Capítulo 418
Carmen mantenía la mirada fija en Maite mientras un torbellino de emociones agitaba su interior. Aunque no había mencionado el motivo de su búsqueda desesperada por contactar a Isabel, la verdad flotaba entre ellas como un secreto a voces: seguía protegiendo a Iris, como siempre.
La frustración se cristalizó en sus palabras cuando Carmen cerró los ojos por un momento, intentando contener la marea de sentimientos que amenazaba con desbordarla. Al abrirlos, se acercó a Maite con pasos firmes y decididos.
-Quiero que me devuelvas el dinero de Valerio -su voz resonó con una autoridad que sorprendió incluso a ella misma.
Maite arqueó una ceja mientras masticaba las semillas de calabaza. Con un gesto de desprecio apenas disimulado, escupió las cáscaras y clavó su mirada en Carmen.
-¿Perdón? ¿Qué dijiste?
-Lo que escuchaste. Quiero que me transfieras todo el dinero que Valerio te dio, hasta el último centavo -la voz de Carmen vibraba con una mezcla de rabia y determinación.
-Ese dinero pertenece a nuestra familia. No tienes ningún derecho sobre él.
La imagen de aquella mujer apoderándose de todo lo que su hijo poseía encendió una chispa de furia en Carmen. Sus palabras brotaron como dardos envenenados.
Maite dejó caer las cáscaras de semillas al suelo con un gesto teatral que destilaba desprecio.
-¿Que yo no tengo derecho? -soltó una risa seca- ¿Y tú sí? ¿O acaso Iris tiene algún derecho sobre ese dinero?
-No eres tú quien decide eso. Dame el dinero -la voz de Carmen se quebró ligeramente al final, traicionando su aparente firmeza.
“Siempre es lo mismo“, pensó Maite con amargura. “Tres palabras y ya están mendigando dinero otra vez“.
La tensión se materializaba en el rostro de Carmen, donde la indignación y el disgusto se entremezclaban en una mueca dolorosa.
-Esto es ridículo -Maite dejó escapar una risa sarcástica que resonó en las paredes.
“¿Para qué perder más tiempo aquí?“, se preguntó en silencio. “Esta familia Galindo nunca podrá ver más allá de sus narices“.
-Una vez que el dinero entra en mi bolsa, no hay poder humano que lo saque. Y en cuanto a esta familia…
Al mencionar a los Galindo, Maite tomó aire, como si el solo nombre le pesara en los pulmones.
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-Di lo que quieras. Si crees que tienes la última palabra, no será sobre mi cabeza.
“¿Quién en su sano juicio le daría la razón a Carmen?“, reflexionó Maite. “Con esa actitud, cualquiera que la apoye terminará hundido con ella“.
Sin más palabras, Maite se dirigió a la cocina. Con movimientos mecánicos, preparó la medicina en un tazón y subió las escaleras.
Carmen la observó dirigirse hacia el cuarto de Valerio y un grito desesperado brotó de su garganta.
-¡Te dije que no le des esa medicina! ¿Qué parte no entiendes?
Sus palabras resonaron en la casa como el eco de un lamento, pero Maite continuó su camino sin inmutarse, ignorando por completo los gritos que la perseguían escaleras arriba.
En la habitación, Valerio dormitaba inquieto. Los últimos días se habían convertido en un ciclo interminable de reposo forzado, sin atención médica profesional, sin posibilidad de acudir al hospital.
El sonido del tazón golpeando la mesita de noche lo arrancó de su duermevela. Sus ojos se abrieron con disgusto al encontrarse con la figura de Maite.
-¿Ahora qué quieres? -murmuró con voz ronca.
-Esta es la última medicina que te traigo —respondió ella con indiferencia calculada-. Si te la quieres tomar, adelante. Si no, me da igual.
-Si tu mano se cura o no con esto, ya será cosa del destino.
Maite giró sobre sus talones, dispuesta a marcharse, pero la voz de Valerio la detuvo.
-¿A dónde vas? -preguntó él, con un matiz de preocupación que no logró disimular.
-Me llevo a mi hijo y me largo de aquí, ¿a dónde más?
“En esta familia Galindo“, pensó ella con amargura, “lo único que vale la pena es el dinero. ¿Y la gente? ¿Qué se puede sacar de ellos?“. Valerio ni siquiera había considerado casarse con ella, y aunque lo hubiera hecho, unirse a un hombre así, con una suegra como Carmen, sería como vivir en el infierno. Ella quería vivir tranquila unos años más, no morir de coraje.
La lucidez regresó de golpe a los ojos de Valerio.
-¿De qué estás hablando? ¿Te vas a ir así nada más?
Maite lo miró por encima del hombro, sus labios curvados en una sonrisa llena de ironía.
-¿Qué esperabas? ¿Que me quedara aquí atorada contigo para siempre? Discúlpame, pero no soy de esas.
“¿Ver cómo todo se derrumba y quedarse a sufrir?“, se preguntó. “¿Para qué?“. Su corazón ya no aguantaba tanto estrés.
La palabra “atorada” encendió la ira en el rostro de Valerio, tiñendo sus mejillas de un rojo
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14.30
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intenso.
-¿Y el dinero que te transferí? -demandó, su voz temblando de rabia.
“¿Atorada?“, pensó con indignación. “¿Así describe ella a la familia Galindo?“. Después de todo lo que habían hecho por ella, de darle techo y comida, ¿se atrevía a quejarse de estar atorada? La ingratitud le revolvió el estómago.
-¿El dinero? -Maite soltó una risa seca-. Por supuesto que lo usaré para criar a mi hijo. ¿0 qué? ¿Pensabas que te lo iba a devolver?
-¡Tú…! -la exclamación de Valerio quedó suspendida en el aire.
Era prácticamente todo lo que les quedaba. Aunque no había pisado la empresa últimamente, mantenía contacto con sus empleados y conocía la amarga realidad: su padre había vaciado las últimas reservas de la compañía. La bancarrota era un hecho consumado. La familia Galindo había quedado en la ruina.
Y ahora Maite planeaba llevarse los últimos recursos que les quedaban, junto con su hijo.
“La familia Galindo no tiene nada“, la conclusión golpeó a Valerio como una bofetada. Ya no quedaba ni el recuerdo de su antigua gloria.