Capítulo 275
-¿Te asustaste?
Isabel contempló el cuerpo inerte en el suelo con una mirada que revelaba más indiferencial que horror. Los años junto a la familia Allende habían endurecido su corazón. Ya no experimentaba el terror visceral que la había paralizado la primera vez que presenció cómo Esteban arrebataba una vida.
-¿Era uno de los hombres de Conor? -preguntó con voz serena, recordando las conversaciones que había escuchado entre Esteban y Carlos en la Sierra de los Géisers.
Esteban murmuró un “sí” antes de inclinarse y capturar sus labios inertes en un beso, girándola con una ternura que contrastaba brutalmente con la violencia que acababa de presenciar.
El cerebro de Isabel entró en cortocircuito. Sus manos se movieron instintivamente para apartarlo.
-¡La gente! ¡Todavía hay gente aquí! -susurró con urgencia.
“Por favor, hermano“, pensó desesperada. “Hay un muerto aquí mismo. Lorenzo y los demás siguen presentes. ¿Qué pretendes demostrar? ¿Que convertiste a la niña que criaste durante años en tu mujer?”
Lorenzo, quien rara vez dejaba entrever sus emociones, se quedó paralizado ante la escena. Aunque había sospechado algo sobre los eventos de la noche anterior, ver a Esteban actuando así con Isabel, tan abiertamente…
Su mente no podía procesar lo que veía. Se giró abruptamente, haciendo una señal a los guardaespaldas para que lo siguieran.
Isabel tampoco lograba asimilar la situación. Lo sucedido la noche anterior distaba mucho de ser algo de lo que se sintiera orgullosa. Creía que tanto ella como Esteban necesitaban tiempo para reflexionar, para entender qué significaba este cambio en su relación. Pero él parecía decidido a no dar tiempo a nadie para adaptarse, ni siquiera a ella misma.
Apenas había comenzado a forcejear cuando Esteban atrapó su mano entre las suyas. Su voz, normalmente controlada, vibraba con un matiz de deseo contenido.
-¿Todavía intentas esconderte de mí?
-No es eso… yo… -las palabras se le atoraron en la garganta, incapaz de articular una frase
coherente.
Cuando por fin la soltó, Isabel jadeaba, sus mejillas teñidas de un intenso carmesí. Esteban apoyó su frente contra la de ella.
-¿Cómo llegaste hasta aquí? Deberías estar descansando.
Isabel sabía que se refería a su resfriado. Siempre que enfermaba, él insistía en que durmiera más y comiera alimentos nutritivos para recuperarse pronto. De hecho, acababa de llevarle
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Capitulo 275
fruta a la habitación. Había planeado que durmiera bien, por eso había traído a Marc al salón de billar.
Hundió el rostro en su pecho, su voz amortiguada por la tela.
-Vanesa viene para acá.
Esteban se tensó visiblemente.
-¿Te llamó?
-Sí–murmuró-. Me dijo que la recogiera en el aeropuerto en tres horas.
En la llamada, Vanesa la había amenazado para que no le dijera nada a Esteban. Sin embargo, aquí estaba ella, traicionando su confianza sin pensarlo dos veces.
Un destello de irritación cruzó el rostro de Esteban.
-Lorenzo -llamó con voz severa.
Lorenzo, que permanecía de espaldas a ellos, se giró al instante.
-Señor.
-Averigua dónde está esa mocosa ahora mismo.
Durante los últimos dos años, Vanesa había estado buscando a Isabel incansablemente, causando problemas por donde pasaba. Tanto Esteban como Lorenzo sabían que, una vez encontrara a Isabel, la vida de esta no sería precisamente tranquila. Esa chica era demasiado astuta, siempre sorprendiendo a todos con sus ocurrencias.
Lorenzo asintió con firmeza.
-Entendido.
-Cuando la encuentres, que alguien la regrese a Francia. Y asegúrate de que la vigilen bien. El que estaba a cargo de cuidarla que se prepare para su castigo.
La voz de Esteban destilaba disgusto. Desde que supo que habían encontrado a Isabel, Vanesa no había dejado de insistir en venir a Puerto San Rafael, exigiendo el número de Isabel todos los días. Atreverse a escapar así… realmente se había pasado de la raya.
-Como ordene -respondió Lorenzo antes de retirarse.
Esteban estrechó a Isabel contra su pecho y se levantó, abandonando el salón de billar con pasos firmes. Al pasar junto al cuerpo de Marc, no se detuvo, pero sus manos actuaron por instinto, presionando suavemente el rostro de Isabel contra su torso para evitar que viera.
Isabel, sintiendo la presión en su nuca, se quedó inmóvil.
Atravesaron el corredor de cristal en silencio hasta llegar a su habitación.
-¿Qué se te antoja cenar? -preguntó con voz suave.
-Lo que sea está bien -respondió Isabel con docilidad, aún distraída por los eventos que
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acababa de presenciar.
-Con esta nevada tan fuerte, podríamos… -comenzó a sugerir Esteban.
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