Capítulo 451
Paulina contemplaba su reflejo en el espejo del pasillo, las lágrimas rodando por sus mejillas sonrojadas mientras una pregunta martilleaba en su mente.
-¿No puede ser? ¿En qué momento empezamos a ser algo? -su voz surgió como un susurro entrecortado.
Sus dedos trazaban círculos nerviosos sobre la tela de su vestido mientras las lágrimas seguían cayendo, creando pequeñas manchas oscuras en la tela. Eric la observaba desde el umbral de la puerta, una sonrisa burlona dibujándose en sus labios.
-Ya no llores tanto, ¿eh? A Carlos no le gustan las mujeres lloronas. Cuidado, igual y te manda a volar su tono juguetón resonó por el pasillo.
La advertencia provocó que Paulina abriera los ojos desmesuradamente, el pánico apoderándose de ella. Sus sollozos, lejos de disminuir, se intensificaron.
Eric dejó escapar un suspiro exasperado antes de agregar:
-Ándale, apúrate. Carlos no es precisamente conocido por su paciencia. No te va a estar esperando toda la vida.
Sin más, Eric descendió por las escaleras, el eco de sus pasos perdiéndose gradualmente. Paulina, que apenas había logrado contener el llanto, sintió una nueva oleada de lágrimas. La presencia de Eric solo confirmaba sus temores: Carlos había mandado por ella, lo que significaba que, le gustara o no, tendría que salir.
“Dios mío, de verdad que no quiero salir con él“, pensó mientras su corazón latía desbocado.
Con movimientos apresurados, se lavó el rostro y buscó qué ponerse, optando nuevamente por una de las camisas de Carlos. Antes de partir, sus dedos volaron sobre la pantalla del celular, escribiendo un mensaje para Isabel.
[Asunto: ¡Mi Último Testamento!]
[Por si no regreso con vida, aquí te dejo todas mis instrucciones…]
El restaurante donde Isabel y Andrea almorzaban se llenaba del murmullo de las
conversaciones y el tintineo de los cubiertos. Isabel no pudo contener una carcajada al leer el mensaje, provocando que el agua que bebía se derramara ligeramente.
-¡Esta Pauli es una dramática sin remedio! -exclamó, limpiándose los labios con una servilleta.
Andrea la miró con curiosidad, inclinándose sobre la mesa.
-¿Qué sucede?
-Está tan asustada que ya redactó su testamento -respondió Isabel, sus ojos brillando con
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diversión.
Carlos había aterrorizado tanto a Paulina que la pobre ya estaba preparando sus últimas voluntades. A pesar de los intentos de Isabel por tranquilizarla, asegurándole que Carlos era confiable, Paulina se negaba a creerle. Jamás la había visto tan alterada. ¿Qué había hecho Carlos para provocarle semejante pánico?
Andrea tamborileó sus dedos sobre la mesa, escéptica.
-¿Estás segura de que Carlos es de fiar?
Los sollozos de Paulina por teléfono sugerían todo lo contrario.
-Carlos es confiable insistió Isabel-. Es solo que Pauli no está acostumbrada a su manera
de ser.
-¿Y quién podría acostumbrarse a alguien así? -replicó Andrea, arqueando una ceja.
-¿Y tú con Fabio qué? -contraatacó Isabel.
Fabio proyectaba la imagen de un respetable empresario farmacéutico, pero la realidad era otra. Las pocas menciones que Esteban había hecho sobre él bastaban para que Isabel supiera que bajo esa fachada de amabilidad se escondía algo más.
Andrea parpadeó, confundida.
-¿Fabio? Ni de cerca es tan intenso como el señor Allende.
Isabel comprendió que Andrea probablemente desconocía la verdadera naturaleza de su pareja. El timbre del celular interrumpió la conversación. Isabel frunció el ceño al ver un número desconocido en la pantalla. Muy pocos tenían acceso a su número personal.
-¿Diga?-contestó con cautela.
-Soy yo.
La voz aterciopelada de Yeray atravesó la línea, provocando que Isabel se tensara visiblemente. -i¿Tú?! -exclamó, sorprendida por su atrevimiento al conseguir su número.
Su rostro se endureció instantáneamente.
-¿Qué quieres?
-¿Cuándo regresas a París?
-¿A qué te refieres? -inquirió Isabel.
Cuando Paulina había hecho esa pregunta, tenía sentido; estaba aterrada por los acontecimientos en París. Pero viniendo de Yeray…
¿Qué asuntos pendientes tendría él en París?
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Capitulo 451
-Te estaré esperando en París, mi amor -susurró Yeray con voz empalagosa.
Un escalofrío recorrió la espalda de Isabel al escuchar ese apelativo. Respondió de inmediato:
-¿Te volviste loco?
Su pulso se aceleró. Maldito Yeray. ¿Cómo se atrevía a regresar a París? La familia Méndez había sido destruida por Esteban, y Yeray llevaba años huyendo por el mundo.
-Sí, estoy loco. Y enfermo también, porque mi prometida anda por ahí coqueteando con otros hombres.
-¡Yo no soy tu maldita prometida! -rugió Isabel, la palabra “prometida” encendiendo su furia.
En su vida había tenido dos compromisos que consideraba las mayores aberraciones. El primero, aquel matrimonio arreglado con Sebastián, del cual no tuvo conocimiento hasta que fue demasiado tarde. Y el segundo, por supuesto, era Yeray, producto de otra promesa entre adultos hecha a sus espaldas.
Ahora, Yeray se aferraba a ella como una lapa.
-Esa boquita tuya… tarde o temprano te la voy a cerrar -murmuró él con tono sugestivo.
-Si alguien va a cerrar algo aquí, seré yo, te lo aseguro -replicó Isabel con desprecio.
Yeray soltó una risa suave.
-Perfecto, aquí estaré esperando a que vengas a intentarlo, mi adorable prometida.
Esas últimas palabras, pronunciadas con un énfasis particular, hicieron que la sangre de Isabel hirviera. Sin pensarlo dos veces, cortó la llamada.
¡Maldición! Yeray había vuelto a París. ¿Esteban estaría al tanto? ¿Le habría dado permiso de regresar?
Andrea, observando el rostro descompuesto de su amiga, preguntó:
-¿Todo bien?
-Sí, no te preocupes, sigue comiendo.
“Maldito perro“, pensó Isabel. Siempre aprovechándose de las circunstancias, y ahora tenía la osadía de regresar a París después de años de fuga.
“Parece que no valora su vida.”
Apenas habían terminado de comer cuando el teléfono de Isabel sonó nuevamente. Esta vez era Esteban.
-El chofer pasará por ti. Ya está esperando afuera del restaurante–su voz no admitía réplica.
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