Capítulo 463
La mirada de Carlos se afiló como una punta de diamante, mientras un músculo se tensaba en su mandíbula. Las gotas de agua resbalaban por su torso definido, delineando cada músculo con precisión escultórica, mientras la atmósfera en la habitación se espesaba como tinta derramada.
-¿Qué tanto miras? -su voz resonó con la cadencia precisa de quien está acostumbrado a que sus palabras tengan consecuencias.
El cerebro de Paulina pareció tropezar consigo mismo, sus pensamientos dispersándose como hojas al viento. El vapor que emanaba del baño recién usado creaba un velo etéreo alrededor de la figura masculina, añadiendo un elemento casi mítico a la escena.
-No, no miraba nada -balbuceó, su voz apenas un susurro-. Toqué la puerta y como no respondiste… -las palabras se desvanecieron en el aire húmedo.
-¿Así que decidiste entrar sin permiso?
-Yo… no, no fue así… —la voz de Paulina se quebró como cristal fino.
“¿Por qué mi cerebro decide dejar de funcionar justo ahora?“, pensó Paulina, mientras desviaba la mirada del imponente espectáculo frente a ella. Sus ojos vagaron nerviosamente por la habitación, buscando un punto seguro donde posarse.
La vergüenza se extendió por su rostro como una mancha de vino tinto sobre mantel blanco. Ella, que había crecido en Puerto San Rafael rodeada de surfistas y atletas, ahora perdía la compostura como una colegiala ante su primer amor. El calor en sus mejillas se intensificó ante este pensamiento, y su corazón latía con la fuerza de un tambor ceremonial.
“¡Por Dios, Paulina, compórtate! ¿Qué dirían en Puerto San Rafael si te vieran así?“, se reprendió mentalmente, mientras su pulso se aceleraba como un motor desbocado.
Tan absorta estaba en su diálogo interno que no notó el movimiento de Carlos hasta que sintió el roce de sus dedos sobre sus labios. El contacto la sobresaltó como una descarga eléctrica, haciéndola retroceder instintivamente, su espalda encontrando la resistencia de la pared.
-¿Qué… qué haces? -tartamudeó, su voz temblando como una hoja en otoño.
Por toda respuesta, Carlos le mostró la punta de su dedo, donde brillaba una gota carmesí bajo la luz de la habitación.
-¿Qué es esto? -inquirió con voz aterciopelada, sus ojos oscuros fijos en ella con intensidad depredadora.
Paulina se quedó sin aliento, su mente procesando lentamente la situación. Como en cámara lenta, llevó su mano hacia su nariz, encontrando la humedad reveladora en el dorso. La evidencia de su vergüenza brillaba escarlata contra su piel pálida.
“Tierra, ¡trágame ahora mismo!“, suplicó internamente, mientras el rubor en sus mejillas se intensificaba hasta alcanzar tonos imposibles.
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Capitulo 463
-Yo, esto… tengo tendencia a sangrar por la nariz -musitó, las palabras tropezando unas con otras en su prisa por salir, como una bandada de pájaros asustados.
Carlos arqueó una ceja, un destello de diversión bailando en sus pupilas obsidiana.
-¿Siempre sangras después de ver a un hombre?
-Ah, sí–respondió automáticamente Paulina, antes de que su cerebro procesara la pregunta. ¡No, no, para nada! -se corrigió apresuradamente, agitando las manos como aspas de molino-. ¡Hoy fue un accidente!
Los labios de Carlos se curvaron en una sonrisa ladina que hizo que el estómago de Paulina diera un vuelco y las mariposas en su interior iniciaran un frenesí caótico.
-Tráeme un vaso de agua -ordenó con voz sedosa.
-¡Claro! -exclamó ella, aprovechando la oportunidad de escape que se le presentaba como un regalo divino.
Se giró con la velocidad de quien huye de un incendio, pero el destino tenía otros planes. Un tirón en su ropa, una resistencia inesperada, y el sonido de tela deslizándose precedió al momento en que la toalla de Carlos caía al suelo como una bandera de rendición frente a sus
pies.
El tiempo se detuvo. El universo contuvo el aliento. Cada molécula de aire en la habitación pareció cristalizarse.
Paulina giró sobre sus talones como impulsada por un resorte, sus ojos abriéndose tanto que temió que se le salieran de las órbitas. Su mente se convirtió en un lienzo en blanco, incapaz de procesar la imagen que acababa de presenciar.
-Esto no es… yo no… yo… —las palabras se atropellaban en su garganta como peces fuera del agua, mientras su cerebro luchaba por encontrar una explicación coherente.
La temperatura en la habitación pareció congelarse, como si alguien hubiera abierto una ventana al vacío espacial.
El estruendo de la puerta al cerrarse la hizo dar un salto que casi la despega del suelo. Si sus reflejos hubieran sido más lentos, habría recibido un golpe directo en la nariz, añadiendo insulto a la injuria.
Un silencio espeso se instaló en el pasillo mientras Paulina observaba, atónita, la toalla que yacía a sus pies como evidencia de su torpeza, un extremo aún enganchado en la cremallera de su sudadera como prueba irrefutable de su culpabilidad.
“¿Qué acaba de pasar?“, se preguntó, inmóvil como una estatua en un museo de las vergüenzas personales.
Al examinar más de cerca, notó el hilo de la toalla tensado contra el metal de la cremallera, como un fino cable de acero. Su giro precipitado había provocado el desastre con la precisión de una coreografía mal ensayada.
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Capítulo 463
La mortificación se apoderó de ella como una ola gigante en medio de una tormenta perfecta. En toda su vida, jamás se había sentido tan absolutamente humillada. Su dignidad yacía tan expuesta como Carlos lo había estado hace unos momentos.
…
En su habitación, recién duchada y lista para dormir, Isabel recibió otra llamada de Paulina. El tono del teléfono resonó con la urgencia característica de las llamadas de emergencia de su
amiga.
-¿Carlos aceptó? -preguntó, asumiendo que su amiga había logrado discutir el tema del personal de servicio. Después de todo, enviar personal de la familia Blanchet no debería representar un problema de confianza para Carlos.
-¡lsa, ayúdame! -la voz de Paulina sonaba al borde del pánico, como si estuviera a punto de sufrir un colapso nervioso.
-¿Y ahora qué pasó? -suspiró Isabel. Cada llamada desde la villa de Carlos parecía traer una nueva crisis. A este paso, tendría que regresar a París antes de lo planeado, o el corazón de su amiga no sobreviviría la experiencia.
-Acabo de arrancarle la toalla a Carlos -confesó Paulina con voz estrangulada-. ¿Crees que se enoje tanto que termine matándome?
Su voz vibraba con una mezcla de pánico y mortificación que habría resultado cómica en cualquier otra circunstancia.
Isabel tuvo que hacer una pausa para procesar lo que acababa de escuchar, preguntándose si sus oídos le estaban jugando una broma pesada.
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