Capítulo 326
Una sonrisa burlona se dibujo en el rostro de Yeray mientras estudiaba a Isabel con detenimiento. Sus ojos brillaban con u destello de malicia apenas contenida.
-¿Entonces después de un mes con Vanesa, esto es todo lo que has logrado averiguar? -Su voz destilaba un desprecio apenas disimulado.
Isabel apretó los labios hasta formar uma linea tensa, mientras sus dedos se tensaban por la presión.
Con movimientos pausados y deliberados, Yeray le extendió su copa de vino tinto al médico que acababa de terminar de (vendarle la mano. Se tomó su tiempo para abotonarse una camisa negra, cada movimiento calculado para proyectar una imagen de control. Su cabello perfectamente peinado completaba esa fachada de joven amable y educado que tanto le gustaba mostrar al mundo.
Isabel lo observaba en silencio, consciente de que solo ella conocía la verdadera podredumbre que se ocultaba tras esa máscara de cortesía.
Con paso felino, Yeray se deslizó hasta quedar sentado junto a ella.
¿O acaso crees que eres tan importante para Esteban que siempre estará ahí para protegerte?
La furia ardía en los ojos de Isabel, pero se limitó a dirigirle una mirada cargada de desprecio. Sus pensamientos eran un torbellino de amargura. “Este hombre… siempre ha sido mi perdición. Primero me obligó a alejarme de Esteban por culpa de su hermana, ¿y ahora esto?”
Yeray observó con deleite el desprecio en su mirada. Sus labios se curvaron en una sonrisa aún más pronunciada.
-Después de todos estos años, parece que Isa sigue siendo la misma niña inmadura.
-No te atrevas a pronunciar mi nombre con esa boca asquerosa -espetó Isabel, cada palabra cargada de asco y desprecio. El recuerdo amargo se agitó en su memoria: la estrecha amistad entre los Méndez y los Allende, destruida en el momento más oscuro, cuando su padre murió y los Méndez les dieron la espalda. Si bien antes su desprecio por Yeray había sido moderado, ahora lo aborrecía con cada fibra de su ser.
-Yeray se incorporó y se acercó a ella con pasos medidos. Se inclinó, invadiendo su espacio personal. En ese preciso
instante, el avión sufrió una fuerte turbulencia. Yeray perdió el equilibrio, casi cayendo sobre Isabel, quien logró apartarse con un movimiento rápido. Sin embargo, al apoyar su mano herida contra el suelo, un gemido de dolor escapó de sus
labios.
-¿Qué sucede? -La voz tajante de Yeray cortó el aire.
-El señor Allende nos ha dado alcance -informó el piloto del helicóptero.
Los labios de Yeray se curvaron en una sonrisa maliciosa mientras clavaba su mirada en Isabel.
-¿Qué opinas de su perversión? ¿Le gusta la niña que él mismo crio?
En ese momento, al ver que los guardaespaldas habían aflojado su agarre, Isabel aprovechó la oportunidad. La palabra “perversión” fue la chispa que encendió su furia contenida. Se levantó de golpe y, sin dudarlo, estampó una bofetada en el rostro de Yeray.
-¿Y a tí qué te importa? Métete en tus propios asuntos.
El ceño de Yeray se frunció mientras sus dedos se cerraban alrededor de la muñeca de Isabel.
-Con lo delgada que es esta muñeca… ¿me pregunto qué tan fácil sería romperla?
Los años de huida habían afilado el temperamento de Isabel como una daga. Ahora, frente a Yeray, se erguía como una fiera acorralada. Por culpa de los Méndez, ella y Esteban habían estado separados durante años. Toda la ira y frustración que había estado conteniendo explotó al ver a Yeray.
Ante su amenaza, lejos de amedrentarse, Isabel hundió los dientes en el dorso de su mano con una ferocidad animal. El sabor metálico de la sangre inundó su boca casi al instante.
-¡Sss! -Yeray siseó de dolor.
Con su mano libre, sujetó la mandíbula de Isabel con fuerza brutal. No tenía alternativa; podía ver en sus ojos que pretendía Cadancarle un pedazo de carne.
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Cuando Isabel se vio forzada a soltar su agarre, sus miradas se encontraron. Sus ojos brillaban con lágrimas de rabia, como Jos de una pequeña fiera herida, mezclando ferocidad y odio en partes iguales.
¿Me muerdes hasta hacerme sangrar y todavia te atreves a llorar?-se burló Yeray
Isabel escupió la sangre directamente en su rostro.
-Qué asco, toma tu sangre de vuelta.
Un gruñido de furia escapó de la garganta de Yeray, pero antes de que pudiera responder, el piloto interrumpió
-Señor, se están acercando cada vez más.
-Despistalos ordenó Yeray, empujando a Isabel con brusquedad-. Y dite a ese desgraciado de Esteban que si se atreve a seguimos, me lanzaré con Isabel desde el avión y moriremos juntos.
Isabel y los guardaespaldas presentes intercambiaron miradas de incredulidad. ¿Acaso su jefe había perdido completamente la razón para recurrir a una táctica tan vil?
Los ojos de Yeray brillaron con malicia mientras miraba a Isabel.
-Isa, ¿qué te parece? ¿Lista para morir conmigo?
-Que se muera la puta de tu madre -espetó Isabel, hirviendo de rabía.
-Tsk, tsk -chasqueó la lengua Yeray-. Mira nada más esa boquita. ¿Qué pasó con tu forma refinada de hablar cuando estabas en Francia? ¿De dónde sacaste ese vocabulario tan vulgar?
Se inclinó hacia ella, rozando con su pulgar los labios pálidos de Isabel.
-Esa boquita tuya, toda sucia…
En un parpadeo, Isabel le clavó los dientes en el pulgar con una fuerza descomunal, como si intentara arrancárselo de cuajo.
Los guardaespaldas observaban la escena con una mezcla de asombro y confusión. En poco tiempo, Isabel había mordido tanto el dorso de la mano como los dedos de Yeray con una ferocidad salvaje. ¿No se suponía que era una rehén? Más bien parecía que tenían encadenada a una fiera indomable.
Sin embargo, lo más desconcertante era que su jefe, en lugar de someterla con violencia, mantenía una extraña paciencia. Yeray le acarició la cabeza con una gentileza perturbadora.
-Isa, suéltalo, sé buena niña.
Al escuchar ese tono condescendiente, Isabel respondió hundiendo los dientes con aún más fuerza.