Capítulo 476
La consciencia regresó a Paulina como una marea perezosa. Sus párpados se abrieron con dificultad mientras su mente intentaba ubicarse en el espacio y el tiempo. La habitación que la rodeaba, con sus paredes desconocidas y muebles ajenos, tardó unos segundos en cobrar sentido en su memoria confusa.
“¿Dónde…?“, murmuró, incorporándose sobre sus codos.
Una pregunta más urgente atravesó su mente adormilada: el herido que había estado atendiendo la noche anterior se había esfumado sin dejar rastro.
Se levantó con movimientos torpes, buscando su celular entre las sábanas revueltas. La pantalla brillante marcaba pasadas las nueve de la mañana.
-¡Ay, no puede ser! ¡Qué tarde es! -exclamó, pasándose una mano por el rostro.
“¿Qué era lo que Carlos me había pedido anoche? ¿Un caldo? ¿O era otra cosa?“, se preguntó mientras consideraba la hora. “¿Todavía tiene caso hacer desayuno a esta hora?”
Entre bostezos y pasos inseguros, Paulina abandonó la habitación de Carlos y descendió por las escaleras, despeinándose aún más su cabello naturalmente rebelde en el proceso.
Carlos se encontraba en la sala, con un cigarrillo entre los dedos. Su mirada se posó en ella, observando divertido cómo aquella melena indomable parecía cobrar vida propia.
-¿Ya despertaste? -preguntó con voz grave.
Paulina parpadeó al escucharlo, girando hacia su voz. Los recuerdos de la noche anterior regresaron en cascada y, sin poder evitarlo, su mirada descendió por el cuerpo de Carlos. Las palabras de Isa resonaron en su mente: después de todo el tiempo que había pasado limpiando su cuerpo herido, él no había mostrado ni un atisbo de reacción.
La expresión de Carlos se transformó al notar el escrutinio.
-¿Qué tanto miras? -inquirió con brusquedad.
-No, nada, nada -respondió Paulina, sacudiendo la cabeza con rapidez.
“Qué desperdicio“, pensó para sus adentros. “Un cuerpo así de bien trabajado y un rostro tan atractivo… ¿y nada funciona allá abajo?”
Al notar el silencio prolongado de Carlos, Paulina se aclaró la garganta.
-Oye, no deberías estar fumando en este momento -le advirtió con suavidad.
Carlos arqueó una ceja, genuinamente sorprendido. Nadie antes se había atrevido a cuestionarle ese hábito, mucho menos usando como excusa unas simples heridas.
Un gruñido proveniente de su estómago recordó a Paulina que la cocina estaba desierta. No había personal que preparara el desayuno y, aunque Carlos no quisiera comer, ella necesitaba alimentarse.
14.44
Capitulo 476
-Si quieres, puedo prepararte algo -ofreció, recordando la receta complicada que había visto en su habitación la noche anterior.
-¿Mm? -murmuró Carlos, intrigado.
-Para cuando termine ya va a ser mediodía. Mejor no hago caldo, que tarda mucho.
-¿Entonces? -preguntó él, alzando una ceja.
-¿Qué te parecen unos fideos? -sugirió Paulina.
“Son rápidos“, pensó. “Y cuando se los preparé a Isa me quedaron bastante bien“.
Carlos no era particularmente aficionado a los fideos, pero tampoco expresó objeción alguna.
-Ven acá -ordenó de pronto.
-¿Eh? ¿Ahora qué quieres? -preguntó Paulina, sintiendo un cosquilleo de nervios.
Algo en aquel hombre la intimidaba profundamente.
Carlos permaneció en silencio, limitándose a observarla fijamente.
Derrotada, Paulina se acercó con pasos vacilantes. La diferencia de estaturas se hizo evidente: junto a él se sentía diminuta, como una niña pequeña.
Carlos extendió su mano y rozó con suavidad la mejilla de Paulina.
Ella retrocedió instintivamente ante el contacto inesperado.
-¿Qué… qué estás haciendo? -balbuceo.
“¿Por qué actúa así de repente?“, pensó, desconcertada. “No tenemos ese tipo de confianza“.
-Tienes sangre en la cara -señaló Carlos.
-¿Qué? -exclamó Paulina, perpleja. “¿Sangre? ¿De dónde salió?”
-Seguramente te dio una hemorragia nasal anoche mientras me observabas.
-¡¿Qué?! -El corazón de Paulina dio un vuelco violento.
“¡Dios mío!“, pensó horrorizada. Sus dedos recorrieron su rostro, encontrando pequeñas costras secas que confirmaban la vergonzosa situación.
Carlos sonrió ante su reacción mortificada.
-Ve a lavarte la cara primero.
-Sí, claro -murmuró Paulina antes de huir prácticamente corriendo.
Carlos la observó alejarse como una liebre asustada, mientras una sonrisa traviesa jugaba en sus labios. Tener cerca a esta pequeña criatura resultaba más entretenido de lo que había imaginado.
En ese momento, Carlos olvidó por completo las circunstancias que la habían traído a su lado.
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