Capítulo 289
La sala de seguridad se sumió en un silencio sepulcral. La presencia de Esteban llenaba el espacio con una autoridad abrumadora que parecía emanar de cada poro de su piel. Su mirada, fría como el acero, bastaba para hacer que cualquiera sintiera el peso de su poder.
Sebastián y Valerio, a pesar de ser considerados la élite de Puerto San Rafael, bajaron instintivamente la mirada, como si el solo hecho de sostener la de Esteban fuera un desafío demasiado grande.
Esteban entornó los ojos, su voz tajante como una sentencia.
-Lorenzo.
-¿Sí, jefe?
-La familia Galindo ahora…
Un escalofrío recorrió la espalda de Valerio. Dio un paso al frente, interrumpiendo lo que Esteban estaba a punto de decir.
-Señor Allende -la voz le salió entrecortada.
“No puedo dejar que siga hablando”, pensó Valerio con desesperación. La familia Galindo estaba al borde de la quiebra, con su único proyecto viable completamente paralizado.
Las gotas de sudor frío le resbalaban por la sien mientras intentaba mantener la compostura.
-Señor Allende, está malinterpretando la situación.
Sus ojos se desviaron hacia Isabel, quien permanecía protegida en los brazos de Esteban. La rabia le corroía por dentro al verla. “Esta mocosa… ¿cómo puede traicionar así a su propia sangre? Prefiriendo a un extraño sobre su familia.”
Esteban arqueó una ceja, su gesto cargado de amenaza.
-¿Me estás diciendo que me he vuelto sordo?
-No, yo…
La mirada de Esteban se tornó más distante, si eso era posible. Valerio sintió que se le helaba
la sangre en las venas. Sus ojos buscaron desesperadamente los de Isabel.
“¿Por qué no dice nada? ¿Acaso quiere que este hombre me mate?”
El brillo metálico del arma en la cintura de Esteban captó su atención. Tragó saliva con
dificultad.
-Isa… -la súplica en su voz era evidente.
El sonido seco de un golpe cortó el aire, seguido por un gemido ahogado. La patada de Esteban impactó directamente en el estómago de Valerio, quien se dobló sobre sí mismo como una
hoja marchita. El dolor era tan intenso que sentía como si sus órganos internos se hubieran
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hecho añicos.
Sebastián se tensó al ver a su amigo en ese estado, pero permaneció inmóvil. No era momento de intervenir, no cuando él mismo estaba herido. Además, estaban en Bahía del Oro, territorio de Esteban. El Grupo Bernard necesitaba demasiado del apoyo de los Allende como para arriesgarse a ofenderlo. El destino del Grupo Galindo, del Grupo Bernard, la vida de Iris… todo pendía de un hilo que Esteban podía cortar cuando quisiera.
Los ojos de Esteban se estrecharon peligrosamente.
-¿Quién te dio el derecho de lastimarla?
El dolor en el pecho de Valerio era insoportable. Apenas podía respirar.
Esteban volvió a examinar la marca rojiza en la muñeca de Isabel.
-Isa, ¿qué opinas? ¿Qué deberíamos hacer con él?
-¿Eh? -Isabel parpadeó, sorprendida por la pregunta.
“¿Me está consultando a mí?” Su mirada se desvió instintivamente hacia Valerio, que seguía
doblado de dolor, antes de volver a Esteban.
Esteban arqueó una ceja, su voz casual como si estuviera discutiendo el clima.
-¿Y si lo matamos?
Un silencio sepulcral cayó sobre la habitación. Sebastián y Valerio intercambiaron miradas aterrorizadas. La frialdad con la que Esteban había pronunciado esas palabras les heló la
sangre.
-Isa, por favor… -la voz de Valerio era apenas un susurro desesperado.
Isabel se mordió el labio inferior, sus ojos fijos en su hermano adoptivo.
-Oye, hermano…
-¿Qué pasa? ¿Te da lástima, Isa?
-No, para nada -se apresuró a responder-. Haz lo que creas mejor.
“¿Lástima? Ni de broma.” Isabel no se atrevía a interceder por nadie relacionado con la familia Galindo frente a Esteban. El solo pensamiento de que él pudiera creer que ella añoraba volver con ellos le provocaba ansiedad.
-Isa, soy tu hermano de sangre -suplicó Valerio.
Isabel soltó una risa seca, sus ojos brillando con desprecio.
-¿Hermano? ¿De qué hablas? ¿Te volviste loco o qué?
“¿Acaso tiene un deseo de muerte? ¿Cómo se le ocurre mencionar lazos de sangre frente a Esteban?” Durante sus años en Francia, Isabel había visto a decenas de personas intentando ganarse el título de hermano de Esteban. Ninguno lo había conseguido, y algunos habían
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pagado caro el intento.