Capítulo 373
El pitido intermitente del teléfono resonaba en los oídos de Paulina como un eco vacío, mientras la inquietud se arraigaba en su pecho cual enredadera persistente. Sus dedos, movidos por la ansiedad, volvieron a marcar el número de su madre. El tono de llamada sonó apenas un par de veces antes de encontrarse con el silencio absoluto.
“Mami, por favor…” susurró para sí misma, contemplando hacer un nuevo intento cuando la pantalla se iluminó con una llamada entrante de Roberto.
-Señorita, ¿dónde se encuentra en este momento? Voy por usted de inmediato.
-Espérame en la casa, necesito recoger algunas cosas -respondió Paulina, mientras su mente ya catalogaba lo esencial que debería empacar.
-No hay tiempo para equipaje, señorita. La partida a París debe ser inmediata. Por favor, compártame su ubicación.
-¿Tan grave es la situación? -El corazón de Paulina comenzó a latir con fuerza contra sus costillas-. Roberto, dime qué está pasando con mi madre.
“Algo está muy mal“, pensó Paulina mientras un escalofrío recorría su espalda. La urgencia en la voz de Roberto, la misteriosa llamada de su madre, todo apuntaba a una crisis que nadie quería explicarle.
-Eso no es algo que deba preocupar a la señorita -la voz de Roberto mantenía su tono profesional, pero Paulina detectó un matiz de tensión en ella.
-¡Soy su hija! -exclamó Paulina, su voz quebrándose ligeramente-. Roberto, por favor, necesito saber qué está pasando.
-Los asuntos de la presidenta Torres no son de su incumbencia en este momento.
-¡Necesito verla! ¿Dónde está? -La voz de Paulina se elevó mientras caminaba hacia su auto, la desesperación tiñendo cada palabra.
-En este momento es imposible ver a la presidenta Torres.
-¿Por qué?
-Porque ni yo mismo sé su ubicación actual.
El silencio que siguió a esas palabras cayó sobre Paulina como una losa de mármol. Su mente se paralizó ante la implicación: si Roberto, el hombre que había sido la sombra constante de su madre durante años, no sabía dónde estaba…
“Mamá… ¿en qué te has metido?” El pensamiento atravesó su mente como un relámpago en la oscuridad.
Terminó la llamada con dedos temblorosos y envió su ubicación. La respuesta de Roberto llegó casi instantáneamente:
19:29
[Señorita, permanezca donde está. No se mueva de ahí.]
De pie en la acera, Paulina sintió el peso del aire invernal sobre sus hombros. Las festividades de Año Nuevo se acercaban, una época que, sin importar qué tan ocupada estuviera su madre, siempre habían compartido juntas. Este año, sin embargo, en lugar de su tradicional reunión, Alicia la estaba enviando al otro lado del mundo.
La sensación de impotencia se cerraba sobre su garganta como un puño invisible.
Isabel observaba con atención el video que Paulina le había enviado. En la pantalla, Maite arrojaba prendas sobre Iris con violencia desmedida, llegando incluso a propinarle un par de bofetadas. El temperamento explosivo de Maite se manifestaba en toda su magnitud; era evidente que las mismas tácticas que Iris había empleado contra ella en el pasado ahora se
volvían en su contra como un bumerán.
“Ante las mentiras y los malentendidos“, reflexionó Isabel, “algunos eligen explicar, otros callar… y otros responden con la misma moneda.”
-¿Es de la familia Galindo? -preguntó Esteban, inclinándose para ver la pantalla del teléfono.
-Sí, Pauli me lo acaba de mandar.
-¿Todavía tiene energía para meterse en estos dramas?
-¡Vaya! -Una sonrisa divertida se dibujó en los labios de Isabel-. Y pensar que hace un momento llamó llorando por lo de Carlos, jurando que se encerraría en casa por días. Mírenla ahora, en medio del espectáculo.
Esteban observó la expresión entretenida de Isabel, dejando que una mirada de profundo afecto suavizara sus facciones. Estaba a punto de decir algo cuando su teléfono vibró con una llamada entrante.
-Hermano, ¿llegaste a Islas Gili? -La voz de Vanesa sonó a través del altavoz.
Esteban frunció el ceño, mirando instintivamente hacia Isabel.
-¿Estás por aquí?
-Estoy de vacaciones en el yate de Isa -respondió Vanesa-. Y no vas a creer a quién me encontré: al imbécil de Yeray.
La mención de ese nombre transformó el tono de Vanesa, tiñéndolo de un veneno que los años no habían logrado diluir. Era evidente que, a pesar del tiempo transcurrido, la sola mención de Yeray despertaba en ella un deseo visceral de venganza.
-¿Quieres que me encargue de él de una vez por todas?
-No te metas en esto cortó Esteban.
-Hermano… -La voz de Vanesa adquirió un matiz tenso.
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19:30
-Todavía tiene información que necesitamos.
El silencio de Vanesa fue elocuente. Isabel, sentada junto a Esteban, lo miró con curiosidad.
-¿Qué tipo de información? -insistió Vanesa-. ¿Es por eso que lo has mantenido con vidal
todos estos años?
La pregunta flotó en el aire. Los años de crueldad calculada de Esteban hacia Yeray cobraban un nuevo significado bajo esta luz. No era falta de capacidad lo que había detenido su mano; era un propósito más profundo.
-¿Vas sola o te acompaña Dan Ward? -preguntó Esteban, cambiando deliberadamente el
tema.
-Dan está conmigo.
El tono de Vanesa se oscureció notablemente al mencionar a Dan, un cambio que no pasó desapercibido para su hermano.
-¿Sucede algo?
Era inusual que algo perturbara a Vanesa de esta manera. Su hermana siempre había sido una fuerza de la naturaleza, respondiendo a los problemas con una energía arrolladora. Verla así, con un ánimo tan sombrío, era desconcertante.
-No es nada -respondió ella-. ¿Sigues en el crucero? Podría ir a verte.
-Ya no estoy ahí.
-Ah, bueno, ya hablaremos cuando regrese a París.
La llamada terminó con esa nota de resignación. Vanesa conocía bien la agenda implacable de su hermano; sus visitas al extranjero eran siempre breves y calculadas, como el paso de una
sombra.
10:303