Capítulo 520
Carlos la observó con una intensidad que parecía atravesar las capas más ocultas de su alma, sus ojos oscuros destellando como brasas en la penumbra, decididos a descifrar cada rincón de su ser.
-¿Por qué habría de creerte? -preguntó con una serenidad que ocultaba un filo implacable-. ¿Acaso tenemos una relación basada en la confianza?
Paulina se quedó muda, atrapada en la crudeza de sus palabras. No, no había confianza entre ellos, ni siquiera un lazo que justificara su ruego. Apenas eran dos sombras cruzándose en un juego de sospechas y malentendidos. Pedirle fe a ese hombre era como suplicarle al viento que se detuviera.
-¡De verdad, créeme! -insistió ella, inclinándose hacia adelante con las manos temblorosas-. Esta vez no fue a propósito, te lo juro. ¡Por favor, confía en mí aunque sea por esta vez!
Su voz se quebró, cargada de una urgencia que rayaba en la desesperación. Cada segundo junto a Carlos era una cuerda tensa a punto de romperse, y la idea de permanecer a su lado un instante más la empujaba al borde del abismo.
Carlos, imperturbable, dejó caer su veredicto con una calma que helaba el aire.
-Si lo hiciste o no a propósito, alguien se encargará de investigarlo.
Esa palabra, “investigar“, retumbó en la mente de Paulina como un martillo golpeando metal. Sus pensamientos se enredaron en un torbellino de pánico. ¿Una investigación? No, esto no podía estar pasando.
-¿Y cuánto tiempo va a tomar esa investigación? -preguntó, su voz apenas un hilo de esperanza desgastada.
Carlos se limitó a encogerse de hombros, como si el asunto no mereciera mayor reflexión.
-Eso no se puede determinar con certeza.
Paulina sintió que el suelo se desmoronaba bajo sus pies.
-¡¿Cómo que no se puede determinar?! – exclamó, su tono subiendo en una mezcla de incredulidad y exasperación.
Cada instante atrapada en esa órbita de desconfianza era un suplicio, y ahora él le decía que no había un final a la vista. Un nudo se apretó en su garganta, y las lágrimas amenazaron con traicionar su compostura.
-Entonces… ¿al menos tus hombres son eficientes? -preguntó, aferrándose a un último destello de optimismo.
La respuesta de Carlos fue un mazazo directo a su frágil paciencia.
-Eso… tampoco se puede determinar con certeza.
1/3
16:45
Capitulo 520
Paulina se quedó en blanco, aturdida. “No se puede determinar, repetía su mente en un eco burlón. ¡Si no podía darle una sola certeza, mejor que se callara de una vez! La frustración la consumía; iba a perder la razón si esto seguía así.
Carlos consultó su reloj con un gesto pausado y, tras un instante de silencio, ordenó:
-Ve a preparar un poco de avena.
Paulina abrió los ojos de par en par, incrédula.
-i¿Qué?!
Él pareció reconsiderarlo, frunciendo ligeramente el ceño.
-Olvídalo, mejor haré que alguien más lo prepare.
Hizo una pausa, evaluándola con una mirada crítica antes de añadir:
-Tu talento en la cocina es demasiado inconsistente. La última vez la avena te quedó decente, pero si la haces ahora, seguro la arruinas.
Paulina apenas registró cómo salió de la habitación de Carlos. Con el espíritu hecho trizas, se encerró en su cuarto y marcó el número de Isabel Allende con dedos temblorosos, buscando un salvavidas en medio del naufragio. Pero la llamada no conectó. Isabel estaba en un avión, y aunque tenía privilegios para mantenerse en contacto, la señal era un lujo esquivo.
En el avión, Isabel dormía plácidamente, su respiración suave rompiendo el silencio de la sala de descanso. Esteban Allende, tras cerciorarse de que estuviera bien cubierta con una manta,
salió con pasos sigilosos.
Afuera, Mathieu Lambert sostenía una copa de vino, el disgusto grabado en su rostro como una máscara tallada en piedra. Al ver a Esteban, giró la cabeza con un resoplido apenas
disimulado.
Esteban se dejó caer en el sofá frente a él, sin prisas ni ceremonias.
Mathieu bufó de nuevo, más fuerte esta vez.
-¿lsa ya se durmió?
Esteban no respondió. En lugar de eso, llenó una copa de vino y tomó un sorbo con deliberada tranquilidad.
Mathieu chasqueó la lengua, irritado por el silencio.
La situación de Isabel lo había tomado desprevenido, como un relámpago en cielo despejado. Jamás imaginó que algo así podría ocurrir bajo el cuidado obsesivo de Esteban. ¿Embarazada antes del matrimonio? ¡Vaya giro! Aunque, como él mismo solía fanfarronear, ¿quién se atrevería a cuestionarlo?
Esteban dio otro sorbo al vino antes de hablar, su tono ligero como si charlara del clima.
16:45
-Dime, ¿quién fue el que infló tanto tu fama de genio de la medicina?
Mathieu frunció el ceño, ofendido.
-¿A qué te refieres? ¿Estás dudando de mi talento?
Esteban asintió con una indiferencia que cortaba más que cualquier insulto.
-No es duda… es que, francamente, no das la talla.
Mathieu sintió que el aire se le atoraba en la garganta.
-¡Oye, un momento! ¡Yo no soy ginecólogo! -se defendió, alzando la voz-. Lo del embarazo es cosa de su amiga, ¿no?
Esteban se encogió de hombros, imperturbable.
-El cuerpo humano es el mismo. Si ni siquiera dominas la anatomía, ¿qué clase de “genio”
eres?
-¡Oye, oye, eso es injusto! -Mathieu estalló, indignado-. ¿Qué demonios insinúas con que no entiendo la anatomía?
¡Por favor! Discutir con Esteban era como chocar contra una pared de granito. Ahora lo veía claro: solo buscaba una excusa para despacharlo a Horizonte de Arena Roja, con ese pretexto absurdo de que “allí lo necesitaban“.