Capítulo 383
La mañana se extendía perezosa sobre Puerto San Rafael mientras Carmen permanecía apostada frente a la residencia de los Espinosa. El sol ascendía despiadado en el cielo, dibujando sombras alargadas sobre el asfalto, pero ella se mantenía firme, aferrada a su última esperanza. Llevaba más de dos horas esperando desde que supo del regreso de Andrea, sin atreverse siquiera a abandonar su vigilia.
Los guardias de seguridad le habían transmitido el mensaje con cortés firmeza: la doctora Marín no la recibiría. Pero Carmen se negaba a marcharse. La imagen de Iris, postrada en su cama, atormentaba sus pensamientos como un recordatorio constante de su desesperación.
Un murmullo de actividad precedió la aparición de Andrea Marín. La doctora emergió de la residencia con paso decidido, su bata blanca ondeando suavemente con la brisa matinal.
-Señorita Marín, se lo suplico -Carmen se precipitó hacia ella, la voz quebrada por la angustia-. Por favor, salve a mi hija.
-¿A cuál de tus hijas? -la voz de Andrea destilaba un desinterés calculado mientras cruzaba los brazos sobre el pecho.
La pregunta golpeó a Carmen como una bofetada. Sus labios temblaron antes de responder:
-Mi… mi hija adoptiva, Iris.
-Ah, tu hija adoptiva -Andrea arqueó una ceja-. Viéndote tan desesperada, pensé que era Isabel, tu hija biológica, quien estaba en problemas.
Carmen se quedó sin palabras, un músculo tensándose visiblemente en su mandíbula. La mención de Isabel parecía haber envenenado el aire entre ambas mujeres.
-¿Podría visitar a la familia Galindo, por favor?-suplicó Carmen, intentando reconducir la conversación.
-De acuerdo concedió Andrea-. Pero déjame aclararte algo: no tenía intención de hacer este viaje. Tu hija biológica me llamó, pidiéndome que viniera con la mejor disposición.
-¿lsabel te llamó? -la incredulidad se dibujó en el rostro de Carmen-. ¿Me estás diciendo que ella pidió que ayudaras a Iris?
“¿Cómo podría ser tan benevolente con Iris? Seguramente desearía verla muerta“, pensó Carmen, el veneno de sus propios pensamientos reflejándose en su expresión.
-Señorita Marín, ¿está segura? Isabel no podría…
-¿Estás insinuando que tengo problemas auditivos? -la interrumpió Andrea con mordacidad-. Si dudas de mis capacidades, quizás deberías reconsiderar confiarme la salud
de Iris.
-Yo… -Carmen se mordió el labio, conteniendo una réplica-. Tiene razón, gracias por venir.
Andrea observó con desprecio apenas disimulado la reluctancia de Carmen al hablar de Isabel.
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Capitulo 383
-No me agradezcas -espetó-. Mejor recuerda lo bondadosa que es tu propia hija.
Carmen sintió que la rabia se acumulaba en su garganta como ácido. Isabel era la última persona sobre la que deseaba reflexionar en ese momento. La ruina de la familia Galindo descansaba sobre sus hombros. ¿Qué bondad podría encontrar en ella?
Pero Iris era la prioridad. No podía permitirse un arrebato de ira.
-Tiene razón, señorita Marín -respondió con voz tensa.
Andrea soltó una risa seca ante la evidente contradicción en el rostro de Carmen y se dirigió a
su vehículo.
-Señorita Andrea, vine en coche -se apresuró Carmen tras ella.
-No será necesario -respondió Andrea con tono cortante. Los mecánicos de la familia Galindo tienen cierta… predisposición a los accidentes. Prefiero conducir yo.
La alusión al accidente de Isabel flotó entre ellas como un fantasma acusador. Aunque todas las evidencias señalaban a Iris, la familia Galindo se aferraba obstinadamente a su inocencia.
Andrea subió a su vehículo y arrancó sin más ceremonia. Carmen permaneció inmóvil, su figura rígida proyectando una sombra alargada sobre el pavimento. En su corazón, el odio hacia Isabel se retorcía como una serpiente venenosa.
“Esa Isabel…”
La furia bulló en su interior mientras se apresuraba hacia su propio vehículo para seguir el
automóvil de Andrea.
Mientras tanto, en otro punto de la ciudad, Isabel reposaba en el asiento trasero del vehículo donde Esteban la había acomodado con delicadeza. El teléfono de Andrea resonó con una
notificación.
-Francamente, creo que esto es un esfuerzo inútil -suspiró Andrea al otro lado de la línea.
-¿Por qué lo dices? -preguntó Isabel.
-Con tantos adoradores en la familia Galindo, ¿crees que Iris consideraría siquiera marcharse? -Andrea hizo una pausa significativa. ¿Viste la expresión de tu madre? Es impresionante. Me pregunto qué clase de embrujo utilizó Iris para conseguir tal devoción.
Andrea recordaba vívidamente el desprecio en el rostro de Carmen ante la mención de Isabel.
-Al diablo con sus hechizos -respondió Isabel con determinación-. Tú solo asegúrate de
mantener viva esa esperanza. La Heredera 282