Capítulo 496
La escena que recibió a Isabel veinte minutos después de la llamada era una pesadilla hecha realidad. Fabio Espinosa, con el rostro contraído por la angustia, sostenía el cuerpo de Andrea mientras se apresuraba hacia la ambulancia que aguardaba con las luces de emergencia parpadeando contra el asfalto mojado.
-Andrea -el nombre escapó de los labios de Isabel como una plegaria.
El tiempo pareció detenerse mientras sus ojos registraban la cantidad abrumadora de sangre que manchaba la ropa de Andrea. La misma voz que minutos antes la había llamado suplicando ayuda ahora permanecía silenciosa, y su rostro, de una palidez mortal, provocó que algo se retorciera en las entrañas de Isabel.
Las sirenas rompieron el aire y la ambulancia partió antes de que Isabel pudiera acercarse más. El lugar del accidente era un mosaico de destrucción: el automóvil donde viajaba Andrea yacía con el frente irreconociblemente deformado, mientras un camión volcado completaba la escena de devastación.
El conductor que había llevado a Andrea se aproximó cojeando y saludó con el respeto que caracterizaba al personal de servicio.
-Señorita -inclinó levemente la cabeza.
Isabel lo contempló con una mirada perdida, como si aún no pudiera procesar la realidad frente
a ella.
-¿Tú manejabas el auto de Andrea?
El conductor asintió mientras señalaba un punto específico en la distancia.
-Sí, nuestro auto estaba originalmente estacionado allá.
-¿Estacionado? -la confusión se filtró en su voz.
-Así es. El auto salió del cruce y de repente el otro vehículo se desvió hacia nosotros -explicó, su tono profesional contrastando con la gravedad de sus palabras.
La incredulidad se dibujó en el rostro de Isabel mientras asimilaba la información. Un vehículo estacionado que repentinamente es embestido… Sus ojos recorrieron nuevamente el frente destrozado del auto; cada detalle gritaba que había sido un acto deliberado.
El conductor guardó silencio, pero su mensaje quedaba claro como el agua. Los choferes al servicio de la familia Allende recibían un entrenamiento exhaustivo que los capacitaba para memorizar cada detalle del entorno y responder ante cualquier amenaza.
“Si el auto estaba estacionado, el conductor debió verlo venir desde lejos“, reflexionó Isabel. Las preguntas se agolpaban en su mente: ¿Un auto estacionado que súbitamente embiste? ¿Era este ataque dirigido a Esteban o… a Andrea?
La respuesta surgió con claridad perturbadora: no podía ser Esteban. Nadie que quisiera
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dañarlo recurriría a un método tan burdo. Lo cual solo dejaba una posibilidad: Andrea había sido el objetivo desde el principio.
Su mente trabajaba a toda velocidad mientras su respiración se volvía más agitada. Si Andrea era el blanco, entonces… Alguien cercano a Fabio había cruzado una línea que no tenía retorno. Isabel cerró los ojos por un instante, intentando contener el torbellino de emociones que amenazaba con desbordarla.
-Ve al hospital primero -indicó al conductor.
-Está bien–asintió él.
-Te llevo ofreció, observando su pierna lastimada. Además, necesitaba ver con sus propios
Andrea estuviera recibiendo la atención necesaria.
ojos que
El conductor dudó visiblemente.
-Eso… -la idea de compartir el vehículo con un miembro de la familia claramente lo
incomodaba.
Isabel, comprendiendo su dilema, suavizó su tono.
-Sube al auto–las formalidades podían esperar; la situación demandaba acciones
inmediatas.
-Gracias, señorita -respondió, aún notablemente nervioso.
Justo cuando se disponían a partir, el sonido de motores llamó su atención. Dos vehículos se detuvieron a escasos metros, y del primero descendió Esteban. Su presencia emanaba una intensidad que
electrificó el ambiente mientras sus ojos se clavaban en Isabel.
Ella sostuvo su mirada mientras su corazón daba un vuelco.
-¿No estabas ocupado? -preguntó, consciente de que había interrumpido sus compromisos.
Esteban recorrió la distancia entre ellos con pasos rápidos y la envolvió en sus brazos, su preocupación manifestándose en un tono de reproche.
-¿Cómo sales sin abrigarte más?
Solo entonces Isabel registró el frío que penetraba su ropa ligera, erizando su piel.
Mientras Esteban comenzaba a quitarse su chaqueta, el mayordomo bajó presuroso del segundo vehículo.
-Señor, la ropa de la señorita -se acercó con un abrigo en las manos. La preocupación por el bienestar de Isabel lo había impulsado a seguirla, temiendo tanto por el frío como por la velocidad a la que había partido.
Esteban tomó el abrigo y envolvió a Isabel con movimientos protectores.
-Levanta los brazos, póntelo bien -murmuró, su voz suavizándose mientras la ayudaba a
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