Capítulo 514
Las gotas carmesí sobre el tocador capturaron su mirada en un instante de horror. Al levantar la vista hacia el espejo, el reflejo le devolvió no solo su propio rostro manchado, sino también la figura amenazante de Valerio en el umbral de la puerta.
Iris giró sobre sí misma, el terror dibujándose en cada línea de su rostro ahora desprovisto de color.
-¿Hermano? Tú…
Una sonrisa amarga deformó los rasgos de Valerio mientras sus dedos se clavaban en las palmas de sus manos.
-Esa mujer sí es tu tía, ¿verdad?
Las palabras se atoraron en la garganta de Iris, mientras sentía que el aire se volvía denso y pesado en sus pulmones.
-Escúchame, hermano, yo…
-¡Cierra la boca, Iris! ¿O quieres que te demuestre de lo que soy capaz?
El Yugido de Valerio retumbó en las paredes. La vorágine de acontecimientos recientes pesaba sobre sus hombros: el asedio al Grupo Galindo, los gemelos que había tenido con otra mujer, Carmen en prisión por apuñalar a alguien, y esa amante… la tía de Iris. Por si fuera poco, el “accidente” que Iris había provocado, casi acabando con la vida de Isabel.
-Iris, eres una malagradecida. Tu enfermedad es tu castigo, te lo has ganado.
Ella lo miró con ojos desorbitados, su respiración convertida en jadeos entrecortados.
“¿Mi castigo? ¿De verdad piensa eso?”
-Mereces morir. De toda la familia Galindo, tú eres quien más lo merece.
Las palabras golpearon a Iris como bofetadas.
-¿Crecimos juntos y ahora me maldices así?
“¿Ya olvidó todos nuestros momentos juntos? Siempre fuimos cercanos… ¿De verdad va a tirar todo a la basura por Isabel?”
La mención de su infancia compartida solo intensificó el desprecio en la mirada de Valerio.
-Lárgate de aquí. No quiero volver a verte.
-¿Qué?
-Vete ya, no mereces ser una Galindo.
La furia consumía a Valerio. El solo pensar en cómo la familia había llegado a este punto por culpa de Isabel e Iris le revolvía las entrañas. Si nunca hubiera buscado a Isabel… Y ahora
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esto: la mujer que le había dado gemelos a su padre era la tía de Iris. Era demasiado.
Las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Iris al ver la expresión implacable de su hermano.
-En mi estado, ¿a dónde quieres que vaya? ¿Quieres que me muera en la calle?
En sus condiciones actuales, una noche a la intemperie sería su sentencia de muerte.
La palabra “muerte” hizo que algo se agitara en el interior de Valerio, pero el recuerdo de la situación familiar endureció su resolución. Cerró los ojos un momento y al abrirlos, su mirada se había transformado en puro acero.
-Esta ya no es tu casa. No mereces estar aquí.
Sin más palabras, se abalanzó hacia el armario de Iris como un huracán desatado. Comenzó a arrancar la ropa de las perchas, arrojándola por la ventana en un frenesí destructivo.
-¡No, por favor, detente! -Los gritos desesperados de Iris resonaban en la habitación.
Pero Valerio, poseído por la ira, había olvidado incluso el dolor de sus propias heridas. Como una fuerza de la naturaleza imparable, continuó vaciando el armario, lanzando las
pertenencias de Iris por la ventana.
Cuando ella intentó detenerlo, el montón de ropa que Valerio cargaba la golpeó accidentalmente, derribándola. El impacto contra el suelo la dejó sin aliento, incapaz de
levantarse.
-Hermano, te lo suplico, no me hagas esto -gemía entre sollozos.
Pero sus súplicas caían en oídos sordos. Aquel Valerio que alguna vez la había protegido como su tesoro más preciado, que incluso se había enfrentado a Isabel por ella, ahora la miraba
como si fuera una extraña.
La mansión de los Galindo se hundía en el caos, mientras los gritos de Iris resonaban en sus pasillos vacíos.
A kilómetros de distancia, en la cabina privada de un avión, Isabel dormía plácidamente recostada contra el pecho de Esteban, su rostro acurrucado en la curva de su cuello.
El agotamiento la había vencido apenas abordaron. Esteban, inmerso en una llamada telefónica, bajó la voz al notar su respiración acompasada.
-Sí, por ahora así está bien -murmuró antes de colgar abruptamente.
Lorenzo le pasó el celular a Mathieu y procedió a cargar a Isabel con delicadeza para llevarla a la sala de descanso.
Mathieu los siguió, sus labios fruncidos en una mueca de disgusto.
-Mira nomás cómo la consiente masculló, evidentemente molesto por la decisión de
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Esteban de enviarlo al Horizonte de Arena Roja.
Lorenzo captó el tono amargo en su voz y se giró para mirarlo.
-Deberías agradecer que solo te manden al Horizonte de Arena Roja.
Mathieu arqueó una ceja.
-¿Ah?
-Ya sabes que por la señorita, el señor es capaz de cualquier cosa.
-¡¿Qué?! -La mandíbula de Mathieu cayó por la sorpresa.
“¡Mandar a alguien al Horizonte de Arena Roja ya es inhumano de por sí!”