Capítulo 405
La luna derramaba su luz plateada sobre la Bahía del Oro, donde las olas susurraban secretos al ritmo de la noche. En el aire flotaba esa peculiar mezcla de sal marina y jazmines que caracterizaba las noches de verano en la costa.
El reloj marcaba exactamente dos horas desde la partida de Esteban, y tal como había prometido, el sonido de sus pasos resonó en el umbral. Isabel, quien había estado luchando. contra el peso de sus párpados, permanecía sentada en el sofá de terciopelo azul, su mente dando vueltas alrededor de la situación de Paulina como una mariposa nocturna alrededor de una llama.
El susurro de la tela del abrigo de Esteban al deslizarse de sus hombros rompió el silencio.
-¿Por qué sigues despierta? -preguntó, su voz teñida de curiosidad.
-Te estaba esperando -murmuró Isabel, su voz suave como una caricia.
Esteban arqueó una ceja, estudiando el rostro de Isabel con atención. Conocía demasiado bien
a esa mujer que adoraba dormir como para no notar que algo la perturbaba.
-¿Qué sucede?
Isabel jugueteó nerviosamente con el dobladillo de su blusa.
-Es sobre Pauli–respondió, alzando la mirada-. Hermano, ella le tiene mucho miedo a Carlos. ¿No podrías mandar a alguien a buscarla?
-¿Te lo dijo ella? ¿Que tiene miedo?
-Sí, claro que me lo dijo.
“Paulina siempre ha estado ahí para mí“, pensó Isabel. “Cuando todo se derrumbó con los Galindo, ella fue la primera en dar la cara. No puedo abandonarla ahora“.
-Voy a llamar a Carlos -declaró Esteban, sacando su teléfono con un movimiento fluido.
La llamada se conectó casi de inmediato.
-Dime -la voz profunda de Carlos resonó a través del altavoz.
-¿Cómo está Paulina?
-Está bien.
-¿Te tiene miedo?
Un silencio pesado se instaló en la línea.
“Por Dios“, pensó Isabel, mordiéndose el labio. “¿Por qué tiene que ser tan directo?”
-¿Qué no le da miedo? -respondió finalmente Carlos, su voz cargada de ironía.
-Si no quiere estar contigo -sugirió Esteban-, llévala al chalet de Isa en Colina de la Mirada.
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-Imposible llevarla a Colina de la Mirada en este momento.
-¿Por qué no?
-La quieren muerta -la voz de Carlos adquirió un tono grave-. A menos que planees enviarla con los Allende, no hay otro lugar seguro.
Isabel contuvo la respiración. La idea de enviar a Paulina con la poderosa familia Allende la tomó por sorpresa, pero si eso garantizaba su seguridad…
-Eso también estaría bien–intervino Isabel, mirando a Esteban con ojos suplicantes.
-Entonces llévala ahí -concedió Esteban.
-Tampoco es posible.
-¿Y ahora por qué no? -la irritación comenzaba a filtrarse en la voz de Esteban.
-Primero hay que descubrir quién está detrás de todo esto. Tengo la sospecha de que hay alguien más moviendo los hilos, tal vez apuntando a…
El silencio que siguió pesaba más que las palabras no dichas.
-Pauli jamás haría algo así -saltó Isabel, su voz temblando de indignación.
-Tal vez ella no, pero quienes la persiguen sí.
-¿Entonces qué piensas hacer? -preguntó Esteban.
-Por ahora se quedará conmigo mientras investigo.
Isabel permaneció en silencio, su mente reproduciendo una y otra vez el miedo en la voz de Paulina. Sus ojos buscaron los de Esteban, suplicantes, pero esta vez él se mantuvo firme.
-Bien, te lo encargo entonces -sentenció Esteban.
“¡Esto es terrible!“, pensó Isabel. “Mi amistad con mi mejor amiga está en la cuerda floja“.
Después de colgar, Esteban observó el rostro turbado de Isabel.
-Pauli nunca haría algo así -insistió ella, su voz apenas un susurro.
-Quizás no, pero no podemos estar seguros de las intenciones de quienes la persiguen.
-Pero también le tiene miedo a Carlos.
El recuerdo de la voz temblorosa de Paulina oprimía el corazón de Isabel como un puño invisible.
Esteban se acercó y le acarició el cabello con ternura.
-Tranquila, Carlos no se la va a comer.
“No”, pensó Isabel, sus ojos abriéndose con preocupación. “No se la comerá, pero el terror que le tiene podría matarla de todas formas“.
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Capitulo 405
-Tal vez mañana te llame Paulina, ¿no crees?
-Está bien–cedió Isabel, consciente de que la noche había avanzado demasiado para seguir
insistiendo.
La oscuridad envolvía la habitación como un manto de seda negra. Isabel se aferraba a Esteban con la desesperación de quien teme que el viento se lleve lo que más ama. Sus brazos lo rodeaban con fuerza, como si quisiera fundirse con él.
“Es que yo también tengo miedo“, pensó, hundiendo el rostro en su pecho, permitiendo que el familiar aroma de su colonia la tranquilizara.
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