Capítulo 282
Los dedos de Isabel se aferraron con más fuerza al cuello de la camisa de Esteban, la tela suave arrugándose bajo su agarre nervioso. Un escalofrio le recorrió la espalda al sentir la mirada intensa de su hermano adoptivo sobre ella, esos ojos oscuros que parecían atravesarla como si pudiera leer cada uno de sus pensamientos.
La comisura de los labios de Esteban se curvó en una sonrisa traviesa mientras tomaba la pequeña mano de Isabel y, en un movimiento fluido, la deslizaba dentro de su camisa, presionándola contra la calidez de su pecho.
Isabel contuvo la respiración al sentir el contacto directo con su piel. Sus dedos se tensaron instintivamente, intentando retirarse, pero Esteban mantuvo su agarre firme, claramente disfrutando de su incomodidad.
Sus mejillas ardiendo, Isabel intentó mantener la compostura.
—Ya, suéltame -murmuró con voz suave, intentando no sonar tan afectada como realmente
estaba.
-¿Qué están haciendo ustedes dos? -la voz suspicaz de Vanesa atravesó el altavoz del teléfono.
“Maldita sea“, pensó Isabel, su mente dando vueltas. En medio de todo, había olvidado por completo que Esteban seguía al teléfono con Vanesa.
Sin soltar la mano de Isabel, Esteban respondió con un tono deliberadamente provocador:
-¿Te interesa saber?
-¿Eh? Pues… -Vanesa titubeó, claramente desconcertada.
Isabel le lanzó una mirada incrédula a Esteban. “¿De verdad está jugando así con Vanesa?”
Al escuchar el tono amenazante en la voz de su hermano mayor, Vanesa retrocedió rápidamente.
-No, no, para nada me interesa.
El miedo en su voz era palpable. No había nadie en todo México que se atreviera a meter las narices en los asuntos de Esteban Allende, y ella, siendo su hermana menor, conocía demasiado bien sus métodos. El recuerdo de aquella vez en el desierto, dos meses sin bañarse, seguía siendo una pesadilla que no quería revivir.
-De verdad no quiero saber nada insistió Vanesa, y luego añadió con genuina curiosidad-: Pero ¿neta Isa se puede levantar tan temprano?
Isabel: “…” Esteban: “…”
#1
-Es que siempre ha sido bien dormilona -continuó Vanesa-. En la prepa siempre llegaba tardísimo porque no se podía levantar. Y todo porque tú la consentías, hermano.
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Capítulo 282
Esteban entrecerró los ojos peligrosamente.
-Vanesa…
-¡Órale! ¿Entonces sí ha cambiado? ¿La vida real por fin la hizo sentar cabeza? -Vanesa soltó una risita-. Oye, ¿y ya aprendió a cocinar? No vaya a ser como aquella vez de la sopa. Nombre, parecía que nos quería mandar al otro mundo.
Isabel: “¿¡Qué!?”
-¿Te acuerdas de esa vez que acabamos en el hospital? Yo fui quien te cuidó mientras
vomitabas como loco.
-Ya cállate cortó Esteban, su paciencia agotándose visiblemente.
Isabel lo miraba boquiabierta. No podía creer lo que estaba escuchando sobre su sopa.
-¡Es la verdad! -insistió Vanesa-. Su comida es veneno puro. Está bien que tú te arriesgues, hermano, pero ¿por qué nos obligabas a mamá y a mí a comer también? Esa vez casi me muero, hasta me vomité encima.
Isabel se mordió el labio inferior, un gesto que siempre delataba su nerviosismo. Jamás imaginó que sus fideos de la longevidad hubieran sido tan desastrosos. Solo tenía catorce años cuando los preparó, queriendo imitar el gesto que veía en sus compañeras de clase, que cocinaban para los cumpleaños familiares. ¿De verdad había sido tan terrible?
La expresión de Esteban se endureció mientras miraba el teléfono.
-Ve a que te revisen la cabeza.
-¿Qué? ¿Después de tanto tiempo todavía no le has dicho la verdad? —Vanesa parecía indignada-. Deberías decirle, no sea que su sazón siga igual de mortal. Ya no quiero más episodios de vómito y diarrea.
Esteban, sin más ceremonia, cortó la llamada.
El silencio invadió la habitación. Isabel clavó su mirada en Esteban, su voz apenas un susurro.
-¿De verdad mi sopa los mandó al hospital?
No podía creer que algo así hubiera pasado sin que ella lo supiera.
Esteban respondió presionando suavemente la mano que aún mantenía contra su pecho. En ese momento, Isabel volvió a ser consciente de dónde estaba tocando, y el rubor se extendió por sus mejillas como fuego.
-Ya suéltame–susurró, intentando liberar su mano con renovada urgencia, deseando poder esconderla y pretender que nada de esto había pasado.
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