Capítulo 420
La memoria de Valerio viajó dos años atrás, a aquella tarde en el hospital. El recuerdo de Isabel, tendida en esa cama blanca, se manifestaba con una claridad perturbadora. La revelación de que Iris había sido la responsable de ese incidente había creado una fractura en su relación, una herida que supuraba con cada nuevo día.
Carmen observó el rostro turbado de su hijo, reconociendo en sus facciones el peso de una verdad demasiado tiempo ignorada.
-Valerio, yo… -sus palabras se desvanecieron en el aire denso de la habitación.
-Madre, Isabel es tu verdadera hija -la voz de Valerio resonó con amargura-. Durante años hemos favorecido a Iris, convencidos de que el regreso de Isa la había afectado, de que era ella quien la hostigaba.
El silencio de Carmen fue más elocuente que cualquier respuesta. Las palabras de su hijo se clavaban en su consciencia como agujas invisibles.
-Si la hostilidad de Isa hacia Iris durante todos estos años proviene de ese accidente, ¿qué nos
dice eso de ella?
“Durante dos años, Isabel había estado enfrentándose a Iris mientras nosotros la tachábamos de paranoica. ¿Y si su actitud había sido una respuesta natural ante quien intentó matarla?”
El cuerpo de Carmen se tensó visiblemente, como si cada músculo respondiera al peso de la culpa acumulada.
-Sebas también terminó alejándose de ella por esto, ¿no es así?
La imagen de Sebastián abandonando la casa aquella última vez atravesó la mente de Valerio. Su voz adquirió un matiz más profundo, cargado de una autoridad que hacía tiempo no ejercía.
-Yo, ella… -Carmen titubeó, sus ojos empañados buscando en vano las palabras correctas mientras contemplaba a su hijo.
La indignación recorría el cuerpo de Valerio como una corriente eléctrica, manifestándose en un temblor apenas contenido.
….
Esa noche, la ausencia de Esteban en la cena llevó a Isabel a buscar la compañía de Andrea. Al llegar, encontró a su amiga al teléfono con Paulina, quien desde París buscaba consuelo para sus tribulaciones.
Andrea, al ver a Isabel, interrumpió su conversación.
-Ya, ya, deberías hablar con Isa.
-Isa no me contestaba el teléfono hace rato -se quejó Paulina desde el otro lado de la linea,
-Ah, con razón.
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Andrea comprendió entonces por qué Paulina la había mantenido cautiva todo el día con sus historias; la ausencia de Isabel la había orillado a buscar otro oído dispuesto.
A pesar de su usual desinterés por los chismes, la larga amistad con Paulina había acostumbrado a Isabel a estos momentos de confidencias. En ocasiones, una buena plática resultaba reconfortante.
-¿Era Paulina? -preguntó Isabel, mientras bebía un sorbo de agua.
Andrea asintió, saboreando una cucharada de helado.
-Sí, está muerta de miedo allá en París. ¿No podrías ayudarla?
-Mi hermano dice que su situación es delicada -respondió Isabel-, pero ya que Carlos está dispuesto a protegerla, quedarse con él es su mejor opción.
-También lo creo. Si esos tipos fueron capaces de seguirla hasta París, no hay lugar más seguro que al lado de Carlos.
-¿El mismo que la trajo en medio de una balacera? ¿Estás segura de que es lo mejor para ella? -cuestionó Andrea.
Isabel meditó un momento. La situación de Paulina era ciertamente compleja.
Estaba por ordenar un helado similar al de Andrea cuando esta la interrumpió:
-Ya lo pedí por ti, pero como no llegabas, les dije que esperaran para que no se derritiera.
-Ah, gracias -sonrió Isabel.
Hacía tiempo que deseaba darse ese gusto. Con Esteban, tales indulgencias eran poco frecuentes.
Como si sus pensamientos lo hubieran invocado, el teléfono vibró con una llamada de su
hermano.
-¿Hermano?
-¿Estás fuera?
-Sí–confirmó ella-, como dijiste que no cenarías en casa, salí con Andrea.
-Mándame tu ubicación.
-¿Eh?
-Paso por ti cuando termine.
-Está bien.
La preocupación de Esteban la envolvió en una sensación de calidez familiar. Tras colgar, se apresuró a enviarle la dirección del restaurante.
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