Capítulo 501
La imponente mansión en París se alzaba ante ella como una fortaleza ajena, recordándole que no estaba en su territorio. En Puerto San Rafael, Paulina no habría dudado en poner a Carlos en su lugar con un par de comentarios mordaces, pero aquí, en este ambiente extraño y hostil, la cautela dominaba cada uno de sus movimientos.
Tras un momento de duda, se dirigió a Isabel a través del teléfono: -Mejor hablamos cuando regreses a París.
Sus dedos se crisparon alrededor del aparato mientras colgaba. La presencia de Carlos se había vuelto insoportable, y aun así, no tenía más remedio que aguantar. “¿Cómo es posible que alguien pueda alterar tanto mi vida?“, se preguntó mientras un suspiro de frustración escapaba de sus labios.
Al abrir la puerta, el pasillo vacío la recibió con un silencio inquietante. Carlos se había esfumado sin dejar rastro, probablemente refugiado en su habitación. El grupo de hombres que lo acompañaba también se había marchado, dejando tras de sí solo el eco de conversaciones
extintas.
La sed que la atormentaba se intensificó. Sus pasos la llevaron hasta la cocina, donde bebió agua con avidez, como si intentara apagar no solo la sequedad en su garganta, sino también la turbación que le provocaba toda esta situación.
Con pasos medidos, se aproximó a la habitación de Carlos. Sus nudillos rozaron la madera de la puerta con suavidad mientras pegaba el oído a la superficie, atenta a cualquier sonido. La experiencia le había enseñado que con él, cada momento podía traer una nueva sorpresa desagradable.
-Pasa -la voz masculina atravesó la barrera de madera.
Paulina empujó la puerta con la delicadeza de quien teme despertar a una bestia dormida. Sus ojos se mantuvieron inicialmente bajos, elevándose gradualmente hasta encontrarse con una visión que le robó el aliento.
“¿Por qué tiene que estar así?“, pensó mientras su mirada se detenía involuntariamente en el torso desnudo de Carlos. Un imponente tatuaje de lobo se extendía por su piel, la fiereza de la bestia captada en cada trazo. La revelación la golpeó: aquella marca que había vislumbrado en su cuello era apenas el ojo del depredador, un fragmento de una obra mayor que ahora desplegaba toda su amenazante magnificencia.
-¿Te vas a quedar ahí toda la noche? -la voz de Carlos cortó el aire como un látigo.
Los dedos de Paulina se cerraron con más fuerza sobre el marco de la puerta. -Por favor, ¿podrías ponerte una camisa? -su voz salió más temblorosa de lo que hubiera deseado.
Una ceja se arqueó en el rostro de Carlos. -¿Disculpa?
-Estamos solos -insistió ella-. Hay que mantener cierto decoro.
Capitulo 501
Una sonrisa burlona se dibujó en sus labios. -¿Tú hablando de decoro?
-¿Qué insinúas? -protestó Paulina, la indignación tiñendo su voz.
-No parecías muy preocupada por el decoro en otras ocasiones -respondió él con un dejo de diversión.
El silencio se apoderó de Paulina mientras intentaba descifrar el significado tras esas palabras. -¿Te acuerdas de lo que pasó en la bahía? -continuó él, su voz teñida de malicia.
El recuerdo la golpeó como una ola. Aquel momento en que, al recuperar el equilibrio, su mano había aterrizado donde no debía. Los días transcurridos no habían logrado borrar la vergüenza.
-Y cuando te llevaste mi toalla… -añadió él, su sonrisa ensanchándose.
-¡Cállate! -Paulina se precipitó hacia adelante, cubriendo la boca de Carlos con su mano. “Si sigue hablando, jamás podré volver a mirarlo a la cara“, pensó desesperada.
En ese instante, la distancia entre ellos se desvaneció. El brazo de Carlos rodeó su cintura con firmeza, y Paulina sintió que el mundo se detenía. A pesar de su pequeña figura, había una suavidad en sus curvas que no pasó desapercibida para él.
“¡No otra vez!“, pensó ella alarmada. “¿Por qué siempre termino haciendo tonterías cuando estoy cerca de él?”
-Suéltame murmuró, consciente del calor que emanaba de su propio cuerpo.
Al ver que él no aflojaba su agarre, la voz de Paulina se tornó más urgente: -¿Qué crees que estás haciendo? ¡Sueltame ya!