Capítulo 505
El rumor sobre la presencia de Isabel en el hospital llegó a oídos de Valerio Galindo como un susurro del viento. La urgencia por verla lo impulsó a atravesar la ciudad, mientras su mente se debatía entre la ansiedad y la determinación.
Isabel apenas se disponía a descansar cuando la quietud del hospital se vio interrumpida por una conmoción en el pasillo.
-Señor Galindo, nuestra señorita no desea verlo. Le ruego que se retire–la voz del mayordomo, aunque respetuosa, denotaba firmeza absoluta.
-Quítate de mi camino -bramó Valerio.
La espera prolongada en Bahía del Oro y la frustración acumulada habían transformado su temperamento en una bomba a punto de estallar. La noticia de que Isabel había abandonado la ciudad sin previo aviso solo había servido para avivar las brasas de su desesperación.
-Señor Galindo, si insiste en esta actitud, me veré obligado a tomar medidas–advirtió el mayordomo sin retroceder un paso.
-¿Medidas? ¡He venido a ver a mi hermana! ¿Con qué autoridad te atreves a hablarme así?
La mera sugerencia de una amenaza hizo que la compostura de Valerio se desmoronara por completo. La impotencia de no poder alcanzar a Isabel se manifestaba en cada palabra que escupía con rabia.
El mayordomo entornó los ojos, y su voz adquirió un tono cortante como el acero: -Señor Galindo, cuide sus palabras. Nuestra señorita no es su hermana. Si busca a su familia, le sugiero que dirija sus pasos hacia otro rumbo.
-¿Otro rumbo? Ella, Isabel… -la voz de Valerio tembló.
-Ella es la tercera señorita de la familia Blanchet, señor Galindo. ¿Está seguro de querer reclamar parentesco a las puertas de nuestra familia?
Las palabras del mayordomo resonaron como una amenaza velada que dejó a Valerio sin aliento. El peso del apellido Blanchet cayó sobre sus hombros. Sus puños se crisparon mientras luchaba contra la impotencia que le producía saber que Isabel había crecido bajo el amparo de ese poderoso linaje.
El recuerdo de Carmen Ruiz, aún retenida, lo obligó a tragarse parte de su orgullo: -Al menos permítame verla una vez.
La noticia del inminente vuelo de Isabel a París esa misma noche lo atormentaba. Los asuntos pendientes de la familia Galindo eran demasiado urgentes como para permitir que ella se marchara sin resolverlos.
-Ella no tiene ningún vínculo con ustedes. No existe razón para tal encuentro -sentenció el mayordomo.
14:31
Capitulo 505
-Tengo un asunto de suma importancia. Reconozco que ahora pertenece a la familia Blanchet, pero no pueden negarme verla -la desesperación comenzaba a teñir cada palabra de Valerio.
Al ver que el mayordomo permanecía impasible como una muralla, la última gota de paciencia de Valerio se evaporó. Intentó abrirse paso por la fuerza, mientras rugía: ¡Apártate! ¡No tienes derecho a detenerme!
-Señor Galindo… -el tono del mayordomo contenía una última advertencia.
-¡Lárgate! -vociferó Valerio.
Un golpe seco resonó en el pasillo, seguido por el inconfundible sonido de algo quebrándose y un alarido de dolor: -¡Ah!
Dentro de la habitación, Isabel y Andrea intercambiaron una mirada.
-Vamos a descansar un rato -sugirió Isabel con una tranquilidad pasmosa.
Pronto estarían en el avión rumbo a París, dejando atrás todas estas molestias.
Andrea observó a Isabel y luego dirigió su mirada hacia la puerta cerrada. Los quejidos apagados de Valerio se filtraban desde el pasillo, sonando como el lamento de alguien siendo sometido sin misericordia. Entre gemidos entrecortados, seguía llamando a Isabel con voz
lastimera.
Isabel, imperturbable, sacó su celular y abrió un videojuego. El estruendo de los disparos virtuales “¡pum, pum, pum!” inundó la habitación, ahogando cualquier sonido exterior.
“¡Impresionante! ¡Qué manera de manejar la situación!“, pensó Andrea, imaginando la furia que consumiría a Valerio si pudiera ver a Isabel tan absorta en su juego, ignorando por completo su presencia.