Capítulo 413
En la mansión Galindo, el ambiente era denso, cargado de tensión y desesperanza, como si la casa misma contuviera el aliento ante la tragedia que se desarrollaba entre sus muros.
Maite extendió el cuenco de medicina hacia Valerio, observando cómo el líquido oscuro se
mecía suavemente con el movimiento.
-En este momento, soy tu única opción para salir adelante -declaró con una sonrisa torcida-. Tu madre, bueno…
Su voz se desvaneció en un tono cargado de ironía mientras estudiaba la reacción de Valerio. El joven heredero de los Galindo contemplaba el brebaje con una mezcla de resignación y desconfianza, las arrugas de su frente delatando la tormenta de pensamientos que lo
atormentaba.
-¿De verdad fue ella la responsable del accidente? -murmuró, su voz apenas un susurro.
La pregunta quedó suspendida en el aire, pesada como plomo. Ambos sabían que se refería a
Iris.
Una risa amarga brotó de los labios de Maite.
-Por favor, hasta Sebastián Bernard se ha mantenido alejado de ella. ¿Todavía no lo comprendes?
La respiración de Valerio se volvió irregular mientras su mente evocaba la última visita de Sebastián. La imagen era vívida: su figura imponente cruzando el umbral, emanando un aura de poder que jamás había percibido en Iris. Esa había sido la primera señal de que algo andaba terriblemente mal.
El silencio de Sebastián durante los últimos tres días era ensordecedor. Él, que antes no podía pasar un día sin ver a Iris…
-Valerio, están completamente ciegos -espetó Maite, interrumpiendo sus cavilaciones-. ¡Tómate eso de una vez! ¡Mi hijo depende de ti!
-¿Me ves como un simple medio para un fin?
-¿Y qué esperabas? -replicó ella, arqueando una ceja-. ¿Que me interesara en ti por tu atractivo, estando tan ciego ante la realidad? Si no es por el dinero, ¿qué más podría ser? ¿Amor, acaso?
La respiración de Valerio se aceleró mientras sus ojos lanzaban dagas hacia Maite.
Ella se dedicó a examinar el esmalte recién aplicado en sus uñas con estudiada indiferencia.
-Esta familia Galindo… parece que les echaron una maldición.
-Cierra la boca.
-¿Que me calle? -respondió con desprecio-. Todos quieren silenciarme, pero ¿cuándo han
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dicho ustedes algo que valga la pena? Han conseguido que todo Puerto San Rafael les dé la espalda.
El desprecio en su voz era palpable. Después de todo, hasta Isabel, su propia sangre, había sufrido por culpa de ellos, y aún así seguían con su soberbia.
En la otra habitación, Iris observaba con alarma el rostro hinchado y enrojecido de Carmen.
-Mamá, ¿qué te sucedió?
El cuerpo entero de Carmen temblaba, sacudido por emociones contenidas.
-Iris…
-¿Qué dijo Isa? ¿Accedió a prestarnos el dinero?
La ansiedad en la voz de Iris cortó las palabras de Carmen. La desesperación la consumía; no tenían más alternativas. El costo exorbitante de la medicina, sumado a la casi bancarrota del Grupo Galindo, los había dejado sin opciones. Solo Isabel, la adorada princesa de los Blanchet, podría disponer de semejante cantidad.
La envidia por la fortuna de Isabel se mezclaba en el corazón de Iris con una esperanza desesperada por su ayuda.
Carmen mantuvo la mirada baja, su rostro ensombrecido.
-¿Cómo podría prestarnos dinero?
El resultado era predecible desde el principio. Durante las últimas semanas, había intentado contactar a todas sus antiguas amistades, aquellas señoras con las que solía compartir tardes de té y chismes. Ahora, al sonar su número en sus teléfonos, la línea se cortaba sin
ceremonia.
“Mi propia hija“, pensaba con amargura. “¿Con qué derecho me impiden verla?”
La frustración de Iris era palpable al comprender que Carmen había fracasado. Una anciana inútil que ni siquiera podía conseguir un préstamo de su propia hija.
Su rostro se transformó en una máscara de desesperación.
-¿Y ahora qué voy a hacer? -su voz tembló-. ¿Me voy a morir? Andrea Marín fue muy clara: según mi condición actual, necesito comenzar el tratamiento esta semana.
Una semana. El plazo óptimo pendía sobre sus cabezas como una guillotina.
-Pero no podemos recurrir a ella, tú lo sabes… -Carmen se interrumpió, incapaz de continuar.
El arrepentimiento la consumía. Si tan solo hubieran tratado a Isabel de otra manera, si no hubieran sido tan crueles… Ahora veía la locura que había sido intentar pedirle dinero.
Sus ojos se clavaron en Iris con intensidad renovada.
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Capitulo 413
-Dime la verdad. ¿Alguna vez acusaste injustamente a Isabel? Y sobre aquel accidente….
La imagen de Sebastián alejándose con expresión sombría regresó a su mente con brutal claridad.
Un destello de culpa atravesó la mirada de Iris.
-No fui yo -murmuró-. Yo no lo hice.
-Entonces, ¿por qué Sebastián se marchó así? ¿Por qué no ha venido a verte en todos estos días?
La mención de Sebastián despertó en Carmen la urgencia de contactarlo, aunque el recuerdo de la actitud de Daniela Sánchez le revolvía el estómago. Pero la vida de Iris estaba en juego.
Con determinación, sacó su teléfono y marcó el número de Sebastián.
-Mamá, ¿para qué lo llamas? -la voz de Iris tembló.
-¿Quién más podría ayudarte con esa cantidad de dinero en este momento?
El corazón de Iris dio un vuelco. ¿Sebastián estaría dispuesto a ayudarla? Los últimos días había intentado contactarlo sin éxito. Sus llamadas quedaban sin respuesta a pesar de su deteriorada salud. ¿Acaso ya no significaba nada para él?
El tono de llamada resonó una y otra vez en el silencio de la habitación hasta que, cuando la esperanza comenzaba a desvanecerse, la voz de Sebastián surgió del auricular.
-¿Diga?
Su tono profundo y distante carecía del calor y respeto que antes lo caracterizaban.
-Sebastián, Iris está muy delicada -Carmen intentó ignorar el recuerdo de su última partida-. ¿Por qué no has venido a verla?
Sin darle tiempo a responder, continuó:
-Encontramos un medicamento que podría ayudarla.
-¿En serio? Qué buena noticia para ustedes.
Carmen se quedó paralizada. ¿Para “ustedes“? ¿Acaso él ya no se consideraba parte de la situación?
-Necesitamos el dinero ahora -su voz se quebró-. El medicamento es muy costoso.
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