Capítulo 525
Los años lejos de casa habían pasado como un suspiro interminable para Isabel. Cada día se alargaba en una lucha silenciosa contra la nostalgia, un anhelo profundo por París
París que le apretaba el pecho. Echaba de menos todo: las calles empedradas, el murmullo del Sena, pero, sobre todo, a su familia. Por eso se había arrojado al trabajo con una furia ciega, llenando cada rincón de su mente con tareas que no le dejaran espacio para pensar. Solo así, agotándose hasta el límite, lograba apaciguar el vacío que llevaba dentro.
Pero ahora estaba de vuelta. El aroma cálido y reconfortante de la sopa la envolvió apenas destaparon el termo, desplegando ante ella un lienzo de recuerdos tan vívidos que los años de ausencia parecieron desvanecerse en un instante. Era como si el tiempo se hubiera detenido, esperándola con esa fragancia que conocía de memoria.
–
– ¿Quieres un poco? -preguntó Esteban en voz baja, con esa calma que siempre lograba anclarla.
Isabel asintió suavemente.
-Sí.
Aunque sus gustos habían cambiado con los años, en ese momento no había nada que deseara más. Recordaba esa sopa con una claridad que le erizaba la piel: era la especialidad de su madre. Charlotte siempre había encontrado refugio en la cocina; no importaba cuán agotador fuera su día, ella se empeñaba en preparar algo con sus propias manos para sus hijos. Cuando Isabel era pequeña, frágil y enfermiza, su madre pasaba horas a su lado, alimentándola con paciencia infinita. Al principio, Charlotte no dominaba esas recetas reconfortantes, pero, sabiendo que Isabel había heredado la delicada salud de su padre, el señor Allende, se dedicó a perfeccionar esa sopa nutritiva que ahora le calentaba el alma.
Sin pensarlo demasiado, Isabel tomó el termo con ambas manos y dio un sorbo. El líquido tibio descendió por su garganta, desplegando una ola de sabor que le encendió los sentidos.
-Mmm, sigue siendo el mismo de siempre -murmuró, y sus ojos se humedecieron con una mezcla de alegría y melancolía.
– La señora dijo que era tu favorita de niña comentó el mayordomo con una sonrisa amable-. Por eso se levantó al alba a prepararla antes de salir.
Esas palabras le apretaron el corazón. Sintió un nudo en la garganta y un calor ácido que le trepó hasta la nariz. No pudo responder; solo giró la cabeza hacia Esteban, con los ojos brillosos y una súplica muda en la mirada. Él la observó con ternura, adivinando sus pensamientos, y le acarició el cabello con suavidad.
-Mathieu ya mandó el mensaje a casa —dijo, con una chispa de diversión en la voz.
-¡¿Qué?! -Isabel abrió los ojos como platos.
¡Mathieu y su bocota! Ni siquiera él, con todo su supuesto talento, había notado que quizás ella estaba embarazada. ¿Y aún así se había atrevido a mandar rumores? ¿Qué demonios habría
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dicho? ¿Que estaba enferma? Por un momento, dudó de cómo ese hombre había llegado a ser un médico tan reconocido. Frustrada, abrazó el termo con más fuerza y, sin mediar palabra, lo vació de un trago tras otro, como si beberse la sopa pudiera borrar su enojo.
Al devolverle el termo vacío al mayordomo, este lo recibió con una sonrisa de orgullo.
-La señora se preocupó tanto, temiendo que no tuvieras apetito. Si supiera que te lo terminaste todo, estaría feliz.
¿Qué madre no se alegraría al ver que su hija saboreaba lo que había cocinado con tanto cariño? Aunque al principio Isabel no estaba segura de querer probarla, imaginar a Charlotte levantándose en la madrugada para cocinarla, solo para luego salir apresurada, la hizo. decidirse. No podía desperdiciar ese esfuerzo.
El mayordomo la miró con afecto y añadió:
-Señorita, se nota que estos años afuera la han hecho crecer.
Isabel supo que no se refería solo a los años, sino a algo más profundo: se había vuelto más consciente, más sensible al cariño de los demás. Siempre había sido la dulce y considerada, a diferencia de Vanesa, que era un torbellino indomable, siempre corriendo de un lado a otro, imposible de atar a la casa. Charlotte solía preocuparse por ella, pero al final, con Vanesa, nunca había mucho que hacer.
Sacudiéndose los recuerdos, Isabel se volvió hacia Esteban.
-¿Vamos primero por Pauli a casa de Carlos?
Habían acordado recogerla apenas aterrizaran. Esteban consultó su reloj y asintió. Luego, con un tono firme pero sereno, le indicó al mayordomo:
-Acompáñala a casa de Carlos.
– Sí, señor -respondió este con un leve movimiento de cabeza.
Isabel frunció el ceño, confundida.
-¿Tú no vienes conmigo?
-Tengo unos asuntos que resolver aquí -explicó Esteban con suavidad-. Tú ve por Paulina y llévala directo a casa.
No insistió.
-Está bien -dijo, con esa docilidad que a veces la sorprendía a sí misma. Esteban sonrió ante su respuesta, le revolvió el cabello con cariño y depositó un beso ligero en su frente.
En el cruce, el auto se detuvo. Esteban bajó y subió a otro vehículo, seguido por una fila de coches que se alejaron con él. Isabel, escoltada por tres autos más, continuó rumbo a la villa
de Carlos.
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En la villa, Paulina apenas había dormido en toda la noche. La preocupación por Carlos la mantenía despierta, alerta a cada sonido. Cuando Isabel llegó, la encontró con los ojos enrojecidos, inclinada sobre una mesa, mezclando medicinas con manos temblorosas. Al verla entrar, Paulina alzó la vista, y su expresión, frágil y agotada, parecía la de alguien que llevaba demasiado tiempo sosteniendo el mundo sobre sus hombros.