Capítulo 292
Carmen apretó los puños hasta que sus nudillos se tornaron blancos.
-A ver, no entiendo. ¿No fueron a buscarla por lo de Iris? ¿Cómo terminaron enfrentándose con el señor Allende?
El señor Allende. Aquel hombre que había recogido a Isabel de la nada. La amargura se extendió por el pecho de Carmen como veneno. Una familia tan poderosa, y ellos ni siquiera podían obtener las migajas de su mesa. “Quizás hubiera sido mejor que nos criaran unos campesinos“, pensó con resentimiento. Al menos así no estarían metidos en tantos problemas.
La mención de Iris provocó un silencio sepulcral en Sebastián. El fracaso pesaba sobre sus
hombros como una losa.
Carmen se llevó una mano temblorosa al pecho.
-¿Me estás diciendo que el señor Allende sacó una pistola, le apuntó a Valerio, y ella simplemente se fue como si nada?
La incredulidad y la rabia se mezclaban en su voz. Era su propio hermano. ¿Cómo podía Isabel ser tan fría, tan insensible? ¿Todo porque no la apoyaron hace dos años? Pero ese asunto ni siquiera tenía mucho que ver con Iris. Después de todo, Iris ya le había explicado todo con lujo de detalle. No podían simplemente mandar a Iris a la cárcel basándose solo en la palabra de
Isabel.
Sebastián asintió con un gesto seco.
-Así fue.
El rostro de Carmen perdió todo color. La habitación pareció dar vueltas a su alrededor.
“Dijo que iba a alimentar a los conejos“, pensó con amargura. “¿Así que unos pinches conejos son más importantes que su propio hermano?” La furia burbujeaba en su interior como lava hirviente. En ese momento, deseó nunca haber dado a luz a Isabel.
Sus manos temblaban incontrolablemente.
-Iris está atrapada en Puerto San Rafael y Valerio está herido… ¿qué clase de pesadilla es
esta?
Un pensamiento oscuro cruzó su mente: ojalá hubiera matado a Isabel cuando tuvo la oportunidad.
En Bahia del Oro, la escena no podía ser más diferente.
Esteban aplicaba con delicadeza la medicina en la piel de Isabel, quien se resistía como una niña pequeña. Apenas terminó, se escabulló bajo las cobijas, negándose a salir.
Capítulo 292
Con una suavidad que contrastaba brutalmente con su frialdad anterior, Esteban retiró las mantas y pellizcó cariñosamente el rostro sonrojado de Isabel.
-Deberías recuperarte pronto.
Su voz, usualmente dura, ahora destilaba calidez y afecto.
Isabel hundió más el rostro en la almohada.
-¿Recuperarme para qué?
-¿Tú qué crees?
El ceño de Isabel se frunció adorablemente.
-No, no me refería a eso, no estaba preguntando eso -balbuceó atropelladamente, el rubor extendiéndose hasta sus orejas.
Esteban se inclinó y le susurró algo al oído que hizo que el rostro ya encendido de Isabel adquiriera un tono aún más intenso.
Sus ojos se abrieron como platos.
-Ya no te vuelvo a hablar.
Se giró bruscamente, escondiéndose bajo las cobijas. Su voz salió amortiguada por las
mantas.
-Ni se te ocurra jalar las cobijas. Mejor vete.
“¿Dónde quedó mi dignidad?“, pensó Isabel mortificada. “¿La distancia arrogante que no permitía que nadie se me acercara? ¿A dónde se fue todo eso?” Resultó ser tan… impropiamente informal con ella.
Esteban se levantó, una sonrisa bailando en sus labios.
-Está bien, ya me voy. No te vayas a asfixiar ahí abajo.
-Vete, vete, vete -la voz de Isabel llevaba un tono de fingida indignación que solo lo hizo
sonreír más.
Después de unos minutos de silencio, Isabel asomó cautelosamente la cabeza por el borde de las cobijas. Su corazón dio un vuelco al encontrarse con Esteban todavía ahí, recargado contra la pared con los brazos cruzados.
-¿Tú… tú por qué sigues aquí? -tartamudeó- ¿No dijiste que te ibas?
Intentó volver a esconderse, pero esta vez Esteban fue más rápido. La atrapó en sus brazos antes de que pudiera refugiarse bajo las mantas.
Por instinto, Isabel le rodeó el cuello con los brazos. Esteban aprovechó para robarle un beso.
-Cuidado, te voy a morder -advirtió ella sin mucha convicción.
La risa suave de Esteban vibró contra su piel.
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Capitulo 292
-Por mi está bien.
7
“¿No se había ido? ¿Se quedó para aprovecharse?“, pensó Isabel mientras forcejeaba débilmente por liberarse. Pero el aroma familiar y reconfortante de Esteban la envolvía por completo, derritiendo sus defensas.
Él la contempló con ternura infinita, su sonrisa más cálida que nunca.
-Eres una chica tan tonta.
Pero era precisamente esa inocencia la que, de alguna manera misteriosa, lograba purificar el aire de sangre que siempre lo rodeaba.