Capítulo 327
Et resentimiento entre las familias Blanchet y Méndez se había convertido en un abismo insalvable. Para Isabel, la traición de Yeray dolia especialmente profundo: había sido como un hermano para Esteban, alguien en quien él depositaba su confianza ciega. Y Flora Méndez, esa víbora manipuladora, se había aprovechado de su papel como supuesta amiga intima. Durante años, Isabel había vivido en Puerto San Rafael consumida por un odio que la devoraba por dentro, esperando el momento de su venganza. Ahora, finalmente, tenía su oportunidad.
Yeray observó con disgusto creciente como Isabel se negaba a soltar su mano.
-Isa, te dije que me sueltes -su voz se tornó áspera, perdiendo toda pretensión de amabilidad.
Al ver que ella persistía, apretó su mandíbula con más fuerza hasta que Isabel, vencida por el dolor, lo liberó.
-Llévame de regreso -siseó ella entre dientes, cada palabra cargada de veneno.
Yeray arqueó una ceja, una sonrisa burlona bailando en sus labios.
-¿Después de que arriesgué mi vida para sacarte de ahí? No lo creo, mi pequeña prometida.
Por toda respuesta, Isabel le escupió otro poco de sangre en el rostro.
Mientras se limpiaba con gesto de asco, Yeray la estudió con curiosidad.
-Decías que habías madurado, pero mírate ahora… te has vuelto toda una fierecilla.
Sus pensamientos viajaron a los días en Francia, donde Isabel era dócil y sumisa, siguiendo a Esteban como un cachorro perdido, su voz dulce como miel. Qué diferente era ahora, con esa ferocidad salvaje brillando en sus ojos…
En el helicóptero que los perseguía, Lorenzo transmitía el mensaje recibido.
-Señor, Yeray amenaza con que si continuamos la persecución, él y la señorita saltarán juntos del avión.
Esteban entrecerró los ojos. Un aura fría emanaba de su persona, haciendo que el aire dentro del helicóptero pareciera congelarse.
-Pregúntale qué es lo que realmente quiere -su voz hirió el aire como un puñal.
-Sí, señor -Lorenzo asintió de inmediato.
Mientras tanto, en Bahía del Oro, Paulina recordaba con angustia el momento en que hablaba por teléfono con Isabel. Aquel sonido extraño, seguido por un ahogo, la había hecho correr hacia allá sin importar el dolor que sentía. Ni siquiera se atrevió a llamar a la policía, consciente de que la gente que rodeaba a Isabel no era ordinaria. Temía que una intervención policial solo empeoraría las cosas.
Su preocupación la llevó a presenciar una faceta de Carlos que nunca hubiera imaginado. El cañón de su arma aún despedía un tenue humo en el aire frío.
Mathieu, abandonando su característico aire despreocupado, guardó con movimientos precisos el objeto metálico que
sostenía.
-Me comuniqué con Lorenzo. Dice que tienen suficiente personal, no necesitan que vayamos.
Carlos guardó su arma con un movimiento fluido. Al escuchar un ruido, se giró para encontrarse con la mirada atónita de Paulina, quien acababa de bajar de su auto.
El rostro de Paulina reflejaba un terror indescriptible. La sangre sobre la nieve creaba una escena perturbadora que quedaría grabada en su memoria para siempre. Sus labios temblaban, intentando formar palabras que se negaban a salir.
Mathieu avanzó hacia ella con paso felino.
-¿Qué haces aquí? ¿No tuviste suficiente con la última vez? ¿Quieres repetir la experiencia?
Paulina permaneció muda, el terror congelando sus palabras.
Carlos, irritado, le propinó un golpe en la nuca a Mathieu.
-Se ve que el señor Allende fue muy blando contigo. Debió haberte hecho correr con peso extra.
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Eres… eres un manipulador -protestó Mathieu, recordando aquellas vueltas que casi le cuestan la vida-. ¿Correr con peso? Mejor acábame de una vez.
Carlos clavó su mirada en Paulina.
-¿Qué haces aquí?
-Vine a buscar a Isa… ella… -Paulina reunió todo su valor para sostener la mirada de Carlos, suplicando silenciosamente por respuestas.
-Por ahora no podrás verla.
-¿Eh?
-Su prometido vino a buscarla.
-¿¡Prometido!? -la sorpresa se dibujó en el rostro de Paulina.
Su mente trabajaba a toda velocidad. ¿No se suponía que Isabel estaba enamorada del hermano que la había criado? ¿De dónde había salido este prometido? ¿Acaso todo el caos en Bahía del Oro era obra suya?
Carlos extrajo un cigarro y lo encendió con movimientos pausados.
-¿Puedes regresar por tu cuenta?
-Yo… sí, puedo -murmuró Paulina.
-Entonces vete. Este no es lugar para
- ti.
-¿Pero Isa está en peligro? -la preocupación teñía su voz.
Su mente no dejaba de dar vueltas. ¿Un prometido? ¿Qué había sido entonces Sebastián? Aparentemente, Isabel no solo tenía a Esteban tras ella. Alguien capaz de causar semejante caos en Bahía del Oro no podía ser una persona ordinaria.
Carlos dio una larga calada a su cigarro, considerando su respuesta.
-No debería estar en peligro real… aunque probablemente sufra un poco.
“Ese Yeray es un verdadero desastre“, pensó para sí mismo. Ahora que la situación entre Isabel y Esteban había salido a la Tuz, era imposible predecir de lo que Yeray sería capaz.