Capítulo 414
Las palabras de Sebastián cayeron como una sentencia inapelable en el silencio de la habitación.
-En el futuro, no me busquen más por asuntos relacionados con ella.
-¿Qué?-la voz de Carmen se quebró en un susurro incrédulo.
El tono monótono de la línea muerta resonó como un eco burlón en sus oídos mientras el celular temblaba en su mano. Sus pupilas se dilataron al posarse sobre Iris, quien se había quedado inmóvil como una estatua. El rostro de su hija se tornó tan pálido que parecía translúcido, mientras su respiración se volvía cada vez más irregular, como si el aire se negara a entrar en sus pulmones.
-¿Qué pasó realmente entre tú y Sebas? -la voz de Carmen surgió ronca, áspera como papel de lija.
El silencio de Iris fue su única respuesta.
-¿Qué fue lo que ocurrió aquel día? -la pregunta explotó desde lo más profundo de su ser, cargada con toda la angustia acumulada durante semanas.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por el rostro de Iris, dibujando surcos brillantes en sus mejillas.
-Mamá, yo, yo… -sus palabras se ahogaron en un sollozo contenido.
-Tú, tú… ¿Qué quieres que piense? ¡Dime la verdad! ¿Qué sucedió?
La desesperación se apoderó por completo de Carmen. El mundo parecía desmoronarse a su alrededor como un castillo de naipes. La familia Galindo ya había soportado golpe tras golpe, y ahora hasta Sebastián, su último bastión de esperanza, les daba la espalda.
“¿Por qué Sebastián actuaría así con Iris? ¿Será posible que el accidente de Isa…?”
Los pensamientos de Carmen giraban como hojas en una tormenta. Las sospechas que había estado reprimiendo durante semanas ahora tomaban forma, alimentadas por la gélida actitud de Sebastián.
Sus labios se tensaron mientras observaba a su hija con una mirada penetrante. Iris, incapaz de sostener el peso de esos ojos acusadores, negó con la cabeza entre sollozos.
-Mamá, yo, yo…
El pecho de Carmen subía y bajaba con respiraciones agitadas.
-¿Fue realmente tu culpa lo del accidente de Isa?
-No, no fui yo, de verdad no fui yo -suplicó Iris entre lágrimas-. Créeme, no soy tan mala.
-Entonces dime, ¿por qué Sebastián se alejó de ti?
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Capítulo 414
La voz de Carmen vibraba con una mezcla de rabia y dolor. En el momento más crítico, cuando el dinero era vital, todas las puertas se cerraban ante ellas. Incluso Sebastián, quien siempre había estado ahí para Iris, ahora la abandonaba sin mirar atrás.
Una figura apareció en el umbral de la puerta. Maite se recargó contra el marco, cruzando los brazos mientras observaba la escena con un deleite apenas disimulado.
-¿Todavía no lo entienden? -su voz destilaba malicia-. Seguramente escuchó cómo planeaba lastimar a su ex prometida, ¿no es así? Esa cara de ángel caído… solo ustedes, los Galindo, podrían ser tan ciegos.
Una sonrisa cruel se dibujó en sus labios antes de continuar:
-Después de todo, Isa fue la ex prometida de Sebastián, y ningún hombre querría casarse con una mujer capaz de tanta maldad, ¿o me equivoco?
-¡Tú…! -la exclamación brotó de los labios de Iris como un siseo furioso.
“Esta arpía… ¿no es suficiente con todos los problemas que ya tengo?”
-Mamá–la mirada suplicante de Iris buscó el rostro de Carmen.
Los ojos de Carmen brillaron con una dureza desconocida mientras escrutaban el rostro de su hija.
-¿Es cierto lo que dice?
El rostro de Iris perdió el último vestigio de color.
-Mamá…
-¡Dime si es cierto! -el grito de Carmen resonó en las paredes mientras su cuerpo temblaba
de furia.
Una parte de ella se resistía a creer las palabras de Maite, pero la imagen de Sebastián alejándose con aquella expresión sombría, el tono cortante de su voz en la llamada… Todo apuntaba a una verdad que se negaba a aceptar.
El rostro de Carmen se tornó mortalmente pálido mientras su respiración se volvía cada vez más irregular.
Las lágrimas de Iris continuaban cayendo sin control.
-No fui yo, yo no lo hice.
-Entonces explícame, ¿por qué Sebastián ya no quiere saber nada de ti?
La pregunta de Carmen resonó como un latigazo. Sebastián siempre había protegido a Iris con devoción inquebrantable, incluso durante su compromiso con Isabel. Solo algo verdaderamente imperdonable podría provocar un cambio tan radical.
La mirada que Carmen dirigió a su hija ya no contenía la compasión maternal de siempre, sino una dureza que jamás había mostrado.
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Capitulo 414
La brisa invernal de Puerto San Rafael recibió a Isabel y Esteban cuando descendieron del automóvil frente a Bahía del Oro. Con un gesto protector, él ajustó el abrigo sobre los hombros de Isabel.
-Solo son unos pasos -protestó ella suavemente.
-El médico fue muy claro: nada de exponerte al frío por ahora.
-Ya lo sé–respondió con una sonrisa resignada.
El viento gélido la envolvió como un abrazo no deseado, provocando que instintivamente buscara refugio en el calor de Esteban. Un destello de ternura iluminó los ojos del hombre mientras la rodeaba con su brazo, guiándola hacia la entrada de la residencia.
-Hermano, se me antojaron unos tamales con piloncillo -comentó Isabel mientras
caminaban.
-¿Qué es eso? -preguntó él, intrigado.
-Es un antojito típico de aquí de Puerto San Rafael. Los hacen con piloncillo y masa de maíz.
-¿Son dulces?
Isabel asintió con entusiasmo.
-¿Quieres eso para el almuerzo? -inquirió Esteban, recordando que ella rara vez era exigente con la comida, aunque últimamente no paraba de pedir barbacoa.
-Sí, de repente me dieron muchas ganas.
-Está bien, pediré que los preparen -respondió él con una sonrisa.
Al pasar junto a la cocina, un aroma intenso los envolvió. Isabel se cubrió la boca con la mano, sintiendo una súbita oleada de náusea.
-¿Qué pasa? ¿Te sientes mal? -preguntó Esteban, alarmado.
-¿Qué están cocinando hoy? El olor es demasiado fuerte.
El mayordomo se apresuró a responder:
-Hemos preparado pescado al vapor con flores de cempasúchil, que sabemos que le gusta a la señorita.
-¿En serio? El olor parece diferente al de otras veces -murmuró Isabel. Demasiado penetrante, casi insoportable.
El mayordomo parpadeó, desconcertado.
-Es la misma receta de siempre. El pescado llegó fresco esta mañana.
Esteban frunció el ceño.
ܙܟ
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Captub 414
-Cancelen el pescado del almuerzo.
-i¿Qué?! -el mayordomo quedó boquiabierto.
“Si algo provoca el más mínimo disgusto en la señorita, el señor lo elimina sin dudar“, pensó el mayordomo, sacudiendo la cabeza con resignación.