Capítulo 431
La pregunta de Paulina flotó en el aire mientras Isabel sentía el peso de la responsabilidad sobre sus hombros. Sus labios se entreabrieron, buscando las palabras adecuadas para responder sin herir los sentimientos de su amiga.
-No me atrevo–admitió finalmente, su voz suave pero firme.
A pesar de contar con el respaldo de Esteban, Isabel conocía perfectamente los límites de su influencia. Había aprendido a distinguir con claridad entre aquellos que eran intocables y quienes no lo eran, especialmente cuando se trataba del círculo cercano a él.
Los sollozos de Paulina se intensificaron, resonando a través del auricular.
-ilsa! ¿No me vas a ayudar?
-No, no es eso se apresuró a aclarar Isabel-. Es que de verdad no me atrevo.
La voz entrecortada de Paulina apenas logró articular un lastimero:
-Isa… buuu…
Isabel respiró profundo antes de preguntar con delicadeza:
-Y… dime una cosa, ¿él no te hizo nada, verdad?
“No, eso es imposible“, pensó Isabel. “Carlos no le haría nada a Pauli. La información de Vanesa siempre es confiable. Si ella se atrevió a hablar de esto en privado, es porque está segura de que Carlos no hizo nada indebido“.
Entre hipidos, Paulina respondió:
-¿No decías que él no podía? ¿Cómo me iba a hacer algo?
Recostada sobre su cama, Paulina dirigió una mirada instintiva hacia la puerta de la habitación. Recordó su promesa: si Carlos la ayudaba a superar aquella situación, dejaría de andar contando chismes sobre los demás.
“Pero esto… bueno, ya lo dije“, reflexionó. “Y solo se lo conté a Isa, así que no cuenta. Además, la puerta está bien cerrada con llave“.
-Exactamente -confirmó Isabel.
“Como siempre: mira pero no toca“, pensó.
-Entonces, si no te hizo nada, ¿por qué lloras así? -preguntó Isabel con genuina curiosidad-. Cualquiera pensaría que te hizo algo tan terrible que no podrías ni caminar.
-¡Pues me vio! -exclamó Paulina indignada-. ¿Te parece poco? Él está mal de la cabeza, y yo soy una mujer decente y solteraą.
-Tienes razón, es un buen motivo para estar alterada.
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Capitulo 431
-¡Oye!
“¿Acaso está insinuando que no tengo razón para llorar?“, pensó Paulina ofendida. “El punto es que estoy llorando de verdad, ¿no? Estoy genuinamente afectada“.
-¿Quieres que mande a alguien para llevarte con la familia Allende? -ofreció Isabel.
-¿La familia Allende? -los sollozos de Paulina cesaron abruptamente.
-Sí, mira, en este momento te están persiguiendo sin importar a dónde vayas. Al principio pensé que estarías segura al lado de Carlos, pero veo que no te sientes a gusto con él.
“¡Por supuesto que no me siento a gusto!“, pensó Paulina. “Especialmente porque ese hombre siempre está tan serio, con esa mirada penetrante que parece la de un depredador. Me pone los nervios de punta. Un vistazo más y mi corazón no lo va a resistir“.
-La familia Allende… -murmuró pensativa-. Ahí vive tu madre adoptiva, la señora Allende, ¿verdad?
-Así es.
-Entonces no voy -declaró Paulina sin titubear.
-¿Perdón?
-Tú sabes que no sé tratar con personas mayores -explícó con un dejo de melancolía en su
VOZ.
La historia familiar de Paulina pesaba en sus palabras. Había crecido en un hogar donde solo estaban ella y su madre, quien apenas tenía tiempo para algo más que no fuera trabajar y mantenerlas. Las pocas horas que compartían juntas apenas alcanzaban para lo esencial. En cuanto a sus abuelos, la vida no le había dado la oportunidad de conocerlos. Como hija de Alicia, verdaderamente representaba el arquetipo de una hija de madre soltera.
-Mi madre es una persona extraordinaria, te aseguro que es muy fácil llevarse bien con ella -insistió Isabel.
-Sí, claro. En Puerto San Rafael todo mundo habla de sus métodos despiadados que hacen temblar hasta al más valiente -replicó Paulina.
Vaya que esa mujer tenía una reputación.
“Bueno“, pensó Isabel, “mi madre ciertamente tiene muchas habilidades… pero esas las reserva para sus adversarios, no para la familia ni los amigos“.
-En fin, que no voy -sentenció Paulina.
-Entonces te quedarás todo el tiempo pegada a Carlòs -señaló Isabel.
Paulina guardó silencio, atrapada en su propio dilema.