó escapar un suspiro-. El jefe está que echa chispas, la verdad.
Aquella última frase hizo que el estómago de Isabel se encogiera. Sus ojos se movieron instintivamente hacia la figura de Esteban, quien esperaba de pie junto al auto con una postura engañosamente relajada. Sin atreverse a hacerlo esperar, Isabel se apresuró a salir del vehículo.
Ya en el departamento, Isabel se dirigió al armario de zapatos, buscando unas pantuflas para Esteban. Al abrirlo, su sangre se heló: junto a su colección de calzado, había un par de pantuflas masculinas usadas. El peso de la mirada de Esteban sobre su nuca la hizo moverse con rapidez.
Sus manos temblaban mientras sacaba un par nuevo.
-¿Qué te parece si usas estas por ahora? -ofreció, extendiendo unas pantuflas rosas
decoradas con un conejo.
La temperatura del ambiente pareció descender varios grados cuando Esteban entrecerró los ojos,
-Veo que ya aprendiste a atender invitados.
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Capítulo 27
El comentario golpeó a Isabel como una bofetada. Sus hombros se tensaron y el nudo en su garganta creció hasta hacerse insoportable. Se irguió de golpe, enfrentando a su hermano con ojos suplicantes.
-Ya lo sabes todo, ¿verdad?
Una risa seca escapó de los labios de Esteban mientras se calzaba las pantuflas, evidentemente pequeñas para sus pies. Sin decir más, comenzó a recorrer el departamento con ojo crítico. Con cada paso que daba, su expresión se oscurecía.
-La familia Galindo tiene cierta reputación en Puerto San Rafael. ¿Y te conformas con vivir en un lugar tan… modesto?
La mención de los Galindo transformó el semblante de Isabel. Sus labios se torcieron en un
gesto amargo.
-Esto no tiene nada que ver con los Galindo -Sus dedos jugueteaban nerviosamente con el dobladillo de su blusa-. Lo compré con tu dinero.
Algo cambió en la expresión de Esteban. La frialdad en su rostro pareció diluirse levemente. Se dirigió al sofá con pasos medidos, depositando su chaqueta sobre el brazo del mueble antes de aflojarse la bufanda.
-¿Y por qué no elegiste algo más amplio?
-No es pequeño -Isabel se defendió, alzando ligeramente la barbilla-. Son más de ciento cuarenta metros cuadrados. Para mí sola es más que suficiente.
La expresión de Esteban dejaba claro que discrepaba. Después de todo, estaba acostumbrado a su villa en París, sin mencionar las extensas propiedades de la familia Allende, donde los jardines eran más grandes que edificios enteros.
-Ven acá.
L’a orden resonó como un látigo en el aire. Isabel se acercó con pasos vacilantes, sus ojos brillantes por las lágrimas contenidas. Se detuvo a una distancia prudente, pero el largo brazo de Esteban la alcanzó sin esfuerzo, arrastrándola hacia su regazo tal como había hecho en el
auto.
-¡Hermano! -protestó débilmente.
-Tienes cinco minutos -La voz grave de Esteban vibró contra su cabello.
El corazón de Isabel se detuvo por un segundo. Sabía exactamente lo que significaban esos cinco minutos. Tres años atrás, había desaparecido sin dejar rastro, justo cuando la familia Allende atravesaba su peor momento. Su partida había dado pie a murmuros en los círculos sociales de París: “Los que no son de sangre, nunca se hacen familia“. Palabras que ella misma había pronunciado…
-¿Qué pasó con la familia Méndez? -La pregunta escapó de sus labios antes de que pudiera contenerse.
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Capitulo 27
Durante tres años había seguido obsesivamente cada movimiento en París. Los Méndez. quienes una vez tuvieron su destino en sus manos… Desde hacía un año, habían desaparecido por completo del radar. Ni sus contactos más confiables habían podido darle información.
La pregunta endureció la mirada de Esteban. Su agarre en la barbilla de Isabel se intensificó, acercándola hasta que sus alientos se mezclaron. El calor de su respiración contra sus mejillas traía consigo una amenaza velada.
Isabel trago saliva con dificultad.
-¡Hermano!
-¿Te preocupa la familia Méndez… o te preocupa Yeray Méndez?
El nombre provocó que Isabel se estremeciera violentamente.
-No yo..!
-La familia Méndez, desde hace un año, es solo un capitulo cerrado en la historia de Paris.
Esa respuesta te satisface, Isa?
Isabel procesó la información en silencio. ¿Historia? ¿Significaba que Esteban los había destruido por completo? La tensión abandonó su cuerpo como una marea que retrocede.
¿Y qué fue de ellos? ¿Qué pasó con…?
-Tanto te interesa saberlo? -El tono de Esteban se volvió glacial.
Isabel negó rápidamente con la cabeza.
-No necesito los detalles. Me basta con saber que ya no pueden hacerte daño.
Con esas palabras, la piedra que habia estado aplastando el pecho de Isabel durante tres años
finalmente se desvaneció