Capítulo 49
Carmen apenas había terminado de discutir con Sebastián sobre Mathieu cuando su celular volvió a sonar. La noticia sobre la hospitalización de Valerio la tomó por sorpresa, sin darle tiempo siquiera de preguntar detalles. Con el corazón latiendo desbocado, le dedicó una última mirada a Iris antes de dejarla bajo el cuidado de Sebastián.
Sus tacones resonaban por los pasillos del hospital mientras corría hacia la habitación de Valerio. Al entrar, el aire se le atoró en la garganta: su hijo yacía en la cama con el rostro tan pálido como las sábanas que lo cubrían.
-¿Qué pasó? ¿Cómo terminaste así?
La mandíbula de Valerio se tensó, sus nudillos blancos apretando las sábanas.
—Ni se te ocurra abrirle una cuenta a Isabel. Esta vez no.
Sus ojos brillaban con una mezcla de dolor y rabia contenida.
-Todavía tiene energía para causar problemas. Se ve que no la hemos hecho sufrir lo suficiente. Es tan… -se interrumpió, tragándose la bilis que le subía por la garganta-. Aunque tenga que vender hasta el alma, no permitiré que gaste ni un peso de la familia Galindo.
Carmen asintió enérgicamente, acercándose a la cama.
-No se la abriremos, eso tenlo por seguro. Pero dime, ¿tus heridas tienen que ver con ella?
La furia deformó el rostro de Valerio mientras le relataba los acontecimientos del banquete de cumpleaños de Fernando. Con cada palabra, la expresión de Carmen se oscurecía más, sus ojos recorriendo incrédulos el cuerpo magullado de su hijo hasta detenerse en cierta zona específica.
-¿Casi te dejan… incapacitado? -su voz temblaba, entrecortada por la rabia.
El aire en la habitación se volvió denso. Carmen respiraba con dificultad mientras procesaba la información. Siempre había sabido que Isabel tenía mal carácter, pero esto… esto iba más allá. No era simple rebeldía; era una declaración de guerra.
Valerio se incorporó ligeramente en la cama.
-Ya me encargué de averiguar. En los Apartamentos Petit varios están por pagar la renta estos días. No le des ni un peso.
Carmen apretó los puños, una sonrisa amarga curvando sus labios.
-Ya quiero ver su cara cuando venga arrastrándose a pedirme dinero.
Sus ojos brillaron con malicia.
-¿Se acerca el día de la renta? Perfecto. No es una cantidad pequeña… quiero ver hasta dónde aguanta esa insolente. Después de vivir tantos años del dinero de los Galindo, ¿así nos lo agradece?
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Capitulo 49
La decisión quedó sellada en ese momento: ni cuenta nueva ni efectivo para Isabel. Esta vez, tendría que doblegarse ante ellos, aceptar todas sus condiciones. Ya fuera traer de vuelta a Andrea o convencer a Mathieu de tratar a Iris.
El olor penetrante a desinfectante flotaba en la habitación de Iris. Sebastián ya había llegado a visitarla y observaba con preocupación el plato de comida prácticamente intacto en la mesita junto a la cama. El rostro demacrado de Iris le estrujaba el corazón.
-¿No has probado bocado?
Iris apartó la mirada del plato, su rostro contrayéndose con náusea.
-El olor del desinfectante es insoportable. No puedo comer nada.
No mentía. En su estado, cualquier aroma fuerte le revolvía el estómago, y necesitaba alimentos especialmente suaves.
-Sebas… -su voz sonaba pequeña, vulnerable-. ¿Podrías conseguir que me den de alta? Ya se lo pedí a mamá, pero no quiere escucharme.
El silencio de Sebastián pesaba en el aire.
-De verdad no aguanto estar aquí. Por favor, Sebas, quiero irme.
Sus manos temblaban ligeramente mientras hablaba. Cada visita del doctor, cada mirada grave al revisar su expediente, le confirmaba sus peores temores: tal vez no saldría con vida de
ahí.
Sebastián se inclinó hacia ella, su voz suavizándose.
-¿Prefieres que te cambie a otro hospital?
Iris negó frenéticamente.
-No quiero estar en ningún hospital. Tengo mucho miedo, ¿entiendes? Cada día aquí siento a la muerte más cerca. Como si en cualquier momento pudiera llevárseme.
La angustia en su voz era palpable. Ese terror constante de que la vida podría escapársele entre los dedos la estaba sofocando.
-No digas esas cosas -Sebastián intentó sonar firme, pero el miedo en los ojos de Iris lo desarmaba.
-Es que no lo entiendes, Sebas -su voz se quebró-. Cada vez que me dan esos dolores… no sé si volveré a ver el cielo fuera de estas paredes.
Era un miedo que solo quienes han estado al borde del abismo pueden comprender; esa certeza de que cualquier día podría ser el último.