Capítulo 480
Andrea contemplaba los dos vehículos accidentados mientras sostenía el teléfono contra su oreja. La escena parecía sacada de una postal invernal distópica: dos automóviles de lujo abandonados en el fondo de un barranco, como juguetes olvidados en la nieve.
-Pues sí, parece que no hay de otra -musitó, mientras los copos de nieve se arremolinaban a su alrededor.
Sus pensamientos vagaban entre la incredulidad y la resignación. La situación era tan absurda que aún no terminaba de procesarla del todo, como si su mente se negara a aceptar el espectáculo frente a sus ojos.
-Voy a solicitar una grúa de inmediato -exhaló con resignación.
Isabel observó a través de la ventana cómo la nieve caía con mayor intensidad, formando un manto cada vez más espeso sobre el paisaje.
-¿Por qué no vienes a Bahía del Oro mientras tanto?
“Con este clima, podría pasar una eternidad antes de que logren sacar los autos“, pensó Isabel, preocupada por su amiga.
-¿Y cómo se supone que llegue? El auto en el que vinieron también está allá abajo -respondió Andrea con un dejo de ironía.
-Yo voy por
- ti.
-Si no te sientes segura al volante, mejor ni vengas. Las calles se volvieron una pista de hielo -la preocupación en la voz de Andrea era evidente.
Una risa cristalina escapó de los labios de Isabel.
-¿Me estás subestimando?
“Si supieras todo lo que Vanesa me enseñó…“, reflexionó Isabel, recordando aquellos intensos entrenamientos que iban mucho más allá de la simple defensa personal. El manejo evasivo había sido apenas una de las tantas habilidades que había perfeccionado bajo su tutela.
-No es que te subestime, me preocupo por ti. Todo está congelado -insistió Andrea.
-Espérame ahí -declaró Isabel con determinación antes de terminar la llamada.
La imagen de Andrea esperando bajo la nieve la inquietaba profundamente. Se giró hacia el mayordomo con decisión.
-Por favor, prepare un auto.
-¿La señorita piensa manejar? Imposible -respondió el mayordomo sin titubear.
Isabel arqueó una ceja.
-¿Disculpa?
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-El señor no lo aprobaría. Permítame enviar a alguien por la Doctora Marín -el tono del mayordomo no dejaba lugar a discusión.
-¿Y tiene a alguien que pueda manejar en estas condiciones? -cuestionó Isabel.
Una sonrisa conocedora se dibujó en el rostro del mayordomo.
-¿Está subestimando al señor? Cuenta con verdaderos expertos a su servicio. Lo de hoy fue
solo un incidente aislado.
Isabel suspiró, reconociendo cierta lógica en sus palabras. Sin embargo, la preocupación por Andrea persistía. ¿Y si enviaban a otro conductor y terminaba accidentándose también?
-No se preocupe, señorita. La traeremos sana y salva. No hay necesidad de que usted se exponga agregó el mayordomo, anticipándose a sus pensamientos.
Sin esperar respuesta, el hombre se retiró a coordinar el rescate. En ausencia del señor, jamás permitiría que Isabel condujera en semejantes condiciones. Si algo llegara a pasarle, el señor nunca se los perdonaría.
Apenas el mayordomo se había retirado cuando el teléfono de Isabel vibró. Era Esteban.
-Hermano–respondió ella.
-El clima está horrible. No salgas de casa -su voz sonaba autoritaria.
-Este mayordomo tiene la lengua muy suelta -resopló Isabel.
En menos de cinco minutos, Esteban ya estaba enterado de todo.
-Estas calles no son ningún reto para mí -murmuró ella con un toque de rebeldía.
—Dije que no la voz de Esteban no admitía réplica.
-Ya, está bien cedió Isabel con un suspiro.
“¿Por qué tanto drama?“, se preguntó. Había sobrevivido tres años sin él, ¿y ahora de repente
era una criatura indefensa?
-Pórtate bien. Te voy a traer algo especial cuando regrese -el tono de Esteban se suavizó considerablemente.
-Ni siquiera he probado lo que trajiste anoche -protestó ella con suavidad.
-¿Ah, no?
-¿Entonces me vas a traer más? -preguntó Isabel con voz melosa.
que ni
“La noche anterior había estado tan ocupada cuidando de él después de que bebió siquiera había probado aquel pastel de castañas“, recordó. Se preguntaba qué tan delicioso
sería para que él quisiera traerle más.
-Hoy será algo diferente -prometió él.
-Está bien–aceptó ella.
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Capítulo 480
Continuaron charlando un momento antes de despedirse. Esteban seguía siendo el mismo de siempre: cada vez que salía, regresaba con alguna golosina para ella.
“Para él siempre seré esa niña golosa“, pensó Isabel con una sonrisa nostálgica.
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