Capítulo 284
Al quedarse solos, la mirada de Esteban se suavizó mientras observaba a Isabel, quien seguía con la cabeza prácticamente hundida en su plato.
-Si sigues así, te vas a quedar atorada en el tazón -una sonrisa juguetona bailaba en sus labios, tan diferente a la expresión intimidante que había mostrado con Mathieu momentos
antes.
Isabel levantó la mirada, sus ojos lanzando dagas de reproche.
-Ven acá–la voz de Esteban era ahora suave, casi un murmullo.
El corazón de Isabel dio un vuelco mientras se acercaba a él, una chispa de esperanza brillando en sus ojos. Con movimientos delicados, Esteban extendió su mano hacia la bufanda que ella
llevaba.
-¿Qué haces? -Isabel se cubrió instintivamente el cuello, el pánico asomando a su voz. Si alguien más veía las marcas, si preguntaban como Mathieu, ¿qué explicación podría dar?
Una sonrisa conocedora curvó los labios de Esteban.
-¿De verdad crees que por cubrirlo nadie se va a dar cuenta?
El rostro de Isabel se ensombreció.
-¿Entonces ya todos lo saben? -sus ojos se llenaron de preocupación mientras estudiaba el rostro de Esteban. La noticia volaría hasta Francia como pólvora encendida. ¿Qué dirían su madre y Vanesa cuando se enteraran?
Sus dedos se aferraron a la camisa de Esteban justo cuando él colocaba un tamal en su plato.
Una risa suave escapó de sus labios al sentir su agarre.
-¿Qué pasa, pequeña?
-Tengo miedo -el susurro de Isabel apenas fue audible. A los demás podía ignorarlos, pero enfrentar a su madre… eso era otro nivel de dificultad.
Esteban tomó un sorbo de café con calma estudiada.
-¿No te dije ya qué hacer?
-¿Solo decir
que
tú así lo quisiste? -Isabel buscó su mirada.
Los ojos de Esteban, profundos como la noche misma, la atravesaron. Isabel tragó saliva,
nerviosa.
-Pero eso no estaría bien. Podría afectar tu reputación -bajó la mirada, la ansiedad evidente en cada gesto.
Durante años había ocultado sus sentimientos, temerosa de manchar el nombre de las familias Blanchet y Allende. Aunque no compartían sangre, ante el mundo eran hermanos. Su
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madre siempre la presentaba como su hija menor en los eventos sociales. ‘Hija menor, hijo mayor…” Las palabras le habían pesado como cadenas todos estos años.
La yema del pulgar de Esteban rozó su barbilla, levantando su rostro antes de depositar un beso suave en sus labios.
-¿Quién crees que se atrevería a decir algo?
Una simple frase cargada de poder absoluto. Los ojos de Isabel se llenaron de lágrimas mientras su corazón latía desbocado.
Los labios de Esteban rozaron sus párpados.
-¿No confias en mí, Isa?
-No es eso, es que yo…
-En toda Francia, nadie tiene el derecho de interferir en los asuntos de la familia Blanchet.
El corazón de Isabel dio otro vuelco. Era cierto. Si Esteban había decidido esto, nadie osaría
cuestionarlo.
Respiró profundo, encontrando su mirada.
-¿Y si Vanesa pregunta? ¿Le digo eso también?
Esteban pellizcó suavemente su oreja, una sonrisa juguetona en sus labios.
-Por supuesto.
-¿Desde cuándo? -la pregunta escapó de sus labios antes de poder contenerla.
-¿Mm?
-¿Desde cuándo empezaste a verme… así?
El recuerdo de su fingida borrachera hizo que Isabel frunciera el ceño. La había asustado tanto… Cada vez que él actuaba así, su corazón amenazaba con salirse de su pecho. Ya era bastante difícil ocultar sus sentimientos sin que él la provocara constantemente.
Sus ojos se detuvieron en la marca que había dejado en el cuello de Esteban. Las ganas de morderlo de nuevo la invadieron, pero se contuvo. Al menos por ahora.
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