Capítulo 449
La luz ambarina del atardecer inundaba la habitación donde Paulina se encontraba. Acurrucada en el diván junto a la ventana, sostenía el teléfono contra su oído mientras su voz temblorosa buscaba consuelo en Isabel.
El sonido de la puerta abriéndose de golpe resonó en la habitación. La imponente figura de Carlos apareció en el umbral, y sus miradas se encontraron en un instante que pareció congelar el tiempo. La oscuridad que ensombrecía el rostro del hombre y la amenaza latente en sus ojos provocaron que el pánico se apoderara de Paulina. Sus dedos perdieron toda fuerza, y el teléfono se deslizó de su mano, golpeando el suelo con un estruendo que reverberó
en el silencio repentino.
“i¿Qué?!”
La pregunta ardía en su mente mientras el terror se expandía por su cuerpo como veneno. ¿No había cerrado la puerta con llave? El miedo ya la consumía, y ahora, enfrentada a la presencia intimidante de Carlos, las lágrimas brotaron sin control, deslizándose por sus mejillas en
riachuelos silenciosos.
Se aferró a sus rodillas con desesperación, encogiéndose sobre sí misma como un animal herido. Sus ojos, dilatados por el terror y brillantes por las lágrimas, seguían cada movimiento de Carlos con la atención desesperada de una presa acorralada.
Una chispa de frustración se encendió en el interior de Carlos. Con pasos deliberadamente lentos, avanzó hacia ella, se inclinó y recogió el celular para devolvérselo. El movimiento, aunque pretendía ser conciliador, solo intensificó el temor de Paulina.
Su mano apenas podía extenderse para tomar el teléfono. La imagen del disparo que había presenciado destelló en su mente con brutal claridad, desatando temblores incontrolables que sacudían todo su cuerpo.
Carlos observó el temblor de sus hombros, sus ojos entrecerrados revelando un destello de
irritación.
-¿Tan asustada estás? -murmuró con voz profunda.
La pregunta flotaba en el aire como una amenaza velada. ¿Solo por haber presenciado una muerte? ¿Era para tanto? Con un valor tan pequeño, las perspectivas no eran alentadoras. En el futuro habría más situaciones como esta, y con tan poca valentía, ¿cómo podría soportarlo? Paulina apretó los labios hasta formar una línea tensa. Las lágrimas seguían cayendo mientras lo miraba en silencio, incapaz de articular palabra alguna.
Con un movimiento brusco, Carlos arrojó el celular sobre la mesa de bebidas cercana. El sonido del impacto hizo que Paulina se estremeciera. Sin darle tiempo a recuperarse, se sentó directamente a su lado en el diván.
Este movimiento provocó que ella se encogiera aún más contra el respaldo, buscando
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Capitulo 449
desesperadamente un espacio que no existía para alejarse de él.
Carlos extendió su brazo y la atrajo hacia sí con un movimiento repentino.
-¿Por qué te escondes, eh?
-¡Ah! -el grito de terror escapó de sus labios antes de que pudiera contenerlo.
El rostro de Carlos, que ya mostraba signos de irritación, se ensombreció aún más. Su voz descendió a un susurro amenazante:
-¿Quieres gritar de nuevo? ¿Crees que no soy capaz de arrancarte la ropa y echarte fuera?
Paulina enmudeció al instante. Su cuerpo, que había estado luchando instintivamente, se paralizó ante aquellas palabras amenazantes. Sus ojos, anegados en lágrimas, se fijaron en el rostro del hombre que la mantenía cautiva.
La proximidad entre ambos era abrumadora; la presencia dominante de Carlos la envolvía por completo, sofocándola. En ese momento, la realidad de su situación la golpeó con fuerza: pertenecían a mundos completamente diferentes.
“Las personas con las que he tratado antes“, reflexionó, “aunque fueran intrigantes y calculadoras, al menos no eran como él. No eran hombres capaces de arrebatar una vida sin pestañear“. La cercanía de alguien así transmitía un peligro latente que no necesitaba palabras para manifestarse.
El miedo que ya la dominaba se intensificó, transformándose en un terror visceral que amenazaba con paralizarla por completo.
Carlos observó sus ojos inundados de lágrimas y espetó con voz cortante:
-No llores.
“¡Las mujeres son un problema!“, pensó con fastidio.
-Déjame ir -suplicó Paulina entre sollozos ahogados-. No quiero estar cerca de ti, solo quiero volver a casa, por favor, déjame volver a casa.
Carlos entrecerró los ojos, y el aura de peligro que emanaba de él se intensificó como una tormenta a punto de estallar.
Paulina, sintiendo la amenaza inminente, se apresuró a rectificar:
-No me sueltes, no me sueltes -sus palabras salían atropelladas mientras sus dedos se aferraban instintivamente al cuello de la camisa de él-. Si quieres abrazarme, hazlo. Te dejo, te dejo…
Las lágrimas seguían cayendo mientras su mente procesaba la terrible realidad de su situación. Ahora lo veía con devastadora claridad: este hombre peligroso no estaba bajo el control de Esteban, el hermano de Isabel. Lejos de la mirada vigilante de Esteban, actuaba según sus propios designios, como un comandante en su territorio, libre de seguir sus propias reglas.
“Aunque Esteban le ordenó personalmente que me cuidara“, pensó con amargura, “¿acaso esto puede considerarse cuidado?“. El miedo amenazaba con consumirla por completo.
Carlos observó su actitud sumisa y dejó escapar una risa suave pero cargada de ironía.
-¿Cómo es que Isabel tiene una amiga como tú? -murmuró con un dejo de diversión en su voz-. Esa pequeña princesa no es cualquier cosa. Años siendo mimada por Esteban, y su audacia no es normal. ¿Quién no sale perdiendo si se enfrenta a ella? Con una personalidad así, es sorprendente que tenga una amiga como tú.
-i¿Qué?! -Paulina parpadeó confundida, desconcertada por el comentario.
Carlos la liberó de su agarre y se puso de pie con un movimiento fluido.
-Ve a darte un baño y cámbiate de ropa -ordenó con tono autoritario.
Al escuchar las palabras “baño” y “cambiarse de ropa“, un escalofrío recorrió la espina dorsal de Paulina.
-¿Por qué cambiarme otra vez? -preguntó con voz temblorosa, consciente del desorden en su vestimenta pero más preocupada por las intenciones ocultas tras esa orden.
Su mente, ya alterada por los eventos recientes, la volvía aún más cautelosa ante cualquier petición de Carlos.
-En un rato iremos a otro lugar -respondió él con voz desprovista de emoción. Así que apúrate.
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