Capítulo 519
Carlos desvió la mirada hacia un lado, un gesto sutil que cargaba el aire con un peso indescifrable. Paulina sintió cómo su pecho se apretaba, el latido de su corazón resonando en sus oídos como un tambor desbocado. ¿Qué significaba ese silencio? Incapaz de soportarlo, tragó saliva y, con un impulso casi instintivo, intentó deslizarse fuera del abrazo que aún la retenía.
Pero él no la dejó escapar. Sus manos, firmes como raíces ancladas en la tierra, la sostuvieron con una fuerza que no admitía resistencia. Su voz emergió entonces, profunda y serena, cortando la incertidumbre como un filo invisible:
-En el futuro, vas a tener que armarte de valor, Paulina. ¿Me escuchaste?
Ella se quedó petrificada, las palabras rebotando en su mente sin encontrar dónde asentarse. ¿Valentía? ¿Frente a él? La sola idea le parecía un disparate. Si se atrevía a desafiarlo, ¿no terminaria aplastada bajo el peso de su autoridad en un abrir y cerrar de ojos? No, imposible.
-Tú… suéltame primero -balbuceó, la voz temblándole como hoja al viento.
Estar atrapada entre sus brazos ya era suficiente para que el miedo le trepara por la espalda como una enredadera. ¿Y encima le pedía coraje? ¿Cómo se suponía que iba a conjurar algo
así?
Carlos aflojó su agarre sin ceremonia alguna. Liberada, Paulina retrocedió con torpeza, buscando refugio en la esquina más lejana, como un animalito acorralado que huye del peligro.
-Mira, te juro que no vine de parte de nadie, y menos quise darte ese medicamento por error —dijo apresurada, aunque su voz se desvaneció poco a poco, ahogada por la inseguridad.
Las burlas de Eric aún resonaban en su cabeza, sembrando un terror que no lograba sacudirse. No quería ni imaginar qué pasaría si ellos, con sus juegos y sospechas, terminaban viéndola como una amenaza. Había algo en el entorno de Carlos que la ponía en alerta: todos, sin excepción, exudaban un aire de peligro que no podía ignorar.
Eric, por ejemplo, con su risa fácil y su actitud despreocupada, no la engañaba ni un poco. Había captado retazos de su conversación con Carlos: lo mantenía cerca por su destreza con las armas. Alguien así no podía ser tan inofensivo como pretendía.
Carlos guardó silencio, inmóvil, su presencia llenando la habitación como una tormental contenida. Paulina, incapaz de soportar la espera, insistió:
-Te juro que no fue intencional. Tienes que creerme, por favor.
Él la observó entonces, su mirada cargada de una intensidad que la atravesó como un relámpago. De pronto, soltó una frase que la dejó descolocada:
-Isa nunca ha brillado por su astucia. El señor Allende la ha mimado tanto que no me extraña que su juicio sea un desastre.
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Capítulo 519
Paulina parpadeó, perdida.
-¿Eh?
¿lsa? ¿Qué tenía que ver ella en esto? Estaban hablando del medicamento, de las sospechas, ¿por qué sacaba a relucir a Isa de la nada? Su mente era un torbellino, incapaz de hilar una
respuesta.
Los ojos de Carlos volvieron a posarse en ella, profundos, insondables, como pozos que escondían secretos que no alcanzaba a descifrar. Un escalofrío le recorrió la espalda. ¿Qué pasaba por su cabeza? ¿Estaría dándole crédito a las insinuaciones de Eric?
-Y–yo de verdad no… -intentó defenderse, pero las palabras se le quebraron en la garganta.
El miedo la envolvió como una sábana helada, paralizándola. Si él llegaba a creerlo, si de verdad sospechaba de ella… Su mirada bajó instintivamente hacia la cintura de Carlos, donde se insinuaba el bulto de su arma bajo la tela. Sabía lo que llevaba ahí. Sabía que, con un solo movimiento, todo podía acabar para ella en un instante.
Un sudor frío le empapó la nuca.
-Tienes que creerme -suplicó, el pánico tiñendo cada sílaba-. No fui yo, te lo juro.
Carlos, con una calma que rayaba en lo inhumano, pronunció:
-Si fuiste tú o no, eso lo vamos a ver. Habrá que investigar.
Paulina se quedó en blanco, la mente nublada por el impacto. ¿Investigar? ¿Lo decía en serio? Su piel se erizó como si un viento gélido hubiera cruzado la habitación. Ese hombre, con su tono implacable, la había desarmado por completo.
-Mientras no se resuelva esto, no te vas a apartar de mí ni un solo paso.
Con esas palabras, Carlos trazó una línea imborrable, sellando su destino por el momento. Paulina, aturdida, apenas pudo articular:
-¿Qué…?
ella a
No apartarse de él. Ni un paso. Pero Isa llegaría pronto. Habían acordado que vendría por primera hora de la mañana. Ya estaba en el avión, volando hacia ahí. Y ahora Carlos le decía que no podía moverse de su lado.
Sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
-Señor Esparza, entiendo que esté molesto, entiendo que dude de mí, pero le juro que no quise hacerle daño. ¿Por qué iba a querer lastimarlo? ¡Por favor, créame!
La desesperación se coló en su voz como un río a punto de desbordarse. Su única esperanza era el amanecer, la llegada de Isa. Y ahora, él le arrebataba eso con una sola frase.
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