Capítulo 411
Isabel forcejeaba suavemente contra el pecho de Esteban. El aroma a cuero fino del interior del vehículo se mezclaba con la fragancia almizclada de Esteban, creando una atmósfera
embriagadora que amenazaba con nublar sus sentidos.
-Ya, por favor, suéltame -suplicó Isabel, su voz apenas un susurro entrecortado-. Estamos en
el carro.
La resistencia de Isabel solo parecía intensificar el deseo de Esteban Allende, quien había pasado la noche anterior conteniéndose. Sus dedos se tensaron levemente sobre la delicada
cintura de Isabel.
“No puedo creer que sea tan necio“, pensó Isabel, mientras sentía cómo el respaldo del asiento comenzaba a reclinarse con un suave zumbido mecánico. Lorenzo Ramos, como siempre, demostraba su impecable sincronización.
Sus pequeñas manos se apoyaban contra el torso de Esteban, en un débil intento por mantener la distancia.
-No sigas, por favor. No quiero.
-No te haré daño -murmuró él, su voz ronca traicionando el esfuerzo por mantener el control.
-No es eso–protestó ella-. Simplemente no quiero.
A pesar de confiar en la gentileza de sus caricias, Isabel se resistía. La intimidad del momento se veía amplificada por el espacio reducido del vehículo, y los métodos de seducción de Esteban le parecían cada vez más atrevidos.
Acurrucada sobre su regazo, sus movimientos inquietos solo conseguían que la respiración de él se volviera más pesada y errática. Su mano firme la sujetaba por la cinturà mientras su voz se tornaba suave y persuasiva.
-Isa, pórtate bien, ¿sí?
El tono de su voz despertó en ella una mezcla de nerviosismo y anticipación. Sus forcejeos se intensificaron.
-No, ya te dije que no quiero… ¡Ya basta!
La frustración y la vergüenza se mezclaron en su interior hasta que las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, rodando por sus mejillas sonrosadas. Esteban, sorprendido por su reacción, tomó su rostro entre sus manos y la besó con delicadeza. El aroma familiar de su colonia la envolvió como una caricia, trayendo consigo una calma inevitable.
La luz matinal de París se derramaba sobre las sábanas de seda que Paulina aferraba contra su pecho desnudo. El tejido susurraba con cada uno de sus movimientos nerviosos mientras intentaba cubrirse hasta el cuello, temerosa de exponer siquiera un centímetro de piel.
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Frente a ella, Carlos se recostaba en un sillón de terciopelo, con un cigarro entre los dedos. Sus ojos la estudiaban con una intensidad depredadora que hacía que el aire se volviera denso pesado.
y
-No… no me mires así -susurró Paulina, su voz quebrándose en los bordes-. Me das miedo. La palabra “miedo” escapó de sus labios como una confesión involuntaria. Aquella mujer que se pavoneaba con tanta seguridad en Puerto San Rafael ahora parecía tan vulnerable como un pajarillo caído del nido.
La mirada de Carlos era como la de un lobo en la penumbra del bosque; sus ojos verdes brillaban con una amenaza velada que prometía destrucción con solo un parpadeo.
-¿Yo qué no puedo? -preguntó él, su voz suave como terciopelo pero afilada como una promesa peligrosa.
Paulina quedó paralizada, mientras lágrimas silenciosas rodaban por su interior.
-Yo… -apenas había comenzado cuando él la interrumpió.
-Piénsalo muy
bien antes de hablar -advirtió Carlos-. Si no…
El silencio que siguió pesaba más que cualquier amenaza explícita.
“¿Es esto un castigo divino?“, se preguntó Paulina. “¿Todo por ser una simple chismosa?”
-Lo siento -musitó, agachando la cabeza. En situaciones así, la humildad era la mejor estrategia.
-¿Ah? -Carlos arqueó una ceja, el gesto cargado de ironía.
-No fue mi intención -su voz se hacía cada vez más pequeña, consciente de su vulnerabilidad
y de las posibles consecuencias de sus acciones-. Te juro que después de hoy nunca más volveré a hablar de ti.
Carlos apagó el cigarro en el cenicero de cristal tallado.
-¿Entonces qué es lo que no puedo?
El corazón de Paulina dio un vuelco al encontrarse con aquella mirada penetrante. Bajo los ojos nstantáneamente.
-Soy yo… yo soy la que no puede.
-¿Ah? -la curiosidad teñía su voz.
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-No hablaba de ti -aclaró rápidamente-. Me refería a mí misma.
.a tensión en el ambiente era casi palpable mientras Carlos la observaba.
-¿En serio? ¿Y qué es lo que no puedes?
Paulina comprendió que necesitaría más que una simple disculpa para salir de esta situación.
“¿Por qué tuve que ser tan idiota?“, se lamentó internamente. “¿En qué estaba pensando
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cuando me puse a hablar de más?”
Reuniendo todo su valor, confesó:
-No sirvo para nada, no sé hacer nada… excepto comer como si no hubiera un mañana.
Una sonrisa divertida se dibujó en los labios de Carlos.
-¿Así que eres muy tragona?
-¡¡¡!!! -Paulina sintió que su rostro ardía de vergüenza.
“Qué manera de hablar tiene este hombre“, pensó, pero se limitó a asentir mansamente. Nuncal antes un chisme le había costado tanto.
El aroma de platillos exquisitos inundaba la habitación mientras Paulina contemplaba la mesa repleta de manjares que jamás había visto en su vida. Su mirada alternaba entre la comida y Carlos, quien se había reclinado en su silla con una elegancia felina.
Sin el saco, el tatuaje en su cuello resaltaba como una advertencia silenciosa de su naturaleza salvaje. Un recordatorio constante del peligro que representaba, haciendo que el corazón de Paulina latiera con aprensión.
-¿Puedes terminar todo eso? -preguntó él, con un brillo malicioso en la mirada.
-¿Qué dices??? -Paulina observó la abundancia de platillos con incredulidad.
“¿Está bromeando?“, se preguntó. “¿De verdad espera que me coma todo esto solo porque me llamó tragona?”
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