Capítulo 466
El cuerpo herido protesta ante el agua, rechazando instintivamente aquello que en otros momentos sería reconfortante. La obsesión por la pulcritud de Carlos había sobrepasado ese límite natural, ignorando las advertencias de su propia carne.
-Oye, ¿por qué no vienes tú? -propuso Paulina con un dejo de exasperación en la voz-. La verdad es que yo no puedo cuidarlo de esa manera.
-No te preocupes -respondió Julien con una calma que rozaba la indiferencia-. Cuando Carlos tiene fiebre se vuelve manso como un gatito. No te dará problemas.
Los ojos de Paulina se abrieron como platos, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar.
“¿En serio considera que eso no es un problema?”
-Te lo encargo–fueron las últimas palabras de Julien antes de cortar la comunicación, dejando a Paulina con la réplica en la punta de la lengua.
-¡No puede ser! -exclamó Paulina, contemplando el teléfono como si este pudiera ofrecerle alguna respuesta.
Las palabras de Julien resonaban en su mente como una sentencia: Carlos tendría fiebre esa noche. Isabel había intentado ofrecer ayuda, pero la llamada se cortó antes de que pudiera concretar el envío de personal de servicio. Con un suspiro de resignación, Paulina intentó devolver la llamada al número entrante.
El tono de marcado se perdía en el vacío una y otra vez, sin respuesta.
-¿Y ahora resulta que nadie contesta? -murmuró para sí misma, mientras un nudo de preocupación se formaba en su estómago.
“Si Isabel quiere mandar a alguien, Carlos tendría que dar su aprobación primero. Pero tratándose de su gente cercana, no debería ser tan complicado, ¿o sí?”
Dos intentos más de llamada se perdieron en el silencio. La frustración comenzaba a hacer
mella en ella.
“¿Qué está pasando aquí? Hace un momento podía comunicarse conmigo sin problemas, ¿y ahora es imposible contactarlo?”
Ante la perspectiva de enfrentar una noche con un paciente febril, Paulina se armó de valor y subió las escaleras. Esta vez, la prudencia guio sus pasos hacia la habitación de Carlos.
Sus nudillos golpearon suavemente la puerta, esperando pacientemente hasta escuchar su voz. Solo entonces se atrevió a abrirla, manteniéndose en el umbral como si este fuera una línea invisible de seguridad.
-Señor Esparza, Isa. dice que puede mandar a una sirvienta. ¿Está de acuerdo?
“¿Por qué tiene que ser tan complicado tratar con este hombre?”
18:10
Capitulo 466
Carlos arqueó una ceja con ese gesto característico suyo que presagiaba una negativa.
-No.
La rotundidad de su respuesta dejó a Paulina momentáneamente sin palabras.
-Entonces, ¿podría venir alguien de tu personal?
Su propuesta alternativa se estrelló contra otro muro de negación.
-No.
La incredulidad se dibujó en el rostro de Paulina.
“Si rechaza toda ayuda, ¿qué pretende? No estará pensando que yo…”
-¿Qué vas a hacer si te da fiebre esta noche?
El silencio de Carlos fue su única respuesta, pero su mirada intensa provocó un escalofrío que Tecorrió la espalda de Paulina. Ella tragó saliva, intentando mantener la compostura.
-La persona que te extrajo la bala advirtió que no debías bañarte esta noche -continuó, su voz teñida de preocupación-. Dijo que si lo hacías, seguramente tendrías fiebre.
La luz vespertina que se colaba por la ventana realzaba cada detalle de su rostro delicado, enmarcado por pestañas oscuras que proyectaban diminutas sombras sobre sus mejillas. Su figura menuda transmitía una vulnerabilidad que contrastaba con la determinación en su voz.
Un destello enigmático cruzó la mirada de Carlos mientras sus labios se curvaban en una sonrisa apenas perceptible.
-¿Qué más dijo?
-Mencionó que si te daba fiebre, los medicamentos podrían no ser efectivos -respondió ella-. Que tendríamos que recurrir a métodos físicos para bajar la temperatura.
La insistencia en este punto sugería que los medicamentos convencionales no surtían efecto en él. De otro modo, Julien no habría enfatizado tanto esta cuestión.
La mención de “métodos físicos” provocó un ligero estremecimiento en Carlos. Su mente viajó fugazmente a los eventos de la noche anterior…
Hugo no había podido enviar personal de confianza.
Observando a Paulina, tan pequeña y vulnerable en el marco de la puerta, Carlos no pudo evitar que su mirada se demorara un instante más en ella.
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