Capítulo 337
La señal está cerca–Mathilde señaló el punto rojo parpadeante en la tablet.
Apenas terminó de hablar cuando el rugido de varios motores rompió el silencio de la noche. Una caravana de autos negros se detuvo tras ellos, y docenas de guardaespaldas descendieron en perfecta sincronía.
-Busquenla la orden de Yeray cortó el aire como un cuchillo.
Su mirada barrió el área, deteniéndose por una fracción de segundo en los arbustos donde Isabel se ocultaba. Aquellos ojos, usualmente juguetones, ahora brillaban con una frialdad que le heló la sangre en las venas
Isabel observó con creciente angustia el número de hombres que seguían llegando. Quería advertir a Esteban, pedirle que no viniera si no traia suficiente respaldo.
-Revisen cada rincón! -Oliver dirigía al grupo con gestos amplios.
El pelotón se dispersó como una manada de lobos, varios de ellos dirigiéndose peligrosamente hacia su escondite. Isabel apretó los dientes. La crueldad de Yeray no tenía límites. Si era capaz de traicionar a su propio hermano, ¿qué no le haría a
ella?
Con dedos temblorosos, intentó sacar el teléfono para alertar a Esteban. Pero antes de que pudiera hacerlo, un par de faros potentes iluminaron la escena desde la dirección opuesta, obligándola a entrecerrar los ojos.
El tiempo pareció detenerse. Yeray y Esteban, frente a frente en aquel camino estrecho.
Isabel contuvo la respiración, esperando una lluvia de balas. En cambio, el auto de Esteban se detuvo suavemente. Su hermano descendió con movimientos calculados mientras Yeray permanecía sentado en el capó de su coche, la imagen misma de la despreocupación.
Sin mediar palabra, Esteban desenfundó su arma y disparó. La bala silbó junto a la oreja de Yeray, tan cerca que algunos cabellos flotaron en el aire nocturno.
Oliver inhaló bruscamente, su rostro palideciendo mientras evaluaba si su jefe estaba herido. Desde su escondite, Isabel sintió que el corazón se le detenía.
Pero Yeray ni siquiera parpadeó. Una sonrisa gélida curvó sus labios mientras miraba a Esteban.
-Mira nada más… Me has estado cazando por dos años, ¿y ahora resulta que tú eres el impulsivo?
La mirada de Esteban podría haber congelado el infierno. Sin apartar los ojos de Yeray, sacó su celular y marcó el número que Isabel le había dado.
El timbre resonó entre los arbustos cercanos. Isabel, saliendo de su estupor, se puso de pie de un salto.
Las miradas de ambos hombres convergieron en ella mientras corría hacia Esteban como alma que lleva el diablo.
Oliver no pudo evitar una sonrisa al ver su velocidad. “Esta mujer corrió toda la noche, ¿y todavía le quedan piernas?”
Esteban arrojó el celular a Lorenzo y atrapó a Isabel con un brazo. En el momento en que el aroma familiar de su hermano ta envolvió, la tensión abandonó su cuerpo.
-Esteban, tenía tanto miedo -susurró contra su pecho, la voz quebrada.
Al despertar y encontrarse con Yeray, el terror de que la alejara donde Esteban no pudiera encontrarla la había consumido No soportaría otros años de separación.
La angustia en su voz hizo que Esteban la estrechara con más fuerza, sus ojos prometiendo violencia mientras miraban a Yeray.
-Vamos a casa -murmuró contra su cabello.
-Sí–Isabel se aferró a él-. A México… quiero ver a mamá.
Esteban se inclinó para besar su frente con ternura. La sonrisa de Yeray, observando la escena desde el capó de su auto, se tornó glacial.
Cuando Esteban se disponía a marcharse con Isabel, la voz de Yeray cortó el aire como una navaja.
Esa es mi prometida, ¿a dónde piensa llevarla, señor Allende?
El “señor Allende” resonó como una burla. Todos en México lo llamaban así, pero Yeray siempre lo había llamado Esteban.
15:12
Este cambio parecia abrir aún más el abismo entre ellos.
Cando Felipe Allende vivía, el y mi padre lo acordaron personalmente. Era un asunto entre los mayores…
2 disparo de Esteban interrumpió sus palabras. Si Yeray no hubiera reaccionado a tiempo, la bala habría encontrado su
marca.
La rabia encendió los ojos de Yeray mientras Esteban, sin dignarse a mirarlo, le enviaba el mensaje más claro posible: no dudaria en matarlo.
-Qué curioso que todavía le digas padre después de todo la voz de Esteban destilaba veneno-. Creí que ya habrías renunciado al apellido Méndez.
Oliver contuvo el aliento, mirando la espalda de Esteban con horror. ¿Lo sabía? Si estaba al tanto de todo… eso explicaría su implacable persecución durante los últimos dos años.