Capítulo 381
En la penumbra del mueble bar, Mathieu contemplaba el profundo color rubí de su copa de vino tinto recién servida. La luz tenue se reflejaba en el cristal mientras acercaba la bebida a sus labios. En ese preciso instante, la puerta del salón se abrió de golpe, revelando la imponente figura de Esteban.
-¡Pff! ¡Cof, cof, cof! -El vino se derramó sobre la inmaculada camisa de Mathieu, quien luchaba por recuperar el aliento entre toses.
-¿Se puede saber qué demonios te pasa? -espetó Esteban, su rostro contraído en una mueca de disgusto.
-Es que… es que saliste así de repente -balbuceó Mathieu, dándose palmadas en el pecho.
Esteban permaneció en silencio, su mirada lo decía todo.
Lorenzo, quien hasta ese momento tecleaba discretamente en su computadora portátil, captó la tensión en el ambiente. Sin mediar palabra, recogió sus pertenencias y se escabulló hacia otro salón. La experiencia le había enseñado que cuando Mathieu abría la boca, la prudencia
dictaba mantener distancia.
“Con este tipo, más vale poner tierra de por medio. Sus indiscreciones siempre terminan en derramamiento de sangre“, reflexionó Lorenzo mientras se alejaba.
Mathieu observó la súbita partida de Lorenzo y la conclusión lo golpeó como un mazo.
-Yo… este… no quería… -tartamudeó, consciente de su metedura de pata.
-Todavía queda medicina -interrumpió Esteban, acercándose con pasos medidos.
-¿Perdón? -Mathieu parpadeó, confundido.
-La lesión resultó más grave de lo previsto.
“Era tan delicada y vulnerable“, pensó Esteban, recordando sus quejidos durante la revisión médica. No había calculado el alcance del daño.
-¡Ah! -exclamó Mathieu, comprendiendo al fin la naturaleza de la situación. Sus pensamientos previos habían malinterpretado completamente lo ocurrido en el salón.
Abrió la boca para comentar algo más, pero la mirada penetrante de Esteban lo silenció al instante. Sin decir palabra, se dirigió al botiquín y extrajo dos medicamentos adicionales.
-Úsalos junto con los anteriores -indicó, tendiéndoselos a Esteban.
Mientras su jefe se disponía a marcharse, Mathieu no pudo contener su preocupación:
-Oye, entiendo tu inquietud, ese temor a perder la oportunidad…
La mirada fulminante que recibió lo hizo tragarse el resto de la frase.
-Lo que quiero decir es que las chicas son delicadas. Deberías esperar a que sane por
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completo -murmuró, eligiendo sus palabras con cuidado.
Esteban le dedicó una última mirada glacial antes de dar media vuelta y marcharse sin más.
Solo en el bar, Mathieu vació su copa de un trago.
“¿Y Yeray todavía piensa que tiene oportunidad?“, meditó con amargura. “¿No ve cómo Esteban protege su tesoro?”
El recuerdo de Yeray llevándose a Isabel hizo que un escalofrío recorriera su espalda. La furial que había percibido en Esteban en ese momento… Si no hubiera intervenido con amenazas bien calculadas para arrebatarle a Isabel, el pobre Oliver no habría vivido para contarlo.
En la privacidad del salón, Esteban intentaba razonar con Isabel, quien se resistía obstinadamente bajo las mantas.
-No, por favor, no quiero -suplicaba ella, moviéndose inquieta.
-Solo es para aplicar la medicina. ¿Por qué tanto drama? -susurró él con suavidad, intentando tranquilizarla.
-Puedo hacerlo yo sola -insistió Isabel.
-Escucha…
-¡No, no quiero! -El grito desesperado de Isabel atravesó las paredes del salón.
En el bar, Mathieu casi dejó caer su copa al escuchar semejante alarido.
Las horas transcurrieron mientras el avión surcaba el cielo nocturno. Isabel, vencida por el agotamiento, dormía profundamente en su asiento. Esta vez, Esteban la dejó descansar, aunque aprovechó su sueño para aplicar otra dosis de medicina. En su estado de extremo cansancio, Isabel apenas registró la sensación, incapaz de abrir los ojos para protestar.
-Señor, ya puede despertar a la señorita -anunció Lorenzo desde el umbral.
El avión había aterrizado hacía una hora, y el silencio que emanaba del salón confirmaba que Isabel seguía sumida en un profundo sueño. Sin embargo, el tiempo apremiaba; tenían una cita importante que atender.
Esteban consultó su reloj de pulsera y, con un suave murmullo de asentimiento, se incorporó para dirigirse al salón.
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