Capítulo 33
Los cien metros cuadrados del apartamento provocaron una punzada de molestia en la sien de Esteban,
“Esta niña… Con todo el dinero que le he dado durante años, ¿así es como decide vivir?”
El teléfono de Lorenzo sonó de repente, interrumpiendo sus pensamientos.
En cuestión de minutos, Isabel se encontró empacando a toda prisa. Bajo el manto de la noche, fue trasladada al Chalet Eco del Bosque.
Sus ojos se abrieron con asombro al contemplar la majestuosa estructura que se alzaba frente a ella, una mansión que más parecía un castillo salido de un cuento.
-¿Todo esto es tuyo?
-Es tuyo.
El chalet, efectivamente, estaba registrado a nombre de Isabel.
Un pequeño pliegue se formó entre sus cejas.
-¿¿Mío?
-Sí. ¿No lo recuerdas? Una vez dijiste que te gustaba.
Isabel guardó silencio, su mente intentando rebuscar entre sus recuerdos. Había expresado admiración por muchos lugares a lo largo de su vida, pero no lograba ubicar este en particular. Aunque el chalet no era un desconocido para ella. Recordaba cuando Sebastián, al enterarse que estaba deshabitado, le había pedido a José Alejandro investigar quién era el propietario. Pero ni con todas sus conexiones, José Alejandro había logrado descubrir al dueño.
Y ahora resultaba que ella era la propietaria. La revelación la dejó sin palabras.
-¿Vamos a quedarnos aquí?
Esteban asintió levemente.
-Tengo algunos pendientes que resolver en Puerto San Rafael. Nos quedaremos un tiempo.
-Ah…
Isabel no indagó más. Nunca lo hacía cuando Esteban mencionaba sus “asuntos“. Era una costumbre arraigada entre ellos.
Así fue como Isabel se instaló en el Chalet Eco del Bosque. Lorenzo la guio hasta su
habitación.
-El señor lo había preparado como tu regalo de mayoría de edad.
-Aunque no te lo di en tu cumpleaños dieciocho, nunca es tarde.
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Captulo 33
La frase “regalo de mayoría de edad” hizo que los ojos de Isabel se empañaran. Esteban le había prometido que sería algo que ella realmente deseara. Antes del incidente con su padre, el regalo ya estaba en preparación, diseñado especialmente por Esteban.
“Qué ironía“, pensó.
Con un suspiro apenas perceptible, asintió.
-Tienes razón, nunca es tarde.
La família Méndez ahora estaba bajo el control total de Esteban, quien se había establecido en la cima del poder en París. Ya nadie podía lastimarlo, ni usarla a ella como amenaza.
-Cuando termines de instalarte, el desayuno estará listo en la cocina. El señor te acompañará después de su videoconferencia.
-Está bien.
Su habitación tenía una vista privilegiada al mar. Al entrar, Isabel quedó cautivada por el espectáculo del amanecer. El sol emergía lentamente del horizonte marino, como una gota de oro líquido elevándose hacia el cielo.
Y entonces lo recordó. Sí había expresado su amor por este lugar.
En París no había mar, y lo que más anhelaba Isabel era despertar con la vista del amanecer sobre el océano,
Esteban lo había recordado…
En el hospital, Iris había pasado la noche en un tormento constante de dolor. Su rostro demacrado era testimonio de su sufrimiento.
Carmen no podía contener su angustia al verla así. Valerio también había permanecido toda la noche, explotando en ira en dos ocasiones.
El cuerpo de Iris estaba tan deteriorado que ni los analgésicos más potentes lograban aliviar su dolor por completo.
Sebastián regresó al hospital. Carmen se apresuró hacia él.
-¿Qué pasó, Sebas? ¿Aceptó llamar a la doctora Marín?
La mirada sombría que Sebastián dirigió hacia Iris fue respuesta suficiente.
Las emociones de Carmen estallaron.
-¿Cómo puede ser tan cruel? ¡Esto es vida o muerte!
Iris miró a Sebastián por un instante antes de desviar la mirada, secándose discretamente las lágrimas.
La imagen de su sufrimiento intensificó el rencor de Sebastián hacia Isabel.
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Capitulo
Carmen marcó directamente al número de Isabel, pero solo recibió el frío mensaje del buzón de voz. Su número había sido bloqueado hace tiempo.
La frustración hizo que su rostro enrojeciera.
-¡Esto es el colmo!
Desesperada, pidió prestado el celular a una enfermera y por fin logró hacer la llamada.
En cuanto la línea se conectó, antes de que Isabel pudiera pronunciar palabra, Carmen explotó.
-Isabel, iya basta! Que me hagas esto a mí, pasa, ¿pero ahora? ¿En estas circunstancias? ¿Vas a seguir con tus berrinches?
-¿La señora Galindo me está reclamando? Me parece que usted perdió ese derecho hace mucho tiempo.
La voz de Isabel hizo que Carmen temblara de rabia, sus nudillos blancos de apretar el
teléfono.
Una furia ardiente se encendió en su pecho. No existía madre que pudiera soportar tal insolencia de su propia hija.
-No me importa cómo me llames ahora. ¡Soy tu mamá, tu verdadera mamá! Y eso nadie lo puede cambiar.
La palabra “verdadera” atravesó la línea cargada de desprecio.
Isabel soltó una risa seca, cargada de sarcasmo.
-¿Mi verdadera mama? Vaya, eso sí que es nuevo.
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