Capítulo 527
Isabel clavó la mirada en Paulina, con el asombro dibujado en cada línea de su rostro. Era imposible digerir lo que acababa de escuchar. ¿Paulina, la dulce y torpe Paulina, haciendo algo así? Al verla desmoronarse en un mar de lágrimas y temblores, supo que esta vez no podía dejar las cosas en el aire. Necesitaba respuestas claras, porque aquello no era un simple tropiezo como los de antes. Esto era diferente, más oscuro, más enredado que el asunto de Andrea Marín, donde el silencio había sido un gesto de respeto. Aquí, con Paulina, callar no era una opción; si no desentrañaba el nudo ahora, temía que su amiga se hundiera aún más en ese pozo de angustia.
-Vamos, Pauli, respira hondo, deja de llorar y cuéntame todo con calma. ¿Qué pasó exactamente anoche?
¿Que casi mata a Carlos? Si era cierto, el desastre era mayúsculo. Paulina, entre hipos y sollozos entrecortados, comenzó a relatar lo sucedido. La noche anterior, mientras le cambiaba las vendas a Carlos y le preparaba sus medicinas, el caos se había apoderado de sus manos temblorosas. Entre frascos, agua y nervios, confundió las dosis.
Isabel la interrumpió, frunciendo el ceño.
-¿Cómo que las confundiste? Eso no suena tan grave, ¿o sí? Un error con la medicina no es el fin del mundo.
Paulina tragó saliva, sus ojos brillando con un destello de culpa.
-Sí, pero… le di la pomada en vez de las pastillas. ¡Se la tomó! Era la que se usa para las heridas, y es fuerte, Isa, muy fuerte.
Isabel se quedó boquiabierta, atrapada entre la incredulidad y un asombro que le cortaba el aliento. ¡Por todos los cielos! Aquello no era un simple descuido; era una locura, un error tan colosal que rayaba en lo absurdo. Sin palabras, solo pudo mirarla, mientras Paulina se limpiaba las lágrimas con la manga, la voz quebrada.
-¿Verdad que soy una idiota?
Isabel asintió en silencio, aunque la pena que le inspiraba esa figura frágil y llorosa le impidió soltarle un regaño más duro. Con un suspiro, insistió:
-Está bien, pero ¿qué pasó después? No hubo consecuencias graves, ¿cierto?
Paulina seguía viva, lo que significaba que Carlos también. Si el incidente hubiera escalado, con los perros de presa que rodeaban a ese hombre, su amiga no estaría ahí para contarlo. Ella se sonó la nariz, el pañuelo arrugado entre sus dedos.
-Al final no pasó nada serio… Solo fue un susto enorme. Pero en ese momento, los que estaban con él me miraban como si quisieran arrancarme la cabeza.
En ese instante, Eric irrumpió en la escena tras haber ido a buscar a Carlos. Si estuviera ahí, seguro habría soltado un comentario mordaz:
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-Ni siquiera le gritaron fuerte, ¡por favor!
Porque, siendo honestos, si unas palabras duras la habían dejado en ese estado, ¿qué habría sido de ella frente a una verdadera amenaza? Isabel resopló, cruzándose de brazos.
-Mira, si yo hubiera estado ahí, también habría querido comerte viva. Carlos solo está herido, y por poco lo mandas al otro mundo.
Paulina la miró con ojos suplicantes, el rostro desencajado.
-¿Y ahora qué hago, Isa? ¿Puedes sacarme de aquí, por favor?
Había un brillo desesperado en su mirada, una chispa de esperanza que delataba su urgencia por escapar. Isabel entrecerró los ojos, suspicaz.
-Ajá… Si me preguntas eso así, tan de repente, es porque hay algo más que no me estás contando.
Paulina desvió la mirada, nerviosa.
-No, nada, de verdad.
Pero Isabel no era ninguna novata. Conocía bien a Paulina, criada bajo la sombra implacable del señor Allende. Algo ocultaba, y no era difícil adivinarlo. Recordando las palabras ásperas que Carlos le había dedicado, ella no se atrevía a repetirlas, aferrándose a la ilusión de que Isabel intercediera y él, por algún milagro, la dejara marchar. Pero Isabel no cedió, arqueando una ceja.
-¿Segura?
-¡Segurísima! Anda, ve y dile que me deje ir. No aguanto estar aquí ni un minuto más.
Isabel escrutó su expresión ansiosa, y una sospecha se deslizó por su mente como una corriente subterránea. Había más en juego, capas que Paulina no quería desenterrar. Sin embargo, en lugar de presionarla, optó por ir al grano.
-¿Dónde está Carlos?
-En su habitación.
-Entonces vamos juntas.
Si Carlos estaba en su cuarto, no podía irrumpir sola. Si Esteban se enteraba, su furia sería legendaria; él no toleraba que Isabel cruzara esa línea. Pero Paulina retrocedió un paso, reacia.
-Ve tú.
Isabel frunció el ceño, molesta.
-¿Eh? No me vengas con eso ahora…
Paulina suspiró, exasperada.
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Capitulo 527
-Es que está ese idiota con él. No quiero ni verlo.
Isabel puso los ojos en blanco.
-¡Ay, Dios santo!
Al pensar en Eric, Paulina sintió cómo su desgana se multiplicaba. Ese hombre, con su rudeza
y su presencia imponente, la ponía al borde de los nervios. Podría no ser el más brillante, pero sabía cómo hacerse notar.