Capítulo 416
La tensión flotaba en el aire como un perfume amargo. Isabel dejó caer el teléfono sobre el sofá al ver entrar a Esteban, mientras las llamadas a Paulina se perdían en el vacío del
silencio.
-¿Te sientes mal? -preguntó Esteban, su mirada escrutando cada detalle del rostro pálido de Isabel.
-Me duele un poco el estómago y creo que pesqué un resfriado -respondió ella, su voz apagada como una vela en el viento.
Con un movimiento fluido y protector, Esteban la levantó del sofá para sentarla sobre sus piernas. Su palma, cálida como un rayo de sol matutino, se posó sobre la frente de Isabel con delicadeza.
-No tienes calentura -murmuró con voz tranquilizadora.
-Se me antoja algo dulce -confesó Isabel, sorprendida por ese deseo repentino que burbujeaba en su interior.
-Ya están preparando algo en la cocina -respondió Esteban con serenidad.
Isabel buscó refugio en el abrazo de Esteban, acurrucándose contra su pecho como una niña pequeña.
Con suavidad, Esteban le pellizcó la mejilla.
-¿Quieres que llame a Mathieu para que te revise?
-No es necesario, con unos dulces seguro me compongo -respondió Isabel, arrugando levemente la nariz al escuchar el nombre de Mathieu.
Como invocado por la mención de su nombre, Mathieu apareció en el umbral, encontrándose con la escena íntima frente a él.
-¡Miren nada más! ¿Ahora se dedican a torturar a los solteros? -comentó con fingida ligereza. -¿Todo quedó resuelto en París? -inquirió Esteban con tono cortante.
Isabel intentó incorporarse, incómoda por la presencia de Mathieu, pero Esteban la mantuvo firmemente a su lado mientras miraba al recién llegado con severidad.
-Solo me preocupo por ustedes contestó Mathieu con aire despreocupado.
-Qué novedad que algo te importe -replicó Esteban con mordacidad.
-Ya entendí, mejor me callo -cedió Mathieu, levantando las manos en señal de rendición.
Durante el almuerzo, Isabel contemplaba sin ánimo el plato de tamales de piña que en otras ocasiones habría devorado con gusto. Apenas probó un bocado antes de apartarlo.
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Capitulo 416
-¿Desde cuándo te gustan estas cosas? -preguntó Mathieu, arqueando una ceja. El sabor intenso contrastaba con su preferencia habitual por la barbacoa.
-¿Acaso no puedo tener antojos diferentes? -respondió Isabel con irritación.
Mathieu guardó silencio, mordido por la respuesta.
Bajo el sol radiante de las Islas Gili, Yeray Méndez examinaba unos documentos recién llegados. Una sonrisa enigmática se dibujó en sus labios.
-Vaya, vaya… -murmuró con satisfacción.
Oliver Méndez, recostado en una cama cercana, se estremeció al notar aquella expresión en el rostro de Yeray.
-¿Qué descubriste? -preguntó, temiendo que los sentimientos de Yeray por Isabel lo hubieran llevado a alguna locura.
-Marcelo Bernard tiene un hijo anunció Yeray con un brillo malicioso en la mirada.
-¿Qué dices? -Oliver se incorporó de golpe. La familia Bernard siempre había presumido a
Sebastián como su único heredero.
-El clásico caso de hermanos de diferente madre -explicó Yeray, saboreando la sorpresa de
Oliver.
-¡Imposible! -exclamó Oliver-. Marcelo siempre tuvo fama de ser intachable en Puerto San Rafael.
Yeray extendió un expediente hacia Kalle.
-Lleva esto, junto con la persona en cuestión, a la residencia Bernard. Y menciona…
Una pausa calculada precedió sus siguientes palabras, mientras una sonrisa astuta se dibujaba en su rostro
-Dile al señor Bernard que no necesita agradecerme.
-¿Que no necesita agradecerte? ¿Hablas en serio? -Oliver lo miraba boquiabierto.
“Estás lanzando una granada directo a la mansión Bernard,” comentó Oliver perplejo. “Van a querer profanar las tumbas de tus ancestros cuando se enteren.”
Yeray soltó una risita suave.
– No es una granada, es un favor. Le estoy ayudando a encontrar a su hijo, debería estar agradecido.
Oliver sacudió la cabeza con incredulidad.
-¿Agradecido? ¡Por favor! Tengo entendido que el señor Bernard y la señora Daniela siempre han mantenido un matrimonio ejemplar.
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De pronto, la comprensión iluminó su rostro.
–
Lo que buscas es que Isabel te lo agradezca, ¿no es así?
Los Bernard eran solo daño colateral. El verdadero objetivo era complacer a Isabel, ajustando
cuentas con Sebastián en el proceso.
Yeray amplió su sonrisa.
-Esa mujer definitivamente debería agradecérmelo.
-¿Agradecerte? ¡Me quedo corto! -exclamó Oliver.
“¿Necesita agradecerte cuando Esteban ya está haciendo trizas a las familias Bernard y Galindo?” añadió, refiriéndose al caos desatado. Los Galindo estaban en ruinas, y Marcelo Bernard, quien soñaba con su retiro, se había visto obligado a volver al ruedo.
Yeray le lanzó una mirada penetrante.
-Cuando te recuperes, te voy a hacer nadar veinte kilómetros mar adentro.
-¿De qué rayos hablas? -preguntó Oliver desconcertado.
-Para que despiertes y te laves esa boca -respondió Yeray con tôno mordaz.
Oliver quedó paralizado.
“¿Por qué necesito despertar y lavarme la boca?”
Sin duda, aquel hombre que sufría un amor no correspondido era alguien con quien no convenía jugar.