Capítulo 477
Paulina, con las mejillas aún sonrojadas por el bochornoso incidente, se dirigía hacia la cocina. Sus dedos recorrieron la superficie del refrigerador, encontrando los fideos y los ingredientes necesarios. Se movía con gracia natural entre las encimeras, sus pasos ligeros resonando contra el piso mientras organizaba todo lo necesario para la preparación.
Desde su posición estratégica, Carlos observaba cada uno de sus movimientos. La delicada figura de Paulina se desplazaba con una energía contagiosa, y algo en esa escena cotidiana despertó en él una sensación desconocida. Era un sentimiento cálido que se expandía en su pecho, una emoción nueva que, aunque indefinible, le resultaba inexplicablemente agradable.
En la residencia Allende de Puerto San Rafael, la quietud de la mañana envolvía la habitación principal. Esteban contemplaba a Isabel, quien dormía plácidamente entre sus brazos. Su rostro sereno irradiaba una paz que le provocaba una ternura infinita. Con delicadeza, depositó un beso en su mejilla antes de incorporarse con movimientos calculados para no perturbar su
sueño.
Sus pasos silenciosos lo llevaron hasta la planta baja, donde el mayordomo aguardaba al pie de las escaleras.
-Buenos días, señor -saludó el hombre con una reverencia respetuosa.
Esteban le dirigió una mirada significativa. -No la despiertes.
-Como usted diga.
El mayordomo asintió con comprensión. Era bien sabido que cuando la señorita descansaba junto al señor, nadie debía interferir. El malhumor de Isabel al ser despertada era algo que todos preferían evitar.
Mientras Esteban se encaminaba hacia la salida, el mayordomo recordó un detalle importante. -Señor, me preocupa que la señorita apenas ha probado bocado estos días. ¿Consideraría prudente solicitar una revisión médica?
Esteban se detuvo, pensativo. Era cierto que Isabel había abandonado su costumbre de buscar bocadillos nocturnos cuando la cena no la dejaba satisfecha. Después de un momento de reflexión, tomó una decisión.
-Contacta a Andrea Marín para que venga a verla.
Mathieu estaría ocupado con él, y si no recordaba mal, Andrea era especialista en ginecología. Por alguna razón que prefirió no analizar demasiado, esa especialidad médica le pareció particularmente relevante en este momento.
-Me encargaré de llamar a la Doctora Marín de inmediato -confirmó el mayordomo.
Sin más palabras, Esteban abandonó la residencia.
1/2
14:44
Capitulo 477
Media hora después de la partida de Esteban, Isabel descendió por las escaleras. No encontró a su hermano, pero alcanzó a escuchar al mayordomo hablando por teléfono con voz firme.
-La señorita no recibirá a los Galindo. Denles esa respuesta directamente.
Una breve pausa mientras escuchaba la respuesta al otro lado de la línea.
-Sí, exactamente eso. No los recibimos.
Isabel se detuvo un momento, procesando la información. “Los Galindo“, pensó, recordando la conversación con Paulina. Esa chica tenía un don casi sobrenatural para anticipar acontecimientos. Sin duda, la familia estaría en crisis por el escándalo de Carmen Ruiz.
El mayordomo terminó la llamada y, al girarse, encontró a Isabel al pie de las escaleras.
-Buenos días, señorita -saludó con su habitual formalidad.
-¿Dónde está mi hermano? -preguntó Isabel, manteniendo esa forma de referirse a Esteban frente a los demás, a pesar de su actual relación.
-El señor salió hace treinta minutos, señorita. Me pidió específicamente no despertarla.
-¿Hace mucho que se fue?
-Media hora apenas, señorita.
Isabel asintió, pensativa. No era tanto tiempo después de todo.
-¿Así que vinieron los Galindo? -inquirió, aunque ya conocía la respuesta.
-Efectivamente, señorita.
“¿Valerio Galindo?“, se preguntó Isabel, asombrada una vez más por la precisión de Paulina. Sus predicciones eran tan acertadas que bien podría ganarse la vida como vidente. No cabía duda de que Valerio vendría a discutir sobre Carmen.
El timbre de su celular interrumpió sus pensamientos. Al ver la pantalla, reconoció el número de Andrea.
-Andrea–contestó Isabel.
-Isa, tuve un percance. Mi auto quedó atrapado como a trescientos metros de la salida de Bahía del Oro.
Isabel arqueó una ceja, sorprendida. -¿Me estás diciendo que hay un bache en ese camino?
Le parecía inverosímil. Esa carretera siempre estaba impecablemente mantenida.
-No exactamente… me metí en una zanja -admitió Andrea, con cierta vergüenza en su voz.
“¿Una zanja?“, pensó Isabel, desconcertada ante la idea de que Andrea, siempre tan precavida al volante, hubiera terminado en semejante situación.
2/2