Capítulo 472
Las palabras de Valerio resonaron en la habitación con la fuerza de un trueno, cada sílaba cargada de una furia que amenazaba con desbordar los límites de su autocontrol. Su mandíbula tensa y sus puños apretados revelaban el esfuerzo que hacía por contener una tormenta de emociones.
-Hermano–murmuró Iris, su voz apenas un susurro quebradizo en el aire denso de la noche.
-¡Lárgate!
El silencio que siguió pesaba sobre los hombros de Iris. Sintió que su pecho se contraía dolorosamente, como si una mano invisible estrujara cada fibra de su ser. La realidad la golpeó con una claridad brutal: todo había terminado. Sin Carmen, esta casa que alguna vez fue su refugio ahora se convertía en una jaula donde sólo encontraba rechazo.
Ante la furia incontenible de Valerio, Iris retrocedió en su silla de ruedas y se retiró a su habitación, dejando tras de sí solo el eco de sus ruedas sobre el piso.
En la soledad de su estudio, Valerio contemplaba el teléfono que temblaba ligeramente entre sus dedos. La verdad sobre el accidente de Isabel se reproducía en su mente como una película macabra: Iris, su propia hermana, había orquestado todo. Recordaba con dolorosa claridad las interminables visitas al hospital, las horas junto a la cama de Isabel, el miedo
constante de perderla.
“¿En qué momento cambió todo?“, se preguntó, perdido en sus recuerdos. “¿Cuándo dejé de ver a Isabel como mi hermana? ¿Fue cuando comenzó a cuestionar a Iris? ¿Cuando insistía en buscar la verdad sobre el accidente?”
En París, la noche se cernía sobre la ciudad como un manto oscuro. Paulina, con dedos temblorosos, marcaba una y otra vez el número de Julien en el teléfono de la planta baja. El pánico se apoderaba de ella mientras observaba el termómetro: 39.6 grados. La fiebre de Carlos se negaba a ceder.
-Despierta, despierta -susurró Paulina, sacudiendo suavemente el hombro de Carlos.
Sus ojos se entreabrieron apenas un instante antes de sumergirse nuevamente en un sueño febril. Paulina se mordió el labio, la preocupación dibujando surcos en su frente.
“¿Por qué no acepté la propuesta de Isabel?“, se recriminó mentalmente. “La familia Allende es enorme, probablemente ni siquiera me habría encontrado con la señora Blanchet.”
La frustración se acumulaba en su garganta mientras intentaba, sin éxito, comunicarse con los servicios de emergencia. Su francés, normalmente suficiente para el día a día, la traicionaba en el momento más crítico.
“Maldita sea“, pensó. “¿De qué me sirven tantas clases si no puedo pedir ayuda cuando realmente lo necesito?”
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Capítulo 472
Sin más opciones, Paulina decidió actuar. Con movimientos metódicos, comenzó a aplicar compresas tibias en el rostro y cuello de Carlos, observando con angustia cómo la fiebre fluctuaba, resistiéndose a ceder.
-Ugh… -un gemido escapó de los labios de Carlos cuando Paulina, accidentalmente, rozó una de sus heridas.
Mientras continuaba con su tarea, tratando de mantener la compostura, sintió de pronto el agarre firme de Carlos en su muñeca.
-¿Qué estás haciendo? -La voz ronca de Carlos cortó el silencio de la habitación.
Paulina alzó la mirada, encontrándose con sus ojos enrojecidos por la fiebre. A pesar de su estado, la intensidad de su mirada no había disminuido ni un poco.
-Esto… es para bajar la fiebre -balbuceó ella, sintiendo que el calor subía a sus mejillas.
Sus ojos descendieron involuntariamente, y al darse cuenta de la situación, de dónde estaba posada la toalla y de la desnudez parcial de Carlos, Paulina se congeló, completamente paralizada por la vergüenza.
El agarre en su muñeca se aflojó ligeramente, pero no la soltó por completo. Los dedos de Carlos se mantuvieron ahí, como un recordatorio tangible de su presencia.
-¿No encontraste otra manera de bajar la fiebre? -preguntó él, su voz ronca por la enfermedad pero con un matiz de diversión apenas perceptible.
Paulina intentó retirar su mano, pero el agarre de Carlos, aunque débil por la fiebre, seguía siendo firme.
-Traté de llamar a una ambulancia -se defendió ella, manteniendo su mirada fija en un punto de la pared-. Pero mi francés no fue suficiente para explicar la situación.
-¿Y esto fue lo mejor que se te ocurrió?
-Bueno, yo… -Paulina titubeó, consciente de lo absurda que debía parecer la situación-. La fiebre no bajaba con las compresas en la cara y el cuello…
Un nuevo acceso de fiebre sacudió a Carlos, quien cerró los ojos con fuerza mientras una mueca de dolor cruzaba su rostro. Su mano finalmente liberó la muñeca de Paulina.
“Dios mío, ¿qué hago?“, pensó ella, dividida entre la preocupación por su estado y la vergüenza de la situación.
Carlos volvió a sumergirse en un sueño intranquilo, su respiración agitada y superficial. Paulina aprovechó ese momento para cubrirlo apropiadamente con las sábanas y retroceder unos pasos, tratando de recuperar la compostura.
La habitación quedó en silencio, interrumpido solo por la respiración irregular de Carlos y el suave tictac del reloj en la pared. Paulina se sentó en una silla cercana, vigilando su sueño mientras se preguntaba cómo explicaría todo esto cuando él despertara completamente lúcido.
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Sus pensamientos fueron interrumpidos por el sonido de su teléfono. Al revisarlo, vio un mensaje de Isabel.
[Acabo de conseguir el número de un médico de confianza en París. Te lo envío en seguida.]
Paulina exhaló con alivio. Tal vez la noche no terminaría tan mal después de todo.
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