Capítulo 323
El sudor empapaba la frente de Mathieu mientras su cuerpo se bamboleaba sin control. A pesar del firme agarre del guardaespaldas que prácticamente lo arrastraba durante la carrera, cada paso le resultaba una tortura. Los hombres de Esteban, con su entrenamiento militar, mantenían un ritmo implacable que hacía parecer el ejercicio una forma refinada de tortura.
Sus músculos ardían en protesta, pero no tenía más remedio que seguir moviéndose. La desesperación se reflejaba en cada gota de sudor que resbalaba por su rostro enrojecido.
Al divisar a Isabel en la distancia, Mathieu sintió un destello de esperanza. Sus ojos se iluminaron por un momento antes de gritar con voz entrecortada por el esfuerzo:
-ilsa, por favor! ¡Dile algo a tu hermano! ¡Se está vengando de mí, lo está disfrutando!
Isabel observó la escena con una sonrisa apenas disimulada en la comisura de sus labios. El espectáculo de ver a Mathieu en semejante estado le provocaba una mezcla de diversión y satisfacción.
-Mi hermano dice que es por tu bien.
La respuesta de Isabel hizo que el último vestigio de esperanza se esfumara del rostro de Mathieu. Sus facciones se contrajeron en una mueca de angustia.
-¡No necesito que él haga nada mí!
por
“Que se guarde su ayuda para quien la quiera“, pensó Mathieu con amargura mientras seguía corriendo.
Esteban se acercó a Isabel por detrás, deslizando sus manos protectoramente alrededor de su cintura. El gesto, aunque posesivo, estaba cargado de genuina preocupación.
-¿Por qué saliste así, sin abrigarte bien?
La temperatura había descendido brutalmente en los últimos días. A través de los ventanales, podían verse los copos de nieve cayendo sin cesar, cubriendo todo con su manto blanco. Isabel se encogió de hombros, un gesto que denotaba su acostumbrada rebeldía.
-¿No hemos estado todo el tiempo adentro? No es para tanto.
No había salido de la casa, y ahora Esteban tampoco se lo permitía. Los gritos de Mathieu seguían resonando como música de fondo mientras continuaba su carrera forzada.
Isabel observó la escena con genuina curiosidad, alzando una ceja mientras giraba levemente el rostro hacia su hermano:
-¿Y al final por qué lo estás haciendo correr?
-Es por su bien.
11.10
Capitulo 323
Las palabras de Esteban la dejaron perpleja. ¿Por qué esa frase le sonaba tan irónicamente familiar?
El timbre de su celular interrumpió sus pensamientos. Al ver el nombre de Paulina en la pantalla, Isabel miró a Esteban, buscando su aprobación:
-Es Pauli, voy a contestar.
-Mm.
Esteban aflojó su agarre, permitiéndole alejarse. Mientras Isabel se retiraba con el teléfono, Mathieu, al verla marcharse, dejó escapar un grito desesperado:
-ilsa, no puedes dejarme morir así!
-Mi hermano no te va a matar.
“Aunque quizás esta vez sí aprendas la lección“, pensó Isabel mientras se alejaba con el celular
en mano.
Esteban tomó el puro que Lorenzo le ofrecía, una sonrisa apenas perceptible se dibujó en sus
labios:
-Añade cinco vueltas más.
-Esteban, eres un desgraciado… todo esto lo hice pensando en los demás.
Lorenzo contuvo el aliento ante semejante atrevimiento. “Este idiota realmente quiere morir hoy“, pensó mientras observaba la escena.
…
Isabel respondió la llamada de su amiga mientras se alejaba por el pasillo.
-¿Qué pasa, Pauli?
-ilsa, esto se puso buenísimo! Escucha…
El sonido de una bofetada resonó a través del auricular, seguido por la voz furiosa de Camila:
-¿A quién le estás llamando amante? ¡Ahorita mismo te parto la cara!
-¡Pues a ti, mosquita muerta! ¿O qué? ¿Valerio ya tiene hijos y la niña bien de los Vázquez quiere jugar a la madrastra?
La voz autoritaria de Carmen intentó imponer orden:
-¡Ya basta! ¡Maite, cierra la boca!
-¿Que me calle? ¡No me sorprende que tú, vieja bruja, siempre hayas querido impedir mi matrimonio con Valerio! ¡Hasta rechazaste a tu propio nieto! ¿Qué esperabas? ¿Algo mejor?
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier respuesta.
-¿La princesita Vázquez, no? ¿Estás ciega o nomás te gustan los hombres casados?
11:19
-¡Me lleva la chingada! ¡Te voy a hacer pedazos!
A pesar de solo escuchar a través del teléfono, Isabel podía visualizar perfectamente el caos que se había desatado. La voz de Paulina, rebosante de satisfacción, llegó clara:
-Isa, ¿se escucha bien? ¿Le subo más si quieres?
Isabel torció los labios, reprimiendo una sonrisa.
-¿No que no ibas a ir al hospital? ¿Cómo acabaste allá?
-¿Cómo me iba a perder semejante show? Cuando escuché el alboroto, ni el dolor de mi caída me detuvo.
Isabel frunció el ceño:
-¿Entonces fuiste al hospital nada más a chismear?
-Bueno, no exactamente… Me caí y me dolía horrible la retaguardia, por eso vine. Y justo vi cuando Camila se bajaba del coche.
-En cuanto la vi supe que iba a haber función. Ni el dolor me impidió subir a ver.
Isabel puso los ojos en blanco. Su amiga tenía un don especial para estar en el lugar correcto cuando había drama. Pero gracias a ese instinto, era como si ella también estuviera presenciando la escena.
Paulina chasqueó la lengua:
-No manches, esto está que arde. Te voy a mandar video.
-Va.
Isabel ni siquiera había tenido tiempo de ver los videos anteriores que Paulina le había enviado. Después de colgar, abrió el mensaje más reciente. La grabación mostraba el pasillo frente al cuarto de Valerio en el hospital.
Carmen bloqueaba la entrada, impidiendo que Maite pasara. Las dos mujeres discutían acaloradamente.
La voz de Maite se alzaba, cargada de veneno:
-La familia Galindo se casó contigo… ¡Qué maldición han cargado por generaciones! No distingues entre propios y ajenos, y todavía prefieres a una recogida.
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