Capítulo 273
Esteban posó su mano sobre la frente de Isabel con delicadeza, evaluando su temperatura con el ceño ligeramente fruncido. Una sonrisa de alivio suavizó sus facciones al comprobar que la fiebre no había regresado. Sus ojos, usualmente impasibles y calculadores, brillaban con una ternura reservada solo para ella.
-¿Qué podría ocultarte, pequeña? -murmuró, su voz teñida de afecto.
Isabel se mordió el labio inferior, dudando por un momento antes de preguntar:
-¿Fuiste tú quien se encargó de lo de Iris?
No era coincidencia que la hubieran expulsado del hospital de un día para otro. Decir que Esteban no estaba detrás de eso sería mentirse a sí misma. Isabel lo conocía demasiado bien
como para creer en casualidades.
Con un movimiento rápido y fluido, Esteban la atrapó entre sus brazos, haciéndola caer sobre sus piernas. Un quejido de dolor escapó de los labios de Isabel.
-¡Ay! -el dolor agudo le atravesó el cuerpo como una descarga eléctrica, dejándola sin aliento. Al ver su rostro contraído por el dolor, Esteban suavizó su agarre.
-¿Te duele otra vez?
-¡Con más cuidado, por favor! -suplicó Isabel, su respiración entrecortada por el dolor
punzante.
-Perdón, se me olvidó–admitió Esteban.
Isabel se quedó paralizada. “¿Se le olvidó?” Un escalofrío le recorrió la espalda. No, algo así no era para olvidarse tan fácilmente.
-Más te vale no andarte olvidando de estas cosas -murmuró, agradeciendo internamente que al menos no hubiera dicho que olvidó lo de anoche. Eso sí que no habría sabido cómo manejarlo.
Esteban comenzó a masajear suavemente su pierna.
-¿Aquí es donde te duele?
-Todo está muy adolorido -confesó Isabel. Sus piernas se sentían como si pertenecieran a alguien más.
-Eres muy delicada -observó Esteban mientras continuaba el masaje con movimientos
expertos.
Isabel hizo un puchero, desviando la mirada.
-¿No has estado haciendo ejercicio estos años? -preguntó Esteban, recordándole sus antiguas insistencias sobre mantener una rutina diaria de actividad física.
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La culpa se reflejó en el rostro de Isabel. Desde que dejó Francia, había descuidado por completo su condición física.
-¿Ni un poco? -insistió él.
Isabel negó con la cabeza, preparándose para el regaño.
-Cuando te recuperes, vas a correr una hora diaria.
“Una hora completa“, pensó Isabel con horror, reprimiendo un gemido de protesta. Eso era demasiado.
-Entonces… ¿lo de Iris sí fue cosa tuya? -insistió, cambiando el tema.
-Lorenzo fue anoche a visitar al conductor que te atropelló hace dos años. No sé qué habrán platicado.
Isabel lo miró con incredulidad. ¿Que no sabía? Eso era tan probable como que nevara en el desierto.
-¿Qué pasa? ¿De repente te dio lástima? -preguntó Esteban, arqueando una ceja.
-¿Me ves cara de alma caritativa o qué?
Isabel puso los ojos en blanco. ¿Sentir compasión por Iris? En esta vida, su corazón solo latía por la familia Allende. Nadie más había logrado traspasar esa barrera.
La risa grave de Esteban llenó la habitación.
-Ha de estar desesperada -reflexionó Isabel-. Seguro va a querer salir del país para buscar tratamiento.
-No va a poder.
Isabel miró a Esteban con asombro. Su expresión seguía siendo amable, pero sus palabras eran una sentencia definitiva.
-¿La estás condenando a muerte? -susurró.
En Puerto San Rafael, ningún doctor se atrevería a atender a Iris. Si además le impedían salir… ¿no era eso prácticamente una condena?
Esteban permaneció con Isabel un rato más antes de marcharse, no sin antes darle algo de beber. Apenas se había acomodado de nuevo en la cama cuando su teléfono comenzó a
vibrar.
Al ver el número en la pantalla, el corazón le dio un vuelco. Con dedos temblorosos, contestó la
llamada.
-¿Bueno? -murmuró en voz baja.
-Te quiero ver en el aeropuerto en tres horas la voz furiosa de Vanesa retumbó al otro lado
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Capítulo 273
de la línea.
Isabel sintió que el alma se le iba a los pies.
-¿Vienes para acá?
“Esto es una pesadilla“, pensó. ¿Cómo iba a explicar todas sus heridas? ¿Diría que se cayó? ¿Que la atacó un enjambre de abejas?
-Pinche escurridiza el tono de Vanesa destilaba furia—. Muy buena para andarte escondiendo, ¿no? Dos años me has traído como pendeja buscándote.
-Si hasta tu hermano te encontró, ¿y todavía te haces la difícil conmigo?
La simple mención de la búsqueda encendía la furia de Vanesa. Había recorrido medio mundo tratando de dar con Isabel, sin éxito. Y ahora resultaba que su hermano llevaba semanas en Puerto San Rafael, claramente porque había encontrado a la escurridiza. Ni siquiera le había querido dar su número cuando se lo pidió.
El corazón de Isabel latía desbocado.
-¿Dónde andas ahorita?
“¿Tres horas? ¿Ya salió de Francia?“, el pánico comenzaba a apoderarse de ella. Estaba acabada. La bruja venía en camino.
-¿Qué? ¿Ya vas a correr a decirle a Esteban? Te lo advierto, si le dices que me escapé, date por
muerta.
Isabel tragó saliva.
“Ay, Dios…”
-Llego a Puerto San Rafael en tres horas. Más te vale estar esperándome cuando baje del avión.
La amenaza sonaba exactamente igual a la de Esteban cuando llegó a Puerto San Rafael. No por nada eran hermanos; esa forma de amenazar helaba la sangre de la misma manera.
Isabel se movió inquieta en la cama.
-¿O sea que ya saliste de Francia?
-¿Neta le quieres ir con el chisme a Esteban? -Vanesa soltó un bufido despectivo-. Tú dale, pero luego no te quejes si te rompo las piernas.
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