Capítulo 526
En apenas unos días, Paulina había menguado hasta casi desvanecerse, su figura antes plena ahora frágil como un susurro. Isabel sintió un pellizco en el alma al verla y, con una suavidad que apenas rozaba el aire, la llamó:
-Pauli…
Paulina, absorta en la danza lenta de preparar un medicamento, detuvo sus manos por un instante. Al alzar los ojos y encontrar a Isabel, las lágrimas brotaron como ríos desbordados, trazando surcos en su rostro agotado.
-Isa…
Isabel corrió hacia ella, el corazón en vilo ante esa mirada que parecía cargar el peso del
mundo.
-¿Qué pasa? ¿Por qué estás llorando así?
Paulina, con el semblante roto por la aflicción, hizo que Isabel temiera lo peor. ¿Qué había sucedido la noche anterior para dejarla en ese estado? Desde que Paulina orbitaba cerca de Carlos, la desgracia parecía acecharla como una sombra pertinaz.
“¿Cómo puede ser que esta muchacha atraiga tantas tormentas?“, se preguntó Isabel, incrédula, mientras el asombro le tejía arrugas en la frente.
Paulina, sorbiendo entre hipos, se aferró a ella como si Isabel fuera un faro en la tempestad.
-¡Por fin llegaste! Estuve a un tris de no volver a ver el sol… ¡Buaaaah!
En ese preciso instante, Eric irrumpió en la habitación. Al escuchar aquellas palabras, se detuvo en seco, con un párpado temblándole y un tic nervioso danzando en la comisura de sus
labios.
-¡¿QUÉ?!
“¿A un tris de no ver el sol? ¡Por favor, qué exageración!“, pensó, conteniendo un resoplido. Sí, la noche anterior había sido un torbellino, pero nadie la había tocado siquiera. Lo más grave fueron unas palabras ásperas que la hicieron temblar. ¿Cómo podía ahora pintarlo como si hubiera esquivado la muerte?
“Las mujeres y su don para convertir una chispa en un incendio…“, reflexionó Eric, hastiado, aunque un dejo de compasión lo rozó al pensar en su jefe. Con lo asustadiza que era Paulina, ¿cómo iba a soportar lo que aún estaba por venir?
Mientras tanto, Isabel la envolvía en un abrazo cálido, deslizando una mano por su espalda con la ternura de quien arrulla a un niño perdido.
-Ya, ya… tranquila. Todo está bien ahora.
Pero en su interior, Isabel fruncía el ceño. Carlos tenía un don perverso para hundir a las mujeres en la desdicha. ¿Tan difícil era tratarla con un poco de bondad? Si seguía por ese
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camino, acabaría solo, sin nadie que lo soportara. Lo curioso era que antes, junto a Esteban, él no era así; solía llevar la vida con una calma casi despreocupada.
“¿Será que Paulina lo ha cambiado tanto?“, se preguntó, intrigada.
-Buaaa… buaaa… -Paulina seguía derramándose en sollozos, los hombros temblándole como hojas al viento, su vulnerabilidad expuesta en cada gesto.
Isabel, con voz de miel, intentó apaciguarla.
-Ya pasó, ¿sí? Olvidalo, todo está bien ahora.
Pero Paulina negó con la cabeza, las lágrimas ahogando su voz.
-¡No, no ha pasado! ¡Para nada! Estuve a punto de morirme…
El recuerdo de la noche anterior la estremeció de nuevo, un escalofrío recorriéndole la piel. Si Carlos hubiera sucumbido en ese momento, ella no habría tenido fuerzas para seguir respirando.
Isabel se apresuró a consolarla.
-No digas eso. Eso jamás habría pasado. Carlos no permitiría que te hicieran daño.
Si las palabras de cualquiera fallaban con él, las de Esteban siempre lo doblegaban. Pero Paulina, con los ojos empapados y la voz rota, replicó:
-¡Fue por su culpa! ¡Por su culpa casi me muero!
Isabel se quedó de piedra.
-¿Ah?
-¡Por su culpa casi muero anoche!
La confusión pintó el rostro de Isabel como un lienzo revuelto.
-¿Qué locura estás diciendo?
Paulina se frotó los ojos enrojecidos, exhalando un sollozo que temblaba en el aire.
-Anoche… casi mato a Carlos…
sabel se paralizó, el aliento atrapado en su garganta.
-¡¡¿QUÉ?!!
nstintivamente, la apartó un poco, buscando sus ojos como si quisiera arrancarle la verdad con la mirada.
-A ver… ¿qué fue lo que dijiste?
¿Que casi mataba a Carlos? No podía ser. No dudaba de Paulina, pero… ¿ella? ¿Matarlo? Imposible. No por subestimarla, sino porque Carlos era un roble, un hombre que ni el destino mismo podría tumbar fácilmente. Quien fuera capaz de acabar con él aún no había pisado
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Capitulo 526
este mundo.
Pero Paulina, entre lágrimas, insistió.
-Isa… anoche, de verdad… ¡de verdad estuve a punto de matarlo! Me asusté tanto…
Se cubrió el rostro con las manos, temblando como si el recuerdo la persiguiera.
-No sé qué me pasa. Antes, en Puerto San Rafael, no era así… Pero desde que estoy cerca de él, ¡solo me meto en líos! ¡Buaaaah!
Reviviendo cada tropiezo, cada instante de caos, Paulina se deshizo en llanto otra vez, un mar de emociones que no encontraba orilla.
Isabel, por su parte, quedó muda, atrapada en un torbellino de desconcierto.
No hallaba palabras. Solo la miraba, atónita, mientras el eco de sus sollozos llenaba la
habitación.