Capítulo 50
La desesperación se aferraba a Iris como una sombra. Sebastián, notando el temblor en sus manos, entrelazó sus dedos con los de ella.
-Tranquila, te voy a sacar de aquí.
Los ojos de Iris se iluminaron con un destello de esperanza.
-¿Lo dices en serio?
-José ya está haciendo los arreglos. En cuanto todo esté listo, podrás salir. Vas a poder ver el amanecer y el atardecer todos los días.
Iris se aferró a la muñeca de Sebastián como si fuera su último salvavidas.
-¿Me lo prometes?
-Te lo prometo.
En ese momento, la imagen del Chalet Eco del Bosque, cerca de Bahía del Oro, inundó la mente de Sebastián. “Ese lugar tiene que ser mío“, pensó, “cueste lo que cueste“.
La tenue luz del atardecer bañaba el estacionamiento del hospital cuando Sebastián se reunió con José Alejandro.
-Necesito que averigües cómo conseguir Bahía del Oro. No importa el costo.
José Alejandro contuvo un suspiro de frustración.
-El dueño ya dejó muy claro que no está en venta ni en renta.
“Sin posibilidad de compra o alquiler“, pensó, sabiendo que cualquier otro intento sería inútil.
Sebastián, con la mandíbula tensa, encendió un cigarrillo.
-Aunque tengamos que pagar el doble o el triple del valor de mercado.
Los ojos de José Alejandro se abrieron con alarma. El lugar ya valía cientos de millones. Duplicar o triplicar esa cantidad…
-¿Qué estás esperando?
La voz cortante de Sebastián lo sacó de sus cálculos mentales.
-Iré mañana a primera hora.
A esa hora de la noche, de cualquier manera, sería imposible contactar al dueño.
El roce suave del lápiz contra el papel llenaba el silencio en la habitación de Isabel. Recien bañada, se había acomodado en el diván para trabajar en unos bocetos cuando unos golpes
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suaves interrumpieron su concentración.
-Adelante.
Sin levantar la vista del papel, escuchó los pasos familiares de Esteban acercándose. El aroma cálido a leche fresca llegó hasta ella cuando él colocó el vaso en la mesita.
-¿Qué estás diseñando?
-Son los detalles para el estudio. Quiero terminar los puntos clave yo misma.
Con un movimiento suave pero firme, Esteban le quitó el lápiz de las manos.
-Ya es tarde. Tómate la leche y vete a dormir.
Isabel extendió la mano para recuperar su lápiz, pero Esteban la atrapó por la muñeca. Su tacto, cálido y familiar, la hizo estremecer. Intentó alejarse, pero él mantuvo su agarre con firmeza.
La intensidad en la mirada de Esteban hizo que el corazón de Isabel diera un vuelco.
-Hermano…
Una sonrisa apenas perceptible se dibujó en los labios de Esteban.
-¿Necesitas que te consienta?
La mente de Isabel quedó en blanco.
-No… no es necesario.
Su voz tembló, desconcertada. ¿Acaso seguía siendo una niña que necesitaba consuelo?
Las mejillas sonrojadas de Isabel y su mirada esquiva provocaron una sacudida en el corazón de Esteban.
-En unos días regresaremos a París por una temporada. Mamá te extraña mucho.
-Sí, está bien -el rostro de Isabel se iluminó ante la mención de París.
Esteban la soltó y salió de la habitación. Isabel permaneció inmóvil, su corazón aún agitado, contemplando el vaso de leche. El vapor que emanaba le trajo recuerdos de sus noches en París, una costumbre que había perdido en el ritmo frenético de Puerto San Rafael.
La nostalgia le provocó una sonrisa agridulce.
El zumbido del celular la sacó de sus pensamientos. Un número desconocido brillaba en la pantalla. Su primer impulso fue ignorarlo, pensando que podría ser Sebastián o alguno de los Galindo, pero la insistencia de la llamada la venció
-¿Bueno?
Isabel, maldita.
La furia en la voz de Camila atravesó el auricular. Era evidente que Ander habia cumplido su
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amenaza.
Isabel sintió que la sangre le hervía.
-¿Cuál es tu problema? ¡Estúpida!
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