Capítulo 332
Larabia le quemaba por dentro. Las amenazas de su madre y su hermana todavía resonaban en su mente, alimentando una Yuria que le nublaba el pensamiento. Isabel levantó la mano y, sin dudarlo, le cruzó la cara con una bofetada que resonó en
la habitación.
Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas mientras se daba la vuelta para marcharse. La voz cortante de Yeray la detuvo en seco.
-Ni se te ocurra buscar a Esteban, ¿me oíste? O si no…
“¿O si no qué?“, pensó Isabel, el corazón latiéndole con fuerza. Sabía bien que la situación de los Allende pendía de un hilo. No podía darse el lujo de crearle más enemigos a Esteban. Por ahora, solo le quedaba agachar la cabeza y mantener su distancia.
Al escuchar el nombre de su hermano, Isabel alzó la mirada. Sus ojos brillaban con una mezcla de lágrimas contenidas y furia ardiente.
De repente, sintió el tirón brutal en su cabello. Yeray la había agarrado con violencia.
Parece que mis palabras te entran por un oído y te salen por el otro. ¿O será que se te olvidó lo más importante?
Isabel apretó los dientes, resistiendo el dolor.
-¿¿Qué cosa?
-Eres mi prometida. ¿Me puedes explicar qué son estas marcas?
La furia transformaba el rostro de Yeray. Sus ojos inyectados en sangre y su cuerpo tenso irradiaban una violencia apenas contenida. Parecía querer arrancarle la piel del cuello con la mirada.
Isabel soltó una risa cargada de desprecio.
-¿De verdad te crees tan importante?
El agarre de Yeray se intensificó, haciéndola jadear de dolor. Isabel intentó morderlo, pero falló. Desesperada, buscó clavar sus dedos en el abdomen de él, deseando hacerle daño, pero solo encontró músculos endurecidos.
Yeray bajó la mirada hacia donde ella intentaba lastimarlo y soltó una risa amarga.
-¿Esos son los truquitos que te enseñó Vanesa?
Un segundo después, Yeray soltó un gruñido ahogado de dolor.
-Maldita, ¿quieres dejarme sin herederos o qué? ¿O prefieres quedarte viuda?
El golpe que Isabel le propinó fue tan certero que Yeray sintió que algo se le rompía por dentro. El dolor lo obligó a soltarla.
Isabel aprovechó para alejarse, observándolo con la cautela de un animal acorralado mientras él se doblaba de dolor. La mirada que le lanzó prometía venganza.
El miedo le erizó la piel. Isabel agarró lo primero que encontró: un cenicero de cristal pesado.
-Ni… ni se te ocurra acercarte. Te juro que te mato con esto.
Con su rostro de muñeca y esa amenaza temblorosa, parecía una gatita asustada intentando parecer feroz.
-Andale pues, intentalo. Pero si hoy no me matas, te vas a arrepentir.
-TU
“Cuando alguien está desesperado y no tiene nada que perder, hasta el más valiente retrocede.” Las palabras de Vanesa resonaron en su mente. En un arranque de pánico, Isabel levantó el cenicero, pero esta vez apuntando hacia su propia frente.
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El rugido de Yeray sacudió la habitación. En un instante, tenía su muñeca atrapada en un agarre de hierro que amenazaba con triturarle los huesos.
dolor le arrancó un gerido y el cenicero se le resbaló de los dedos, estrellándose contra el piso. Yeray la soltó con brusquedad, como si su piel le quernara.
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Estás completamente loca -gruñó entre dientes, señalándola con un dedo tembloroso de rabia.
Isabel se mordió el labio inferior mientras las lágrimas le nublaban la vista. Al ver de nuevo la marca en su cuello, Yeray se
dirigió hacia la puerta con pasos pesados de furia contenida.
Isabel dejó escapar un suspiro de alivio al verlo alejarse, pero Yeray se detuvo en el umbral y giró para mirarla una última
vez.
-¿De verdad crees que tú y Esteban pueden estar juntos?
-¿Qué quieres decir?
Una sonrisa cruel torció los labios de Yeray.
-Eres mi prometida, ¿se te olvida?
Sus pasos resonaron por el pasillo mientras se alejaba.
-Pinche enfermo -murmuró Isabel cuando estuvo segura de que ya no podía oírla.
Si ella y Esteban podian estar juntos no era algo que ese idiota pudiera decidir. Además, su hermano le había prometido que él se encargaría de todo, y ella confiaba ciegamente en él.
-Ni mi madre está en contra, ¿qué te hace pensar que me importa tu opinión, corazón podrido?
Susurro para si misma, dejando que el alivio la invadiera ahora que él se había marchado. Su mirada se posó en el cenicero tirado en el suelo y un escalofrio le recorrió la espalda. Al menos ese animal ya no compartiría habitación con ella.
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Capítulo 333