Capítulo 521
En Puerto San Rafael, bajo el manto de una madrugada que apenas despuntaba, Valerio Galindo logró al fin abrirse paso hasta Carmen Ruiz. El encuentro, aunque teñido de una quietud extraña, no les hizo detenerse en formalidades. Lo esencial era que, tras meses de sombras y distancias, sus miradas volvían a cruzarse. Sin embargo, lo que Carmen había imaginado como un bálsamo se transformó pronto en un peso más hondo, una desolación que le caló hasta los huesos.
Los días en aquel lugar ya eran un tormento constante, un eco de paredes frías y horas vacías. Pero al posar los ojos en Valerio, en su figura marcada por golpes y su paso torpe, el dolor se le enredó en el pecho como una espina. Las heridas en su cuerpo eran un mapa de sufrimiento que ella no podía ignorar.
-¿Qué pasó con tu pierna? -preguntó, la voz quebrada por un nudo que se aferraba a su
garganta.
Desde siempre, Carmen había cargado con la angustia de ver a Valerio herido. En medio del caos que envolvía a la familia Galindo, donde la ayuda médica era un lujo inalcanzable, cada marca en su piel era un recordatorio cruel de su impotencia. La posibilidad de que Iris Galindo estuviera detrás de aquello le encendía una furia visceral. La despreciaba con cada fibra de su ser. Había puesto tanto en ella -su confianza, sus recursos- solo para recibir a cambio una traición que aún le quemaba.
Valerio, al contemplarla, sintió un pinchazo al notar cuánto había menguado su figura, como si el tiempo la hubiera consumido.
-No es nada serio -respondió con una calma que buscaba apaciguarla-. ¿Y tú, cómo estás?
Pero Carmen no se dejó engañar. Conocía demasiado bien esa suavidad evasiva.
-¡Saca a esa maldita de la familia Galindo! -estalló, la rabia brotándole como un río desbordado-. ¡Que se largue de una vez!
Desde que la encerraron allí, no había dejado de repasar mentalmente todo lo que le había entregado a Iris: las joyas relucientes, la ropa fina, los bolsos de diseñador, los zapatos que resonaban con cada paso. Todo lo que había invertido en ella, ahora le parecía un sacrificio inútil. No estaba dispuesta a dejarle ni un eco de su generosidad.
Valerio asintió, firme.
-Ya la echamos.
Los dos compartían esa misma chispa de resentimiento al mencionarla, un fuego que los unía en su desprecio.
Carmen tomó aire, intentando aplacar el torbellino en su interior.
-Perfecto. Ahora asegúrate de que no se lleve nada. Ni un peso, ni una prenda. No merece un carajo.
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Capítulo 521
No bastaba con expulsarla; quería verla partir con las manos vacías, despojada de todo lo que alguna vez le había pertenecido.
-Y el carro tampoco ¡Yo lo pagué! Todo lo que tiene salió de mí.
Recordar los años dedicados a engalanar a Iris, solo para ser apuñalada por la espalda, avivaba un rencor que le palpitaba en las sienes.
Valerio volvió a asentir, sereno.
-Tranquila, no se llevó nada.
Con su cuerpo maltrecho, ¿qué habría podido arrastrar? Apenas había alcanzado a recoger los restos que él mismo había arrojado al suelo en un arranque de furia.
Carmen exhaló un suspiro que llevaba consigo algo de alivio.
-Qué bueno… Qué bueno… No debe quedarse con nada… Todo eso es de Isa…
Al pronunciar el nombre de Isabel, su voz se quebró, temblorosa. Era su hija, su sangre. Y en esos años, por culpa de Iris, ¿qué no había hecho en su contra? La había herido, la había apartado, todo por alguien que nunca fue de su linaje. ¿Cómo habían llegado a ese punto, madre e hija, enfrentadas como extrañas?
“¿Cómo pude equivocarme tanto?“, pensó, atrapada en un remolino de culpa y arrepentimiento. La amaba con un amor que dolía, pero también la odiaba por el abismo que las separaba ahora, un abismo que Isabel había alimentado con su desprecio implacable hacia los Galindo.
Valerio, al oírla, se tensó visiblemente. Ese leve endurecimiento en su rostro no escapó a los ojos de Carmen.
-¿La viste? -preguntó de inmediato, con el corazón en vilo-. ¿Hablaste con ella?
El silencio de Valerio fue una respuesta muda pero contundente. Su semblante se cerró como
una puerta.
Carmen sintió que el aire se le atoraba en el pecho.
-¿Qué te dijo? -insistió, la voz apagándose en un murmullo-. ¿Está dispuesta a…?
Se detuvo, repensando sus palabras con un destello de esperanza.
-¿Va a sacarme de aquí?
Con Iris fuera del camino, ya no había obstáculos. Si Isabel la rescataba de ese infierno, ella le entregaría todo: el amor que le había negado, la devoción que aún guardaba en su alma rota. Lo miró con ansia, los ojos brillantes de expectativa, aferrándose a la posibilidad de una palabra que lo cambiara todo.
Después de tanto tiempo, Carmen había entendido la cruda verdad: la familia Galindo, incluida ella misma, pendía de un hilo, y ese hilo era Isabel. Si tan solo ella moviera un dedo, si hablara
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con Esteban, todo podría resolverse.
Pero bajo esa mirada suplicante, Valerio guardó silencio. Carmen frunció el ceño.
-¡Habla, por favor! ¿Qué pasa?
¿Por qué callaba? ¿Acaso Isabel, después de todo, seguía negándose a tenderle la mano?
Valerio respiró hondo, cerrando los ojos un instante antes de soltar con una voz grave que
resonó en el aire:
-Olvidate de que tienes una hija. Haz como si nunca hubiera existido.
Carmen sintió que el suelo se abría bajo sus pies. La respiración se le volvió un jadeo entrecortado.
Valerio la encaró con una frialdad que helaba el alma.
-Ella ya no es parte de los Galindo.
Más allá de la sangre, no quedaba nada que las uniera.