Capítulo 328
La repentina aparición de Yeray en Puerto San Rafael no era coincidencia. Sin duda había llegado a sus oídos que Isabel finalmente estaba con Esteban, y eso lo había traído de vuelta como un buitre al acecho.
Los ojos de Paulina se anegaron en lágrimas al escuchar sobre el posible sufrimiento de su amiga.
-¿Y qué vamos a hacer? El señor Allende podrá traerla de regreso, ¿verdad? -su voz temblaba con preocupación genuina.
-El señor Allende es más que capaz -respondió Carlos con sequedad.
Paulina conocía bien el carácter explosivo de Isabel. La imaginaba enfrentándose a Yeray sin medir consecuencias, y ese pensamiento la aterraba.
Carlos, sin ganas de lidiar con el drama, dio media vuelta y comenzó a alejarse. Mathieu observó a Paulina, quien permanecía inmóvil bajo el viento helado, las lágrimas corriendo libremente por sus mejillas.
-No tienes por qué preocuparte tanto. Isa es demasiado valiosa para mucha gente, su prometido no se atrevería a lastimarla -comentó Mathieu, rascándose la cabeza con incomodidad.
Este Yeray es un sinvergüenza“, pensó mientras recordaba cómo, por una simple palabra de los mayores, había proclamado a los cuatro vientos en Francia que Isabel era su prometida. Durante los últimos dos años, había justificado su búsqueda obsesiva bajo esa misma premisa. Por su culpa, Esteban había enviado a incontables hombres tras él, casi con órdenes de eliminarlo, pero Yeray era escurridizo como una serpiente.
Fingía desafiar abiertamente a Esteban, sin importarle usar a la familia Méndez o a su propia hermana Flora como escudo. Las amenazas resbalaban sobre él como agua.
-Pero Isa y el señor Allende ya… -comenzó Paulina.
-Niña, mejor preocupate por ti misma -la interrumpió Mathieu-. Carlos es de los que no olvidan, y tarde o temprano te va a cobrar lo de haberlo dejado en cueros.
Paulina se encogió instintivamente, el miedo visible en su rostro. En ese momento, Carlos, que aparentemente se había marchado, regresó de improviso y agarró a Mathieu por el cuello de la camisa, arrastrándolo consigo. Era evidente que → tenía cuentas pendientes que ajustar con esa lengua suelta.
En el avión, cuando Yeray mencionó que buscaría lo que quería de Esteban, Isabel, consumida por la rabia, intentó propinarle otra patada.
-Eres un maldito desgraciado, Yeray. Te voy a hacer pedazos -gruñó entre dientes.
Con reflejos felinos, Yeray atrapó su tobillo. De un tirón brutal la atrajo hacia sí, sentándola sobre su regazo. Una sonrisa perversa se dibujó en su rostro.
-¿Qué pasa, Isa? ¿Tan desesperada estás por lanzarte a mis brazos? -su voz destilaba veneno-. ¿Así te lanzaste tambler a los brazos de Sebastián durante estos años en Puerto San Rafael? Aunque por lo visto, él no cayó en tus trucos.
La furia explotó en el pecho de Isabel. Alzó la mano para abofetearlo, pero Yeray atrapó su muñeca sin esfuerzo.
-¿Tantas ganas tienes de golpearme?
-Eres un traidor convenenciero. Ojalá pudiera despedazarte con mis propias manos.
El recuerdo de la traición de Yeray hacia Esteban ardía en su memoria como una herida abierta. El deseo de destruirlo la consumía por dentro.
Yeray soltó una carcajada burlona.
-¿Quieres apostar cuánto vales para Esteban? Veremos si está dispuesto a darme lo que pido por ti.
Su burla fue interrumpida por un aullido de dolor. Isabel, lejos de quedarse quieta, había hundido sus dientes en la arteria
de su cuello. El rostro de Yeray se contorsionó en una mueca de sufrimiento.
“Esta mujer“, pensó con rabia, “ahora golpea cuando puede y muerde cuando tiene oportunidad. ¿Qué clase de salvaje se volvió en Puerto San Rafael? No tiene técnica para pelear, pero sabe cómo hacer daño“.
Suéltame o te rompo los dientes -su voz perdió todo rastro de juego, convertida en una amenaza letal.
17:56
Capitold 828
Isabel respondió hundiendo los dientes con más fuerza. Yeray, furioso, la agarró del cuello.
Maldita mujer…
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El doctor y el guardaespaldas observaron alarmados cómo la sangre brotaba del cuello de Yeray. Los labios de Isabel,
teñidos de rojo, le daban el aspecto de una criatura sedienta de sangre.
Mientras el médico se apresuraba a atenderlo, Yeray la miraba con ojos letales.
-¿Tanto deseas verme muerto?
El recuerdo amargo cruzó su mente: hubo un tiempo en que ella también le hablaba con dulzura, cuando su voz era tierna y cariñosa. Ahora solo le mostraba los colmillos.
-Eres escoria -escupió Isabel-. Tu sola existencia contamina el aire.
Esa boca…
Yeray intentó contenerse, pero su paciencia tenía límites. Sacó su arma y la apuntó directamente a la cabeza de Isabel.
-¿Crees que no me atrevo a acabar contigo aquí mismo?
Adelante, dispara aquí -desafió ella, señalando su frente-. ¿Crees que te tengo miedo?
Yeray se quedó sin palabras. ¿De dónde había sacado tanto valor esta mocosa? Antes temblaba como una hoja con solo una amenaza, sin atreverse ni a respirar. ¿Y ahora se atrevía a desafiarlo así?