Capítulo 285
La luz matinal se filtraba por los ventanales del comedor mientras Esteban Allende se dirigía a su estudio con pasos firmes y medidos, su figura imponente proyectando una sombra alargada sobre el suelo de mármol. En la cocina, Mathieu Lambert terminaba su desayuno, su mirada astuta fija en Isabel Allende.
Isabel sintió el peso de esa mirada sobre ella. Un escalofrío le recorrió la espalda mientras giraba sobre sus talones, fingiendo no haberlo notado. Sus dedos jugueteaban nerviosamente con el borde de su blusa.
Mathieu cruzó los brazos sobre su pecho, una sonrisa sarcástica dibujándose en sus labios. Sus ojos brillaban con un destello de diversión apenas contenida.
“Así que ahora huyes de mí“, murmuró con un tono que destilaba sarcasmo.
Isabel sabía perfectamente por qué Esteban había pedido a Mathieu que se retirara antes. Su hermano, siempre tan perceptivo, había notado su incomodidad como si fuera un libro abierto. Un rubor traicionero comenzó a trepar por su cuello.
Al verse atrapada por la mirada penetrante de Mathieu, Isabel se giró lentamente. Sus labios se entreabrieron mientras pronunciaba su nombre con voz apenas audible.
-Mathieu…
Él se acercó con pasos deliberadamente lentos, el sonido de sus zapatos resonando contra el
piso.
-¿Cómo vas con esa herida? -preguntó, su tono aparentemente casual ocultando una preocupación genuina.
Isabel se quedó paralizada, su mente en blanco. El aire pareció volverse más denso a su alrededor. Ambos sabían exactamente a qué herida se refería, y la naturalidad de su pregunta solo hacía que la situación fuera más incómoda. El rostro de Isabel se tiñó de un rojo intenso, sus ojos clavados obstinadamente en el suelo.
Al ver que ella permanecía en silencio, Mathieu chasqueó la lengua.
-Te estoy hablando -insistió, arqueando una ceja.
Isabel se mordió el labio inferior, luchando por mantener la compostura.
-Ya está mejor… un poco mejor -murmuró, su voz apenas un susurro.
En su mente, las preguntas se arremolinaban como hojas en una tormenta. “¿Por qué le importa? ¿Qué derecho tiene a preguntar sobre esto?”
-Las chicas deben cuidarse más continuó Mathieu, su tono adoptando un matiz paternal que no le correspondía-. Que Esteban te consienta no significa que todos los hombres sean
unos santos.
Isabel guardó silencio, sus nudillos blancos de tanto apretar los puños.
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-No sabes lo delicada que puede ser una lesión así -insistió él, ajeno a su creciente incomodidad.
-¡Ya párale! -explotó finalmente Isabel, su voz temblando de frustración y vergüenza.
La tensión en el aire era asfixiante. Isabel sentía que cada segundo que pasaba mirando a Mathieu era una pequeña tortura.
-¿Qué, ahora resulta que no sé cuidarme sola? Por favor, ya no sigas.
Mathieu se tensó visiblemente.
-Yo solo intento…
-Me voy de aquí -lo interrumpió Isabel-. Así no tienes que verme y amargarte la mañana.
Sin esperar respuesta, Isabel giró sobre sus talones y salió disparada como una flecha. Sus pies apenas parecían tocar el suelo mientras corría, su cabello negro ondeando tras ella como una bandera. Si hubiera mostrado esa velocidad en las clases de educación física, seguramente habría establecido algunos récords escolares.
Mathieu quedó de pie, su cabello revuelto por la estela de viento que Isabel había dejado a su
paso.
-Con esa velocidad, tantos años de preocupación de Esteban han sido en vano -murmuró para sí mismo, una sonrisa torcida en sus labios-. Corriendo así, podría escapar hasta del
mismísimo diablo.
En cuestión de segundos, Isabel se había desvanecido de su vista como si nunca hubiera estado allí. Al menos la medicina que había mandado comprar estaba funcionando; sus piernas parecían completamente recuperadas.
Mathieu se rascó la nuca distraídamente y, al girarse, se encontró con una mirada que habría congelado el infierno.
Esteban permanecía inmóvil en las escaleras, su presencia tan amenazante como una
tormenta a punto de estallar.
El encuentro repentino con esos ojos glaciales hizo que Mathieu sintiera un escalofrío recorrerle la espina dorsal.
-Oye, ¿por qué me miras así? -preguntó, intentando mantener un tono ligero.
-¿Era necesario que te preocuparas tanto? -La voz de Esteban era punzante y fría.
Mathieu se quedó sin palabras por un momento, el peso de esa mirada aplastándolo.
-Lo siento, me excedí -admitió finalmente.
En su mente, intentaba justificarse. Los roles de hermano y esposo eran completamente diferentes, ¿no?
El sonido de pasos interrumpió el tenso momento. Lorenzo Ramos se aproximó con expresión
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grave.
-Señor.
-Habla ordenó Esteban, su voz aún cargada de frialdad.
-La señorita Céline ha llegado a Puerto San Rafael… en secreto.
Mathieu y Esteban intercambiaron una mirada cargada de significado.
Lorenzo continuó, su voz medida y cautelosa:
-La acompañaba gente de la señorita Vanesa Allende.
Las palabras cayeron como piedras en un estanque, creando ondas de tensión en el aire.
Mathieu frunció el ceño, las arrugas en su frente delatando su preocupación.
-¿Qué significa esto?
Lorenzo alternó su mirada entre ambos hombres, midiendo cuidadosamente sus siguientes
palabras.
-Probablemente fue idea de la señorita… llevarse a Isabel sin que nadie lo notara.
Mathieu sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. ¿Su hermana realmente sería tan imprudente? Isabel ya no era simplemente la hermana de Esteban Allende.
Si realmente intentaban llevársela, sería como firmar su propia sentencia de muerte.
-Debe ser un malentendido–se apresuró a decir, las palabras tropezando unas con otras-. Tiene que serlo, Lorenzo. No puedes asumir que vino a secuestrar a alguien solo porque trajo gente de Vanesa. Eso no está bien.
El rostro de Esteban se ensombreció aún más, su mirada hacia Mathieu era implacable.
Mathieu, intimidado por esa mirada penetrante, comenzó a balbucear:
-Oye, yo solo…
¿Sería posible que Céline realmente hubiera sido manipulada por Vanesa para intentar llevarse a Isabel?
-¡No, eso no tiene sentido! -exclamó, pasándose una mano por el cabello con frustración-. Ellas dos siempre han estado peleadas, ¿lo sabías?
Era cierto. Céline y Vanesa habían mantenido una enemistad legendaria durante años. Cada encuentro entre ellas era como un choque de titanes.
-Precisamente por eso -intervino Lorenzo, su voz cargada de experiencia-. No hay mejor manera de engañar que fingir una enemistad.
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