Capítulo 432
La idea de tratar con la señora Blanchet, aquella mujer de la que Isabel siempre hablaba maravillas, provocaba en Paulina una sensación de asfixia. Su inexperiencia con figuras de autoridad se manifestaba como un peso invisible sobre sus hombros. Por otro lado, la presencia de Carlos ejercía una presión constante sobre su pecho, como si cada respiración requiriera un esfuerzo consciente.
-Isa, ¿me podrías ayudar a localizar a mi mamá y a Roberto?
A pesar de todos los lujos y comodidades que pudieran ofrecerle, nada se comparaba con la sensación de refugio que encontraba junto a la señora Alicia. Los años de ausencia no habían menguado ese vínculo; al contrario, parecían haberlo fortalecido, dejando a Paulina en un estado de añoranza constante por su madre.
-¿Qué no Carlos te había dicho que él se encargaría de buscarlos? -preguntó Isabel.
Era de suponer que su investigación abarcaría todo: desde los motivos de la persecución hasta la identidad de quienes amenazaban a su madre.
Paulina dejó escapar un suspiro que cargaba el peso de su angustia.
-Es que… yo…
-¿Qué sucede?
-La verdad es que en este momento me da pánico tener que verlo.
La simple mención de Carlos despertaba en ella una mezcla de vergüenza e indignación. “¿Acaso ese hombre no tiene sentido común? ¿No entiende que hay límites?” pensó mientras un rubor involuntario teñía sus mejillas. Si bien Isabel insistía en que a él le gustaba admirar la belleza femenina, al menos esas mujeres conservaban su dignidad intacta. En su caso, la había despojado de toda protección.
Isabel, percibiendo el desasosiego en el rostro de su amiga, esbozó una sonrisa conciliadora.
-Mira, Carlos no es tan terrible como parece. Es solo que su exterior puede ser un poco… distante.
-Claro -replicó Paulina con un dejo de ironía-. En tu mundo, todos son buenos excepto la familia Galindo.
Incluso Sebastián, bajo la mirada indulgente de Isabel, no pasaba de ser un ingenuo sin remedio, un ciego voluntario ante la realidad.
-Vaya que sabes tocar los puntos sensibles -respondió Isabel..
Desde la firma del acuerdo de separación con Carmen Ruiz, Isabel había cortado todo vínculo con esa familia.
La conversación se vio interrumpida cuando Esteban ingresó a la habitación. Encontró a Isabel, recién bañada, sentada sobre la cama con el teléfono en mano.
Capitulo 432
-Te llamo mañana -se apresuró a decir Isabel antes de colgar.
Esteban tomó asiento a su lado. El aroma suave del tabaco que emanaba de su ropa delataba las largas horas pasadas en el estudio. Con un gesto de afecto, sus dedos se deslizaron entre los sedosos cabellos de Isabel.
-¿Con quién platicabas?
-Con Pauli. La pobre está destrozada.
-¿Cómo así?
La confusión se dibujó en el rostro de Esteban.
-Es que Carlos la vio sin ropa -explicó Isabel-. Deberías hablar con él y explicarle que eso no se hace.
La preocupación por su amiga era evidente. Un hombre con sus propios conflictos no tenía derecho a perturbar la vida de otros. Pauli era una mujer íntegra que merecía un futuro prometedor, incluyendo un matrimonio digno.
Esteban arqueó una ceja, desconcertado.
-¿Hablar con él?
Las palabras de Isabel le parecían tan inverosímiles que dudaba de haberlas escuchado
correctamente.
-Sí -insistió ella con determinación-. Dile que si va a investigar, que lo haga rápido. No puede ser que tenga… problemas de funcionamiento y encima se comporte como un patán.
-¡¿Qué?!
La mención de “problemas de funcionamiento” provocó que Esteban sintiera una punzada en
las sienes.
-¿Cómo esperas que le diga algo así a Carlos? A ver, Isa, ¿qué palabras usaría?
-Pues díselo directamente -respondió ella como si fuera lo más natural del mundo.
-¿Así nada más? ¿Llego y le digo que no puede andar desnudando a Paulina?
-Exacto, tiene que entender que eso no está bien.
Esteban se masajeó la frente, sintiendo que el dolor de cabeza se intensificaba.
-¿No tendrás fiebre, mi amor? -murmuró mientras posaba su palma sobre la frente de Isabel.
El contacto confirmó sus sospechas: ardía. Solo así se explicaba semejante petición. En su estado normal, jamás habría sugerido algo tan descabellado.
Isabel, al escucharlo, comenzó a ser consciente de su malestar.
-Creo que sí tengo un poco de temperatura -admitió con voz ronca.
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